lunes, 18 de enero de 2010

NIKOLÁI SEMËNOVIC LESKOV / CHERTOGÓN


I

Se trata de algo que sólo puede presenciarse en Moscú, y eso, teniendo mucha suerte y buenas aldabas.
Yo presencié una vez esta especie de rito, desde el comienzo hasta el final, gracias a una feliz coincidencia, y quiero describirlo para los verdaderos entendidos y amantes de todo lo serio y grandioso que tiene sabor popular.
Aunque por una rama pertenezco a la nobleza, por la otra estoy cerca del «pueblo»: mi madre desciende de una familia de comerciantes. Al casarse abandonaba una casa muy rica, pero no hacía una boda de conveniencias, sino que se marchaba por amor a mi padre. Mi difunto padre era famoso por sus galanteos y siempre lograba lo que se proponía. Lo mismo le sucedió con mi madre. Sólo que, debido a esta habilidad, mis abuelos no dotaron a mi madre y sólo le dieron, como es natural, sus vestidos, la ropa de cama y las arras, que recibió a la vez que su perdón y su bendición eterna. Mis padres vivían en Oriol, con estrechez, pero también con dignidad, sin pedirles nada a los acaudalados familiares de mi madre ni mantener tampoco trato con ellos. Sin embargo, cuando llegó para mí el momento de marcharme a estudiar a la Universidad, me dijo mi madre:
-Haz el favor de visitar a tu tío Ilyá Fedoséievich y saludarlo de mi parte. No es una humillación, pues se debe respetar a los parientes de más edad. Ilyá es hermano mío, y un hombre muy piadoso, además, que goza de gran consideración en Moscú. Él presenta el pan y la sal siempre que se recibe a algún personaje... siempre está delante de todos con la bandeja o con una imagen... Frecuenta la casa del gobernador general y del metropolita... Puede aconsejarte bien.
Y aunque por entonces yo no creía en Dios después de estudiar el catecismo de Filaret, como le profesaba gran cariño a mi madre me dije un día: «Llevo ya cerca de un año en Moscú, y todavía no he cumplido el encargo de mi madre. Ahora mismo voy a casa del tío Ilyá Fedoséievich. Le haré una visita, le transmitiré los saludos de mi madre y veré si me da efectivamente buenos consejos.»
Desde niño me habían inculcado el hábito de mostrarme deferente con las personas mayores, cuanto más si eran conocidas del metropolita y de los gobernadores.
Conque, me puse en pie, me cepillé la ropa y fui a ver al tío Ilyá Fedoséievich.

