sábado, 7 de julio de 2012

Saki - Cuentos




LA JAURÍA DEL DESTINO

Bajo la mortecina luz de una tarde de otoño encapotada, Martin Stoner marchaba con paso laborioso por trochas convertidas en pantanos y caminos surcados por carriles que conducían a no sabía exactamente dónde. Más adelante, suponía, estaba el mar; y hacia allí parecían decididas a llevarlo sus pisadas. Le habría costado explicar por qué bregaba hasta el agotamiento por alcanzar aquella meta, a menos que hubiera sido presa del instinto que en último extremo conduce al precipicio al ciervo acorralado. En su caso, la jauría del destino sí que acosaba con porfía implacable. El hambre, el cansancio y la desesperación tenían embotado su cerebro, y a duras penas le alentaban las fuerzas para preguntarse por el oculto impulso que lo hacía avanzar. Stoner era uno de esos infortunados individuos que parecen haberlo intentado todo; la imprevisión y la holgazanería innatas siempre se habían interpuesto para malograr toda posibilidad de éxito, así fuera moderado. Y ahora estaba en las últimas y no había nada más que intentar. La desesperación no había despertado en él ninguna reserva latente de energía; por el contrario, el sopor mental lo había ido invadiendo a medida que declinaba su fortuna. Con la ropa que llevaba puesta, medio penique en el bolsillo y ni un solo amigo o conocido a quien recurrir, sin perspectivas de una cama para esa noche o de una comida para la mañana, Martin Stoner proseguía su penosa marcha, entre setos mojados y bajo las gotas de los árboles, la mente casi en blanco, a no ser por la vaga conciencia de que más adelante estaba el mar. De vez en cuando se entremetía otra certeza: sabía que tenía un hambre atroz. Al cabo se detuvo junto a un portillo abierto que conducía a un huerto espacioso y bastante descuidado. No se notaban muchas señas de vida, y la casa al otro lado del huerto parecía fría e inhospitalaria. Sin embargo, empezaba a lloviznar; y Stoner pensó que allí quizás podría guarecerse un rato y comprar un vaso de leche con la última moneda que le quedaba. Entró con pasos lentos y cansinos al jardín y recorrió el caminito empedrado hasta una puerta lateral. La puerta se abrió antes de que llamara, y un viejo encorvado y de aspecto marchito se hizo a un lado, como dándole paso.

-¿Puedo entrar mientras llueve? -comenzó a decir Stoner, pero el viejo lo interrumpió.

-Pase, amo Tom. Sabía que usted regresaría un día de estos.

Stoner tropezó al cruzar el umbral y se quedó allí, mirando al otro con asombro.

-Tome asiento mientras le preparo algo de comer -dijo el viejo, trémulo y obsequioso.

Las piernas de Stoner se doblaron de puro cansancio, y se derrumbó en el sillón que el otro le arrimara. En un minuto estuvo devorando la carne fría, el pan y el queso puestos en la mesa del lado.

-No ha cambiado mucho en estos cuatro años -prosiguió el viejo, con una voz que a Stoner le pareció salida de un sueño, lejana e inconexa-; pero a nosotros sí nos va a encontrar muy cambiados, ya lo verá. Aquí no queda nadie de los que había cuando usted se marchó; nadie, aparte de mí y de su vieja tía. Iré a decirle que usted vino; no lo va a recibir, pero va a permitirle que se quede, sin problemas. Siempre dijo que si regresaba se podía quedar, pero que nunca volvería a verlo o a dirigirle la palabra.

El viejo puso una jarra de cerveza en la mesa que Stoner tenía al frente y salió rengueando por un largo pasillo. La llovizna se había convertido en una tempestad furiosa que azotaba con violencia puertas y ventanas. El vagabundo se estremeció al pensar en el espectáculo de la costa bajo aquel aluvión y con la noche tragándoselo todo. Remató la comida y la cerveza, y aguardó allí, aturdido, a que volviera su extraño anfitrión. A medida que el reloj de péndulo marcaba los minutos, una nueva esperanza empezó a titilar y a crecer en la mente del joven; se trataba tan sólo de la ampliación de sus saciadas ansias de comida y un rato de descanso, ahora convertidas en el anhelo de pasar la noche bajo el asilo de aquel techo aparentemente hospitalario. El chancleteo de unos pasos por el corredor anunció el regreso del viejo criado de la granja.

-La vieja ama no lo va a recibir, amo Tom, pero manda decir que se quede. Con toda razón, ya que la granja va a ser suya cuando a ella la entierren. La chimenea de su cuarto está prendida, amo Tom, y la criada le tendió la cama con sábanas limpias. Ya verá que nada ha cambiado allá arriba. A lo mejor está cansado y quiera subir ya.

Sin decir palabra, Martin Stoner hizo un esfuerzo para ponerse en pie y seguir a su ángel servidor por el pasillo, por una escalera corta y rechinante y por otro pasillo que daba a una alcoba espaciosa y alegrada por el fuego vivo del hogar. Había pocos muebles, escuetos, anticuados y buenos en su género. Una ardilla disecada en una urna y un almanaque de pared de hacía cuatro años eran casi los únicos indicios de decoración. Pero Stoner tenía ojos para poca cosa fuera de la cama, y le costaba aguantarse las ganas de arrancarse las prendas y arroparse en sus cómodas entrañas con la sensualidad de aquel cansancio. Tal parecía que la jauría del destino le había concedido una corta tregua.

