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sábado, 9 de julio de 2011

FRIEDRICH NIETZSCHE



"LA PARÁBOLA DEL LOCO CON LA LINTERNA"
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"¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”? Como allí había muchos que no creían en Dios, su grito provocó la hilaridad. “Qué, ¿se ha perdido Dios?”, decía uno. “¿Se ha perdido como un niño pequeño?”, preguntaba otro. “¿O es que está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?” Así gritaban y reían con gran confusión. El loco se precipitó en medio de ellos y los traspasó con la mirada: “¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir”, les gritó. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde se dirigen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿Nada olfateamos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? Lo que el mundo poseía de más sagrado y poderoso se ha desangrado bajo nuestro cuchillo. ¿Quién borrará de nosotros esa sangre? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué juegos nos veremos forzados a inventar? ¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto? ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia. Aquí calló el loco y miró de nuevo a sus oyentes; ellos también callaron y le contemplaron con extrañeza. Por último, arrojó al suelo la linterna, que se apagó y rompió en mil pedazos: “He llegado demasiado pronto, dijo. No es aún mi hora. Este gran acontecimiento está en camino, todavía no ha llegado a oídos de los hombres. Es necesario dar tiempo al relámpago y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los astros, tiempo a las acciones, cuando ya han sido realizadas, para ser vistas y oídas. Este acto está más lejos de los hombres que el acto más distante; y, sin embargo, ellos lo han realizado.”

sábado, 22 de agosto de 2009

El origen de la tragedia - Nietzsche

Friedrich Nietzsche


"Nada es más completamente opuesto a la interpretación, a la justificación puramente estética del mundo, aquí expuesta, que la doctrina cristiana, que no es ni quiere ser más que moral, y con sus principios absolutos, por ejemplo, con su veracidad de Dios, relega e arte, todo arte, al recindo de la mentira, es decir, le niega, le condena, le maldice. Tras semejante manera de pensar y apreciar, que por poco lógica y sincera que sea debe ser fatalmente hostil al arte, yo descubro en todo tiempo también la hostilidad a la vida, la rabiosa y vengativa repugnancia contra la vida misma, pues toda vida reposa en apariencia, arte, ilusión óptica, necesidad de perspectiva y de error. El Cristianismo fue, desde su origen, esencial y radicalmente, saciedad y disgusto de la vida, que no hacen más que disimularse y solazarse bajo la máscara de la fe en otra vida, en una vida mejor. El odio del mundo, el anatema de las pasiones, el miedo a la belleza y a la voluptuosidad, un más allá futuro inventado para denigrar mejor el presente, un deseo de aniquilación, de muerte, de reposo, en el fondo, hasta el sábado de los sábados todo esto, así como la pretensión absoluta del Cristianismo a no tener en cuenta más que valores morales, me pareció siempre la forma más peligrosa, más inquietante, de una voluntad de aniquilamiento; por lo menos, un signo de laxitud morbosa, de profundo abatimiento, de agotamiento, de empobrecimiento de la vida, pues en nombre de la moral (en particular, de la moral cristiana, es decir, absoluta) debemos siempre e ineludiblemente condenar la vida, porque la vida es algo esencialmente inmoral; debemos, en fin, ahogar la vida bajo el peso del menosprecio y de la eterna negación, como indigna de ser deseada y falta en sí de valor alguno. La moral misma, ¿no sería una voluntad de negación de la vida, un secreto instinto de aniquilamiento, un principio de ruina, de decadencia, de denigramiento, un comienzo de un fin y, por consiguiente, el peligro de los peligros?... "
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Extraído del libro "El origen de la tragedia" de Nietzsche, Colección Austral.