II

Serían las seis de la tarde aproximadamente. Hacía un tiempo tibio, suave, algo nublado... Muy buen tiempo, en fin. La casa de mi tío -una de las principales de Moscú- era conocida de todo el mundo. Sólo que yo nunca había estado en ella ni tampoco había visto a mi tío, ni siquiera de lejos.
Sin embargo, me puse en camino tan campante, pensando: «Si me recibe, bien; si no me recibe, allá él.»
Cuando llegué esperaban delante de la entrada principal unos magníficos caballos moros, con las crines sueltas y el pelo lustroso como el raso, enganchados a una calesa.
Subí al balcón y dije que era fulano de tal, sobrino del señor, estudiante, y quería que me anunciaran a Ilyá Fedoséievich. Los criados contestaron:
-El señor baja ahora mismo. Va a dar un paseo en coche.
Y apareció un personaje de aspecto muy corriente, muy ruso, aunque bastante majestuoso. A pesar de que tenía en los ojos cierto parecido con mi madre, la expresión era distinta: la mirada de lo que se dice un hombre de peso.
Me presenté. Mi tío me escuchó en silencio, me tendió la mano lentamente y dijo:
-Sube. Daremos un paseo.
Yo quería negarme, pero me quedé algo cohibido y subí al coche.
-¡Al parque! -ordenó mi tío.
Los caballos arrancaron, partieron como flechas haciendo rebotar ligeramente el coche y, ya fuera de la ciudad, aceleraron aún más su carrera.
Así íbamos, sin decir ni una palabra, pero advertí que mi tío se había encajado el sombrero de copa hasta las mismas cejas y tenía en el rostro una mueca de aburrimiento.
Mi tío miraba a un lado, miraba a otro, y una vez me lanzó a mí una ojeada y profirió, sin venir a cuento:
-¡Fastidio de vida!
No sabiendo qué contestar, callé por toda respuesta.
El coche seguía rodando, yo me preguntaba adónde me llevaría y empezaba a parecerme que me había embarcado en algún lío.
De pronto, como si hubiera encontrado solución a lo que iba cavilando, mi tío se puso a dar órdenes al cochero:
-A la derecha, a la izquierda. ¡Para en el Yar!
Vi que desde el restaurante acudían hacia el coche muchos criados, todos haciendo grandes reverencias a mi tío; pero él, sin moverse ni apearse, mandó llamar al dueño. Fueron corriendo en su busca. Se personó el francés, también con mucha deferencia; pero mi tío, como si tal cosa, siguió pegándose en los dientes con el puño de hueso del bastón, y luego dijo:
-¿Cuántos extraños hay?
-Unas treinta personas en las salas y tres gabinetes ocupados.
-¡Todos fuera!
-Muy bien.
-Ahora son las siete -continuó mi tío, después de consultar su reloj-. Vendré a las ocho. ¿Estará listo?
-Para las ocho, será difícil... muchos han hecho ya el pedido... Pero, si tiene a bien venir a las nueve, no habrá en todo el restaurante ni un solo extraño.
-Bueno.
-¿Qué se prepara?
-Etíopes, naturalmente.
-¿Algo más?
-Música.
-¿Una orquesta?
-Mejor, dos.
-¿Mandamos recado a Riabika?
-Naturalmente.
-¿Señoritas francesas?
-No hacen falta.
-¡De la bodega...?
-Completa.
-¿Y de la cocina?
-¡La carta!
Trajeron el menú del día.
Mi tío le echó una ojeada y me parece que sin fijarse siquiera o quizá sin querer fijarse, pegó en la cartulina con el bastón y dijo:
-De todo esto, para cien personas.
Con estas palabras, dobló el menú y se lo guardó en el bolsillo.
El francés estaba encantado e inquieto al mismo tiempo.
-No podría servir de todo para cien personas -objetó-. Figuran aquí platos muy caros y en todo el restaurante sólo hay ingredientes para cinco o seis.
-¿Y cómo voy yo a establecer categorías entre mis invitados?
-Que haya de todo lo que se le ocurra pedir a cada uno. ¿Entiendes?
-Entiendo.
-Mira que, de lo contrario, de nada te servirá siquiera Riabika. ¡Tira!
Dejamos el restaurante con sus criados a la puerta y nos marchamos.
En este punto llegué al total convencimiento de que aquel barco no era para mí y quise despedirme, pero mi tío ni siquiera me oyó. Parecía absorto. Conforme rodábamos por las calles iba parando a distintos caballeros.
-¡A las nueve, en el Yar! -decía lacónicamente.
Y los interpelados, todos hombres de edad y de aspecto respetable, se quitaban el sombrero y contestaban con idéntico laconismo:
-Encantado, Fedoséich. No recuerdo a cuántos habíamos parado de esta manera, aunque pienso que serían unos veinte, cuando, al filo de las nueve, nos dirigimos de nuevo al Yar. Un tropel de criados acudió a nuestro encuentro. Ayudaron a mi tío a apearse y, en el balcón, el propio francés le sacudió el polvo del pantalón con una servilleta.
-¿No hay nadie? -preguntó mi tío.
-Un general se ha retrasado un poco y ruega encarecidamente que le dejen terminar en su gabinete...
-¡Fuera ahora mismo!
-Terminará en seguida.
-No quiero. Bastante tiempo le he dado. Ahora, que termine de cenar sobre el césped.
Ignoro cómo habría terminado aquello; pero el general salió en ese momento en compañía de dos señoras, subió a su coche y se marchó cuando empezaban a llegar uno tras otro los caballeros invitados por mi tío a cenar en el parque.

