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jueves, 30 de septiembre de 2010

JOSÉ B. ADOLPH - CUENTO


NOSOTROS NO


Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.

Todos los altavoces del mundo, todos los trasmisores de imágenes, todos los boletines, destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.

¡Cuánto habíamos esperado este día!

Una sola inyección, de diez centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día sólo un accidente podría acabar con una vida humana. Adios a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.

Una sola inyección, cada cien años.

Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Sólo los jóvenes serían inmortales. El gobierno federal mundial se aprestaba ya a organizar el envío, reparto y aplicación de las dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimientos de medicina de los cohetes llevarían a las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.

Todos serían inmortales.

Menos nosotros, los mayores, los adultos, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.

Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho, animales de otra especie. Ya no seres humanos: su sicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras.

Todos serían inmortales. Dueños del universo por siempre jamás. Libres. Fecundos. Dioses.

Nosotros no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de veinte años, somos la última generación mortal. Eramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba por última vez, sobre la faz de la tierra.

Nosotros no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos, de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día, éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa; éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí todo tendría que ir bien.

Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección... una ceremonia -que nosotros ya no veríamos- cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro.

¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuántas ganas de asesinar nos llenarían el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!

Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, escogió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recién a amar y comprender a los inmortales.

Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.

Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que imploran la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.

Nosotros no.

sábado, 29 de mayo de 2010

JOSÉ B. ADOLPH



¿Y SI NO MUEREN?

Finalmente tuvieron que clausurar el restaurante. Pienso ahora que, a falta de explicaciones, se envolvieron en la certeza de que ciertas cosas es mejor dejarlas morir.

Los mayores de sesenta años recuerdan el escándalo; otros habrán escuchado los rumores que persisten en ciertos barrios y familias. Y una que otra vez, un viejo memorioso publica algún artículo sobre los horrores del restaurante Wotans o algo por ese estilo.

Para los lectores más jóvenes, de medio siglo para abajo, la historia del Wotans alterna entre la leyenda y la literatura gótica. ¿Por qué resucitarla ahora? Tengo mis motivos, en éste mi septuagésimo cumpleaños.

En 1946, año de la inauguración del Wotans en el Jirón de la Unión, casi esquina con La Merced, yo tenía 18 años. Hijo de una familia de clase media alta, era moderadamente rebelde antes de acomodarme a la realidad del mundo de la banca.

Pero todo eso no interesa a nadie. Lo que reanudo aquí es una muy antigua discusión: ¿qué ocurrió realmente en el Wotans, ese restaurante a todo dar, adorno del todavía vistoso centro de Lima, inaugurado con asistencia del Alcalde de Lima, del Cardenal (quien, por cierto, fue víctima de una súbita indisposición cuando terminaba de bendecir el local y tuvo que retirarse muy pálido) y hasta del señor Presidente de la República? O, mejor: ¿qué hubo en ese restaurante durante unas semanas de locura?

Recuerdo las fotos en El Comercio, tomadas al inicio del acto inaugural: el presidente, delgado y bigotudo, con sus anteojitos redondos; el cardenal, gordo y opulento en esa foto en blanco y negro; el alcalde tratando de robar cámara, como siempre. Con ellos, el propietario, monsieur le Comte de Verdun, Charles para sus amigos de la high life, quien presumía de su título, auténtico o fraguado. Los limeños siempre fueron muy crédulos frente a los extranjeros, con tal de que fueran blancos y elegantes. El conde de Verdun, nombre sorprendente si recordamos que Verdun fue el escenario de la más famosa, mortífera e inútil batalla de la primera guerra mundial, era un hombre reservado, alto, muy delgado, de ojos penetrantes bajo cejas delgadas y ojeras que sugerían vicios tan obscenos como fascinantes. Su palidez más bien amarillenta delataba al noctámbulo por afición o enfermedad. Una batería de mozos algo amanerados lo secundaba, y en la cocina, objetivo de más de un reportaje kitsch, reinaba una dama de origen alemán o quizás austríaco, gorda y solemne (algo raro en un cocinero) que sólo respondía al nombre de Frau Schwarz. Presionada, reveló que su nombre de pila era el germanísimo Grete.

Tras esa inaugural noche de gala, Wotans se convirtió en el lugar in de Lima, como era de esperar. Y fue en el sábado tras la inauguración que se produjo el primero de los incidentes.

Serían las nueve y media de la noche, poco más o menos. Yo cenaba con mis padres en una mesita arrinconada, como corresponde a una familia sin título nobiliario. Brillaban los candelabros sobre mozos que se movían discretamente entre las mesas. Voces, risas, tintineo de copas y cubiertos. No presté atención a un señor mayor que se dirigía a los servicios higiénicos, pero quedé paralizado como todos al escuchar un grito, no, un alarido proveniente de los servicios. El conde, flanqueado por dos mozos, desapareció en el pasillo que llevaba allí y volvió tras un par de minutos entre cargando y arrastrando a ese señor mayor. El conde sostenía los pantalones del comensal, que balbuceaba incoherencias y estaba en evidente shock. Nos espantó ver cómo una mancha de sangre se extendía por la parte delantera del pantalón precariamente sostenido y que el conde también llevaba las manos enrojecidas. Alguien llamó a una ambulancia que se llevó a la víctima acompañada de una esposa cercana a la histeria.

El conde, con las manos ya lavadas, nos dijo unas palabras con un acento francés que en otras circunstancias hubiese resultado elegante. Habló de an accidánt, que no es nada gravé, que el señor González de la Matta estaba tres bien, etc. No estuvo claro esa noche qué había ocurrido, pero los rumores eran bastante intranquilizadores: luego se supo que eran ciertos.

Cuatro días después, según los diarios —yo no estaba allí—, el suceso se repitió, y entonces sí se informó (la víctima, una mujer, sólo era la cajera del restaurante) que, sentada en el wc, algo le había destrozado los genitales. Ella, tan en shock como la anterior víctima, no podía dar detalles. Aun después de repuestos, ambas víctimas y las seis que sufrieron la misma agresión, sólo pudieron decir que sintieron algo que venía de abajo, del desagüe, luego un dolor insoportable y finalmente la oscuridad.

Cuando cerraron el restaurant, ya no iba casi nadie a comer allí. La perplejidad de todos era apenas mayor que su terror. El conde de Verdun, al parecer inconsolable, desapareció con Frau Schwarz y el caso se unió a otros irresueltos en los archivos policiales y periodísticos. Aún años después, la gente se persignaba o apartaba la vista al pasar por el local cerrado y oscuro que nadie quiso alquilar pese a que la propietaria, una compañía de seguros, hizo demoler los servicios higiénicos e investigar las cañerías hasta varios metros.

Ha pasado más de medio siglo, y ese horror dormido en mí y en los de mi generación parecía también condenado al mundo de las pesadillas incomprensibles.

Pero la náusea volvió a mí esta mañana, al leer un anuncio en la página de sociales de El Comercio. En él, se anunciaba un nuevo restaurant de lujo en el jirón San Martín de Miraflores, a pocos metros de la avenida Larco, el "Odín". Lo recomendaban sus propietarios o administradores, el Marqués de Ardennes y Frau Trude Weiss. Añadían: English spoken, On parle franVais, Man spricht Deutsch.

Afortunadamente vivo en una silla de ruedas. Nada me obliga ni al coraje ni a la curiosidad.