sábado, 25 de agosto de 2007

Nietzsche Friedrich

Las cosas mismas en cuya solidez y fijeza cree la
cabeza estrecha del hombre o del animal no tie-
nen existencia propia alguna. Son los destellos y
los relámpagos de las espadas blandidas, el ful-
gor de la victoria en el combate de cualidades
opuestas... La consumación total en el fuego es
saciedad... La saciedad engendra el crimen (la
hybris)...¿Toda la historia del mundo sería acaso
el castigo de la hybris? ¿Lo múltiple, el resulta-
do de un crimen?... El fuego... juega... transfor-
mándose en agua y en tierra..., construye como
un niño castillos de arena..., los edifica, los des-
truye y... recomienza el juego desde el principio.
Un instante de saciedad. Luego, la necesidad lo
toma de nuevo... No es el instinto del crimen, es
el gusto del juego, depertado siempre de nuevo,
el que convoca nuevos mundos a la vida...
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La filosofía en la época trágica de los griegos
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HERÁCLITO
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Era orgulloso Heráclito; y cuando el orgullo anida en una filósofo, es un orgullo de grandes dimensiones. Su acción jamás lo condujo a buscar un "público", el aplaudo de las masas o el coro adulador de sus contemporáneos. Pertenecía a la naturaleza del filósofo recorrer las calles solitario. Sus dones están entre los más raros, son en cierto sentido contra natura, exclusivos y hostiles incluso a la mirada de dones semejantes. El muro de su suficiencia debía ser diamantino para no romperse o quebrarse, porque todo se movía en su contra. Su viaje hacia la inmortalidad estaba sembrado de más obstáculos que ningún otro, y sin embargo nadie puede creer con más seguridad que el filósofo que podrá alcanzar la inmortalidad a través de este camino. No sabía de dónde asirse si no era de las alas desplegadas de todos los tiempos, puesto que el desprecio de las cosas presentes e instantáneas compone la esencia de la gran naturaleza filosófica. Posee la verdad, y aunque el libertad de la rueda del tiempo el girar en uno o en otro sentido, nunca escapará a la verdad. Es importante saber que hombres como éstos vivieron una sola vez. Nunca osaremos imaginar el orgullo de Heráclito como una posibilidad ociosa. Todo esfuerzo hacia el conocimiento parece, por su naturaleza, eternamente insatisfecho e insatisfactorio. Por eso nadie, si no está informado por la historia, querrá creer en la realidad de una valoración de sí tan majestuosa como la que confiere la convicción de ser el único y dichoso pretendiente de la Verdad. Hombres como ésos viven en su propio sistema solar: y es allí donde hay que ir a buscarlos. Un Pitágoras, un Empédocles, trataban su propia persona con una estima más que humana, con un temor casi religioso; pero el lazo de la compasión, ligado a la profunda creencia en la transmigración de las almas y en la unidad de todo lo vivo, los conducía hacia los demás hombres para la salud de estos últimos. En cuanto al setimiento de soledad del que estaba penetrado el eremita efesio del templo de Artemisa, sólo podría experimentarse en medio de los sitios alpinos más desolados. Ningún sentimiento de piedad todopoderosa emana de él, ningún deseo de acudir en ayuda de otro, de curar o de salvar. Es un astro sin atmósfera. Su ojo, cuyo ardor se dirige totalmente al interior, no tieme más que una mirada extinta, glacial, como de puara apariencia hacia afuera. Alrededor de él las olas de la locura y de la perversidad golpean la fortaleza de su orgullo: él se vuelve con asco. Pero también los hombres de corazón evitan una máscara semejante, como fundida en bronce; en un santuario retirado, entre las imágenes de los dioses, a la sombra de una arquitectura fría, calma e inefable, todavía puede concebirse la existencia de tal ser. Entre los hombres, Heráclito, en tanto que hombre, era inconcebible; y si es cierto que contemplaba atentamente los juegos de los niños bulliciosos, es cierto también que al hacerlo soñaba con algo con lo que ningún hombre sueña en igual ocasion: con el juego del niño universal, Zeus. No tenía en lo más mínimo necesidad de los otros hombres, ni siquiera para su conocimiento; no se dedicaba a plantearles todas las preguntas que se les puede plantear, ni las que los sabios se habían esforzado en plantear antes que él. Hablaba con desprecio de esos hombres "históricos". "Yo me busco y me exploro a mí mismo", decía valiéndose de un término con el que se definía la profundización de un oráculo, como si fuera él el verdadero y único ejecutor de la sentencia délfica "conócete a ti mismo".
En cuanto a los que escuchaba en este oráculo, lo tenía por sabiduría inmortal y digno de interpretación eterna, de efecto ilimitado en el porvenir lejano, a semejanza de los discursos proféticos de la Sibila. Hay suficiente para la humanidad que habría de llegar más tarde, en tanto que quiera solamente interpretar, como sentencia oracular, lo que él, como el dios de Delfos, "ni expresó no calló". Y aunque su sentencia sea anunciada "sin sonrisa, sin ornamento ni perfume", sino más bien "como una boca espumante", es preciso que se perpetúe en los milenios del porvenir. Porque el mundo tiene eternamente necesidad de la verdad, tiene eternamente necesidad de Heráclito, aunque Heráclito no tenga en lo más mínimo necesidad él mismo. ¿Qué le importa a él su gloria?
La gloria en "¡los mortales en devenir perpetuo!", exclamaba con ironía. Su gloria concierne sin duda a los humanos, no le interesa a él mismo: la inmortalidad de los humanos tiene necesidad de él, y no él mismo de la inmortalidad del hombre Heráclito. Lo que supo ver, la doctrina de la ley en el devenir y del juego en la necesidad, debe desde entonces ser visto eternamente: ha levantado el telón del mayor entre todos los espectáculos.