III

El restaurante, puesto con elegancia, estaba recogido y libre de visitantes. Sólo en una sala estaba sentado un gigante que se adelantó hacia mi tío en silencio y, sin decirle tampoco una palabra, tomó el bastón de sus manos y fue a dejarlo en alguna parte.
Inmediatamente después de entregarle el bastón al gigante sin la menor protesta, mi tío puso también en sus manos la billetera y el portamonedas.
Aquel corpulento hombretón, de pelo entrecano, era el mismo Riabika a quien, sin que yo comprendiera con qué finalidad, debía mandar recado el dueño del restaurante. Se le designaba como «maestro para niños», pero también allí se encontraba, evidentemente, para el desempeño de algún menester particular. Resultaba allí tan imprescindible como los gitanos, la orquesta y todo el servicio que, instantáneamente, se presentó al completo. Sólo que yo no comprendía cuál podría ser el papel del maestro: todavía era pronto, debido a mi inexperiencia.
El restaurante, brillantemente iluminado, entraba en funcionamiento: sonaba la música, los gitanos iban sentándose después de tomar algún fiambre mientras mi tío inspeccionaba el local, el jardín, la gruta y las galerías. Miraba en todas partes, cerciorándose de que no había «ningún indeseable», acompañado paso a paso por el maestro. Pero cuando volvieron al salón principal, donde se habían congregado todos los comensales, pudo advertirse una gran diferencia entre ellos: el maestro estaba fresco, tal y como había salido, y mi tío totalmente ebrio.
¿Cómo había podido ocurrir en tan poco tiempo? Lo ignoro, pero el caso es que estaba de excelente humor. Ocupó la presidencia de la mesa, y allá empezó la francachela.
Las puertas fueron cerradas, de modo que nada de fuera pudiese llegar hasta nosotros, ni nada nuestro salir al exterior. Nos aislaba un abismo, un abismo de todo: de bebidas, de manjares... Pero, sobre todo, un abismo de desenfreno -no quiero decir indecente, pero sí salvaje, frenético- tal que no podría describirlo. Ni tampoco hay que pedírmelo porque, al verme encerrado allí y aislado del mundo, me quedé sobrecogido y me apresuré a emborracharme. De manera que no voy a pintar cómo transcurrió aquella noche porque mi pluma no es capaz de describir todo eso. Sólo recuerdo dos episodios épicos y el final; pero precisamente ellos encerraban lo más terrible.
,
IV

Un criado anunció la presencia de cierto Iván Stepánovich, que resultó ser un fabricante y comerciante moscovita de mucho fuste.
Se produjo una pausa.
-He dicho que no entre nadie -contestó mi tío.
-Insiste mucho.
-¿Y dónde estaba antes? Que se marche por donde ha venido.
El criado fue a llevar la respuesta, y volvió diciendo tímidamente:
-Iván Stepánovich me manda decir que se lo ruega muy encarecidamente.
-Pues, no. No quiero.
Se oyeron voces de: «Que pague una multa».
-¡No! ¡Que le echen! Ni multa, ni nada...
Pero, volvió el criado más encogido todavía:
-Dice que está dispuesto a pagar cualquier multa, pero que, a sus años, le duele mucho verse apartado de los suyos.
Mi tío se levantó con los ojos relampagueantes, pero en ese momento, con toda su corpulencia, se colocó Riabika entre él y el criado: apartó al criado, como si fuera un polluelo, con un ligero movimiento de la mano izquierda, mientras con la derecha volvía a sentar a mi tío en su sitio.
Algunos comensales salieron en defensa de Iván Stepánovich: que entrara, que pagara cien rublos de multa para los músicos y entrara luego.
-El viejo es uno de los nuestros, un hombre piadoso. ¿Adónde va a ir ahora? Suelto por ahí, es capaz de armar un escándalo delante de gentuza de poca monta. Hay que comprenderlo.
Después de oírles dijo mi tío:
-Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como ustedes quieren, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo.
El criado fue con el recado y volvió:
-Dice que le pongan mejor una multa.
-¡Al diablo! Si no quiere tocar el bombo, allá él: que se largue adonde le dé la gana.
Al poco rato, Iván Stepánovich no resistió más y mandó a decir que aceptaba tocar el bombo.
-Que venga.
Entró un caballero de estatura aventajada y de aspecto respetable: tenía un aire grave, los ojos sin brillo, el espinazo doblado y la barba entrecana enmarañada. Intentó bromear y saludar a los presentes, pero en seguida lo atajaron.
-¡Luego luego! Eso, después -le gritó mi tío-. Ahora, ¡dale al bombo!
-¡Dale al bombo! -corearon otros.
-¡Música! ¡Algo que le vaya al bombo!
La orquesta atacó una pieza estrepitosa, y aquel respetable anciano agarró los palillos y se puso a pegar con ellos, unas veces al compás y otras no.
Los gritos y el alboroto eran infernales. Todos estaban encantados y gritaban:
-¡Más fuerte!
Iván Stepánovich arreciaba.
-¡Más fuerte, más fuerte! ¡Más!
El anciano pegaba con todas sus fuerzas como el rey Negro de Freiligrath, hasta que llegó la culminación: se produjo un horrible crujido en el bombo, reventó la badana, todos estallaron en carcajadas, el estruendo se hizo inverosímil y a Iván Stepánovich le aligeraron de quinientos rublos de multa en favor de los músicos por haber roto el bombo.
Iván Stepánovich pagó, se enjugó el sudor, tomó asiento a la mesa y, cuando todos alzaban las copas a su salud, descubrió con horror a su yerno entre los comensales.
Más risas, más alboroto, y así hasta que yo perdí toda noción. En los raros destellos de lucidez, recuerdo que vi bailar a las gitanas y a mi tío agitando las piernas sin moverse de su asiento, luego le vi levantarse engallándose con alguien, pero inmediatamente se interpuso Riabika, y ese alguien salió despedido hacia un lado mientras mi tío volvía a ocupar su sitio a la mesa, en cuyo tablero había dos tenedores clavados delante de él. Entonces comprendí el papel de Riabika.
Pero en esto, penetró por la ventana el frescor del amanecer moscovita y yo volví a cobrar un poco conciencia de las cosas, aunque me parece que sólo lo necesario para dudar de mi sano juicio. Estaba en medio de una batalla campal y una tala de árboles: se oían crujidos y trastazos, oscilaban los árboles, unos árboles frondosos y exóticos, y tras ellos se apiñaban rostros morenos en un rincón mientras que del lado nuestro, junto a las raíces, relampagueaban unas hachas terribles, manejadas por mi tío, por el anciano Iván Stepánovich... Un cuadro verdaderamente medieval.
Era que estaban «apresando» a las gitanas refugiadas en la gruta, detrás de los árboles. Los gitanos no las defendían, sino que las dejaban valerse por sus propias fuerzas. Resultaba difícil establecer una diferencia entre lo que era broma y lo que iba en serio: por los aires volaban platos, sillas y piedras arrojadas desde la gruta, y los hombres seguían a hachazo limpio con el bosque, siendo los más esforzados Iván Stepánovich y mi tío.
La fortaleza cayó al fin: las gitanas fueron apresadas, besuqueadas, manoseadas, cada uno le deslizó a cada una un billete de cien rublos por el escote, y se acabó el asunto...
Sí. De pronto se hizo el silencio... Todo había terminado. Nadie dio la señal de parar, pero ya era bastante. Se notaba que, si bien la vida era un fastidio antes de aquello, ahora bastaba ya.
A todos les parecía suficiente y todos estaban satisfechos. Quizá influyera el hecho de haber anunciado el maestro que era su «hora de ir a clase», aunque, lo mismo daba, la verdad: la noche de Walpurgis había pasado y la vida volvía a su cauce.
La gente no se separaba, no se despedía, sino que desaparecía sencillamente. No quedaban ya ni los músicos ni los gitanos. El restaurante ofrecía un aspecto de total arrasamiento, sin una cortina ni un espejo sanos; incluso la araña del techo yacía en el suelo hecha añicos, y sus colgantes de cristal se partían bajo los pies de los criados, extenuados, que apenas si podían tenerse. Mi tío bebía kvas, sentado él solo en medio de un diván. Alguna cosa recordaba de vez en cuando, y entonces agitaba las piernas. De pie a su lado, esperaba Riabika, impaciente por acudir a sus clases.
Trajeron la cuenta, breve, «sin detalles».
Riabika la leyó con atención y exigió una rebaja de mil quinientos rublos. Sin meterse en discusiones con él, quedó ajustado el total, que ascendía a diecisiete mil rublos y que Riabika declaró razonable después de repasarlo. Mi tío pronunció lacónicamente «paga», luego se puso el sombrero y me hizo ademán de que lo siguiera.
Advertí con horror que no se le había olvidado nada y que yo no tenía la menor probabilidad de escabullirme de él. Me inspiraba auténtico pavor, y no llegaba a imaginarme, debido al estado de exaltación en que se encontraba, lo que sería de mí cuando nos quedásemos cara a cara los dos solos. Me había hecho que lo acompañara, sin una palabra de explicación, y ahora me llevaba de un lado para otro sin dejarme resquicio por donde escapar. ¿Qué podría ocurrirme? De mi borrachera, no quedaba ni rastro. Lo único que me pasaba era que le tenía sencillamente pánico a aquella terrible fiera salvaje, con su inverosímil fantasía y su espantoso desenfreno. Entre tanto, íbamos a marcharnos ya. En la antesala nos envolvió una nube de criados. Mi tío dictaminó: «cinco por barba», y Riabika repartió el dinero. La propina fue inferior para los guardas, barrenderos, guardias urbanos y gendarmes, cada uno de los cuales, según resultó, nos había prestado algún servicio. Todos fueron recompensados. Aquello representaba ya una buena cantidad; pero aún quedaban los cocheros de punto, que ocupaban con sus carruajes todo el espacio descubierto del parque, y todos nos esperaban también: esperaban al bátiushka Ilyá Fedoséich «por si su señoría se dignaba mandarles algo».
Se calculó cuántos eran, se les repartieron tres rublos a cada uno y mi tío y yo subimos al coche. Riabika le entregó entonces la billetera a mi tío.
Ilyá Fedoséich sacó un billete de cien rublos y se lo presentó a Riabika.
El hombre le dio unas vueltas entre los dedos y dijo:
-Es poco.
Mi tío añadió dos billetes de veinticinco.
-Tampoco es bastante: no ha habido ni una sola bronca.
Mi tío alargó un tercer billete de veinticinco, y entonces el maestro le entregó su bastón y se despidió.

V

Nos quedamos los dos frente a frente en el coche, que partió a toda velocidad hacia Moscú, seguido al galope, entre alaridos y traqueteos, por toda la patulea de cocheros. Yo no acertaba a comprender lo que pretendían, pero mi tío sí lo entendió. Era indignante: querían arrancarle otra propina de despedida y, con el pretexto de darle una prueba de deferencia a Ilyá Fedoséich, exponían su dignísima persona a la mofa general.
Estábamos ya muy cerca de Moscú, que aparecía ante nuestros ojos, todo envuelto en la maravillosa luminosidad matutina, nimbado por la tenues nubecillas de humo de los hogares, despertándose al plácido tañido de las campanas que llamaban a misa.
La calzada estaba flanqueada a ambos lados por almacenes que llegaban hasta la puerta de la ciudad. Mi tío mandó detener el coche delante del primero, se llegó hasta un barrilillo de madera de tilo que había a la entrada y preguntó:
-¿Es miel?
-Sí.
-¿Cuánto vale el barril?
-Vendemos al por menor, por libras.
-Pues me lo vendes al por mayor. Calcula lo que vale.
No recuerdo muy bien si fueron setenta u ochenta rublos lo que se calculó.
Mi tío arrojó el dinero.
Los coches que nos seguían se habían detenido también.
-¿Qué, muchachos? Los cocheros de nuestra ciudad me quieren bien, ¿no es cierto?
-¡Claro que sí! Nosotros, a vuestra excelencia, siempre...
-Me tienen cariño, ¿eh?
-Muchísimo.
-¡Fuera las ruedas de los coches!
Los cocheros se quedaron perplejos.
-¡Vamos, vamos! ¡Pronto! -ordenó mi tío.
Los más ágiles, unos veinte, rebuscaron debajo de los asientos, agarraron las llaves y se pusieron a aflojar las tuercas.
-Bien -dijo mi tío-. Ahora, ¡a engrasar los ejes con miel!
-¡Bátiushka!...
-Ya lo han oído.
-¡Una cosa tan rica!... Mejor sería comérsela.
-¡A engrasar los ejes con ella!
Sin más, mi tío volvió a subir al coche y partimos a toda velocidad dejando a los cocheros, con los vehículos sin ruedas, en torno al barrilillo de miel que, a buen seguro, no emplearon para untar los ejes con ella, sino que se la repartirían o se la revenderían al dueño del almacén. El caso es que nos dejaron en paz y fuimos a parar a una casa de baños. Allí pensé que había llegado para mí el fin del mundo y permanecí medio muerto dentro de una bañera de mármol mientras mi tío se tendía en el suelo; pero no simplemente tendido, ni en una postura normal, sino más bien apocalíptica. Toda la mole de su obeso corpachón sólo tocaba el suelo con las yemas de los dedos de sus pies y sus manos. Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina. Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bulevar Kuznetski, «donde el francés».
Allí nos recortaron y nos rizaron ligeramente el cabello, nos peinaron, y luego nos encaminamos a pie hacia el centro, a la tienda de mi tío. Por lo que a mí se refiere, ni conversaba conmigo ni me dejaba marchar. Sólo una vez dijo:
-Espera, que no todo se hace de golpe. Y lo que no comprendes, con los años lo comprenderás.
En la tienda hizo sus oraciones, lo inspeccionó todo con el ojo del amo y se instaló detrás de su pupitre. El exterior del recipiente ya estaba limpio, pero dentro conservaba un gruesa capa de inmundicia que buscaba ser depurada.
Yo me percataba de ello, y no sentía ya temor, pero sí curiosidad. Deseaba ver qué castigo se imponía: ¿abstinencia o alguna buena obra?
A eso de las diez comenzó a manifestar fastidio, espiando la llegada de un tendero vecino suyo para ir a tomar el té, pues juntándose tres personas salía cinco kopecs más barato. El vecino no apareció: se había muerto de repente.
Mi tío se santiguó y dijo:
-Todos hemos de morir.
El hecho no lo afectó mayormente a pesar de que, durante cuarenta años, habían ido juntos a tomar el té a Novotróitski.
Llamamos al vecino del otro lado, y con él fuimos varias veces a reponer fuerzas con un tentempié, pero todo con sobriedad. Me pasé el día entero al lado de mi tío y acompañándolo hasta que, a la caída de la tarde, mandó en busca de su faetón para ir al convento de la Vsepetaia.
También era conocido allí y se le recibió tan reverenciosamente como en el Yar.
-Quiero prosternarme a los pies de la Virgen y llorar mis pecados. Y aquí les presento a mi sobrino, hijo de mi hermana.
-Pase, pase, por favor -instaban las monjas-. ¿Con quién podría mostrarse la Virgen más misericordiosa que con su merced? Siempre ha favorecido usted su santa casa. Llega muy a tiempo: se está celebrando el servicio de vísperas.
-Esperaré a que termine. A mí me gusta que no haya gente y que me acondicionen cierta penumbra, para recogerme.
Se hizo lo que pedía, apagando todas las luces, menos una o dos lamparillas y la que ardía justo delante de la Virgen, en un vaso de cristal verde, grande y profundo.
Mi tío no se hincó, sino que se desplomó de rodillas, luego cayó de bruces golpeando el suelo con la frente, ahogó un sollozo y se quedó inmóvil.
Las dos monjas y yo nos sentamos en un rincón oscuro, cerca de la puerta. Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas. Una de las hermanas, la de más experiencia, se quedó pensando un instante, luego sacudió la cabeza, encendió una vela muy fina y, con ella en la mano, se encaminó sigilosamente hacia el penitente. Dio una vuelta a su alrededor, despacito, de puntillas, y susurró muy agitada:
-Ya surte efecto.
-¿Cómo lo sabe?
La monja se inclinó, indicándome que yo hiciera lo mismo, y dijo:
-Mire, justo a través de la llama, donde tiene los pies.
-Ya veo.
-¡Qué lucha! ¿Verdad?
Me fijé y advertí, efectivamente, cierto rebullir: mi tío continuaba devotamente prosternado, sumido en sus oraciones, pero daba la impresión de que a sus pies había dos gatos peleándose, arremetiendo alternativamente el uno contra el otro y pegando saltos.
-¿De dónde han salido esos gatos? -pregunté a la hermana.
-Eso es lo que le parece a usted -contestó-; pero no son gatos, sino tentaciones del maligno. ¿No ve que su espíritu se eleva ya hacia el cielo, pero permanece todavía con los pies en el infierno?
Entonces vi que, en efecto, mi tío agitaba los pies como si terminara de marcarse el baile de la víspera. Lo que faltaba por precisar era si su espíritu se había elevado ya hacia el cielo.
Como en respuesta, mi tío exhaló de pronto un tremendo suspiro y gritó a voz en cuello:
-¡No me levantaré mientras no me perdones! ¡Porque sólo tú eres santo y todos nosotros somos malditos pecadores! -y prorrumpió en sollozos.
Sollozaba con tanto sentimiento que las monjas y yo rompimos también a llorar, pidiéndole a Dios que atendiera su plegaria.
Y antes de que pudiéramos recobrarnos estaba ya a nuestro lado, diciéndome en voz baja, con unción:
-Vamos. Tenemos que hacer.
Las monjas preguntaron:
-¿Ha tenido la ventura de ver el divino resplandor, bátiushka?
-No. El resplandor no lo he visto -contestó-. Pero esto... sí lo he notado...
Apretó el puño y lo levantó, como se levanta a los chiquillos por el pelo.
-¿Lo ha levantado?
-Sí.
Las monjas empezaron a santiguarse, y yo las imité, mientras mi tío explicaba:
-¡Ahora tengo su perdón! Desde lo más alto, desde la misma cúpula, ha descendido su diestra abierta, me ha agarrado de todos los pelos juntos y me ha puesto de pie...
Y no se sentía ya repudiado. Era feliz. Dejó una espléndida limosna para el convento donde sus plegarias habían producido aquel milagro, notó que la vida había dejado de ser un fastidio, envió a mi madre toda la dote que le correspondía y a mí me inició en la buena creencia popular.
Desde entonces conocí el gusto de lo popular en la caída y en la exaltación... Esto es lo que se llama chertogón, lo que hace salir a los demonios del cuerpo. Pero, repito, Moscú es el único sitio donde puede presenciarse, y eso si le acompaña a uno la suerte o goza del favor de algún venerable anciano.

sábado, 2 de enero de 2010

Constantino Kavafis - Poesía



TROYANOS


Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.-
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.
Lloran sentimientos y recuerdos de nuestros días.
Amargamente por nosotros Príamo y Hécuba lloran.


LOS CABALLOS DE AQUILES


Cuando vieron muerto a Patroclo,
que era tan valeroso, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar;
sus naturalezas inmortales se indignaban
por esta obra de la muerte que contemplaban.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con las patas, y lloraban a Patroclo
al que sentían inanimado -destruido-
una carne ahora mísera -su espíritu desaparecido-
indefenso -sin aliento-
devuelto desde la vida a la gran Nada.
Las lágrimas vio Zeus de los inmortales
caballos y apenose. "En las bodas de Peleo"
dijo "no debí así irreflexivamente actuar;
¡mejor que no os hubiéramos dado caballos míos
desdichados! Qué buscabais allí abajo
entre la mísera humanidad que es juego del destino.
A vosotros que no la muerte acecha, ni la vejez
efímeras desgracias os atormentan. En sus padecimientos
os mezclaron los humanos". -Pero sus lágrimas
seguían derramando los dos nobles animales
por la desgracia sin fin de la muerte.


VIAJE NOCTURNO DE PRÍAMO


Dolor y lamento en Ilión.
La tierra
de Troya en desesperanza amarga y en temor
al gran Héctor Priámida llora.
El treno estridente grave resuena.
Ni un alma
queda en Troya no doliente,
que el recuerdo de Héctor olvide.
Mas es vano, inútil
el mucho
lamento en una ciudad atormentada;
sordo es el adverso destino.
Detestando Príamo lo inútil,
oro
saca del tesoro; agrega marmitas,
tapices, y mantos; y también
túnicas, trípodes, una cantidad espléndida
de peplos,
y todo lo que apropiado juzga,
y sobre su carro lo carga.
Quiere con rescate del terrible
enemigo
recuperar el cuerpo de su hijo,
y con augustas exequias honrarlo.
Sale en la noche silenciosa.
Habla
poco. Por único pensamiento ahora tiene
veloz, veloz que corra su carruaje.
Tenebroso extiéndese el camino.
Lúgubre
gime el viento y se lamenta.
Grazna a lo lejos un ominoso cuervo.
Aquí, el aullido de un perro se escucha;
allí,
cual susurro una liebre de rápidos pies cruza.
El rey azota, azota los caballos.
Sombras de la llanura despiértanse
siniestras,
y se preguntan por qué con tanta prisa
vuela el Dardánida hacia los navíos
de argivos asesinos, y de aqueos
funestos.
Pero el rey a esas cosas no atiende;
basta que su carro veloz, veloz corra.


ÍTACA


Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.








lunes, 21 de diciembre de 2009

Ryunosuke Akutagawa



RASHOMON

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa(1) o nobles con el momiebosh(2), podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
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En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.
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"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."
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Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".
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Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.
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Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.
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El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.
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-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:
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-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:
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-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.
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Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

(1) Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero.
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(2) Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro.
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SENNIN
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Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
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-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin(1). ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
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El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
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-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.
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Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
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-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
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Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
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Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
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-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:

-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
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-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
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-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

-Sí, señora, con tal de serlo.

-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
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De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
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Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
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Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
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-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
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-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
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-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
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Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
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-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
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De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
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-Ahora suelte la mano derecha.
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Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

-Suelte también la mano izquierda.

-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
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En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.
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(1) Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema longevidad.

domingo, 13 de diciembre de 2009

sábado, 12 de diciembre de 2009

viernes, 11 de diciembre de 2009

jueves, 10 de diciembre de 2009

CESARE PAVESE


CREACIÓN
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Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.
A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.
Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.
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Versión de Carles José i Solsora


VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS...

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los vez cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
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Versión de Carles José i Solsora



AÑOS

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:

-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

-Es bonito ser sinceros, como nosotros.
-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.

-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

-Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

Lucybell - mi corazón

viernes, 4 de diciembre de 2009

MARQUÉS DE SADE




El Sacerdote: Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te arrepientes, hijo mío, de los múltiples desórdenes a los que te condujo la humana debilidad y fragilidad?

El Moribundo: Sí, amigo mío, me arrepiento.

El Sacerdote: Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible obtenerla del Eterno.

El Moribundo: No nos comprendemos.

El Sacerdote: ¡Cómo!

El Moribundo: Te he dicho que me arrepentía.

El Sacerdote: Así lo oí.

El Moribundo: Sí, pero sin comprenderlo.
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El Sacerdote: ¿Qué interpretación?...

El Moribundo: Ésta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que había recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos... Estos son los justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.

El Sacerdote: ¡A dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias que te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual atribuyes toda la potencia?
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El Moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera que razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?

El Sacerdote: El Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.

El Moribundo: Es un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan poderoso, ha hecho, sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.

El Sacerdote: ¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?

El Moribundo: Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o probar a su criatura. ¿No la conocía, pues no sospechaba el resultado?

El Sacerdote: Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.
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El Moribundo: ¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el hacerla tomar el bueno?
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El Sacerdote: ¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?

El Moribundo: Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es posible que la naturaleza haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios, por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.

El Sacerdote: ¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.

El Moribundo: Amigo mío, admite un hecho: de los dos, el más ciego es seguramente aquel que se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas; yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error; yo los combato. ¿Cuál de los dos es el ciego?

El Sacerdote: ¿No crees, pues, en Dios?

El Moribundo: No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas; la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a que creas en el dios que me predicas -ya que no sabrías demostrármelo, ya que no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes- y desde el momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir más lejos? ¿Cuando me hayas levantado los andamios de tu dios por encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios que su voluntad y su necesidad.

El Sacerdote: Así pues, todo es necesario en el mundo.

El Moribundo: Seguramente.

El Sacerdote: Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.

El Moribundo: ¿Quién dice lo contrario?
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El Sacerdote: ¿Y quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?

El Moribundo: ¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?
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El Sacerdote: Sí.

El Moribundo: ¿Y qué sabiduría encuentras en eso?

El Sacerdote: Ninguna.

El Moribundo: Es posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.

El Sacerdote: ¿A dónde quieres llegar?

El Moribundo: A probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me suministra la certeza de su inutilidad.
El Sacerdote: Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.

El Moribundo: ¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto? ¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio mas bien que los absurdos Brahama? ¿Que adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio, preferible? Cuidado con tu respuesta.

El Sacerdote: ¿Puede ser dudosa?

El Moribundo: Dila, pues, egoísta.

El Sacerdote: No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.
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El Moribundo: Y es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.
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El Sacerdote: ¿A quién pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?

El Moribundo: A quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más vulgar de todos los impostores.

El Sacerdote: ¡Dios, lo escuchas sin descargar tu ira!

El Moribundo: No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por razón, o, en fin, por lo que tú quieras, es un ser al que admito por un momento sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos como los que tu Jesús supone.

El Sacerdote: ¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?

El Moribundo: ¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario, primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha; pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de tus argumentos, sólo falta el entusiasmo y la resistencia para hacer mártires, y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro, mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dios que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo en el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir, ¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si existiera, entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general, todos éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido ahorcar.

El Sacerdote: ¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!

El Moribundo: Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón, libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al deshacerse de él, y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes por lo demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues quien no ama a su país y a su rey, no es digno de vivir.

El Sacerdote: Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una multitud de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas para quien vivió bien?

El Moribundo: ¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?

El Sacerdote: Lo eres.

El Moribundo: Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente, ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.

El Sacerdote: Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?

El Moribundo: No he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en un alma firme. La razón, amigo mío; sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles nunca. un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante. Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza rara duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos sofismas de la superstición y todo los imbéciles errores de la hipocresía.

Nota: El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida.


martes, 1 de diciembre de 2009

MUJERES Y VANGUARDIA

Ángeles Santos
María Blanchard
Maruja Mallo
Remedios Varo