A la fría luz de la mañana, Stoner echó a reír tristemente mientras volvía a caer en cuenta de la situación en que se había metido. Tal vez podría hacerse a un bocado de desayuno en virtud de su parecido con el otro holgazán ausente y ponerse a salvo antes de que alguien descubriera el fraude que se había visto obligado a cometer. En el cuarto de abajo encontró al viejo encorvado, que ya tenía listo un plato de huevos con tocineta para el desayuno del "amo Tom", al tiempo que una criada entrada en años y de rostro adusto traía una tetera y le servía una taza de té. Al sentarse a la mesa, un perrito de aguas se le arrimó con muestras de amistad.

-Es el cachorro de la vieja Bowker -explicó el anciano, a quien la criada adusta había llamado George-. ¡Con el cariño que le tenía a usted! No volvió a ser la misma después de que usted se fue para Australia. Murió hace como un año. Este es el cachorrito.

Stoner encontró difícil lamentar su fallecimiento; la perra habría dejado bastante que desear como testigo de identificación.

-¿Desea dar una vuelta a caballo, amo Tom? -fue la asombrosa propuesta que emitió el viejo a continuación-. Tenemos una fina yegua roana, buena para montar. A la vieja Biddy ya le están pesando los años, aunque todavía anda bien; pero voy a hacer que ensillen a la roana y se la traigan a la puerta.

-No tengo cosas de montar -balbució el tránsfuga, al borde de la risa cuando miró su única muda de ropas desgastadas.

-Amo Tom -dijo el viejo con toda seriedad, casi con cara de ofendido-, todas sus cosas están exactamente como las dejó. Bastará con orearlas un poquito frente al fuego. Le servirá de distracción montar un poco y cazar por ahí de vez en cuando. Ya verá que la gente por acá tiene opiniones duras y resentidas sobre usted. No han olvidado ni menos perdonado. Nadie va a acercársele, así que lo mejor será que usted se las apañe para distraerse como pueda con perros y caballos. Ellos también son buena compañía.

El viejo George salió a impartir sus órdenes, y Stoner, más que nunca sintiéndose en un sueño, subió a inspeccionar el ropero del "amo Tom". Las cabalgatas eran uno de sus placeres más entrañables; y si era cierto que ninguno de los antiguos compañeros de Tom iba a concederle un escrutinio detallado, contaría con alguna protección contra el descubrimiento de su impostura. Mientras el intruso se ponía unos pantalones de montar tolerablemente ajustados, se preguntaba con vaguedad qué clase de fechoría había cometido el verdadero Tom para que toda la campiña se pusiera en su contra. Las sordas pero briosas pisadas de unos cascos en la tierra mojada interrumpieron sus especulaciones. La yegua roana esperaba frente a la puerta lateral.

"¡Hablando de mendigos a caballo...!", pensó Stoner mientras trotaba con rapidez por las empantanadas trochas que la víspera había recorrido en calidad de astroso vagabundo; y, desechando con indolencia estas meditaciones, se entregó al placer de andar a paso largo y sentado por la orilla enyerbada de un trecho plano del camino. Frente a un portillo abierto cedió el paso a dos carretas que entraban a un sembrado. Los muchachos que manejaban las carretas tuvieron tiempo de dirigirle una larga mirada; y al pasar alcanzó a oír una voz excitada que decía: "¡Es Tom Prike! ¡Lo reconocí ahí mismo! Conque otra vez asomando la cara por aquí, ¿no?"

Era evidente que el parecido que había engañado de cerca a un viejo decrépito servía también para confundir desde cierta distancia a dos muchachos.

En el transcurso de la cabalgata recibió abundantes pruebas que confirmaban la afirmación de que los vecinos no habían olvidado ni perdonado el pasado delito que el Tom ausente le había dejado por herencia. Torvas miradas, rezongos y codazos disimulados lo saludaban al toparse con la gente. El cachorro de Bowker, que trotaba feliz al lado suyo, parecía ser la única nota de amistad en ese mundo hostil.

Al desmontar frente a la puerta lateral tuvo un vistazo fugaz de una mujer enjuta y entrada en años que lo espiaba detrás de la cortina de una de las ventanas superiores. Era claro que aquélla era su tía por adopción.

Durante la copiosa comida del mediodía que lo aguardaba lista, Stoner tuvo tiempo para reflexionar sobre las posibilidades de su extraordinaria situación. El verdadero Tom, tras cuatro años de ausencia, podría aparecerse de improviso por la granja, o en cualquier momento podría llegar una carta suya. ¿Además, en su calidad de heredero de la granja, el falso Tom podría ser llamado a firmar algún documento, cosa que lo pondría en un atolladero. O podría llegar algún pariente que no imitara la actitud retraída de la tía. Cualquiera de estas cosas lo desenmascararía ignominiosamente. Por otro lado, la alternativa eran el cielo abierto y las trochas pantanosas que conducían al mar. La granja le ofrecía, en todo caso, un refugio pasajero contra la miseria total; la agricultura era una de las muchas cosas que había "ensayado", así que estaría en capacidad de realizar ciertas faenas a cambio de esa hospitalidad a la que no tenía gran derecho.

-¿Desea pernil frío para la cena -le preguntó la criada de rostro adusto mientras quitaba la mesa-, o prefiere que se lo calienten?

-Caliente y con cebollas -dijo Stoner.

Fue la única vez en su vida que tomó una rápida decisión. Y al dar la orden supo que tenía intenciones de quedarse.

Stoner se circunscribió estrictamente a las partes de la casa que parecían haberle sido asignadas por un tácito tratado de deslinde. Cuando participaba en las tareas de la granja, lo hacía como alguien que recibía órdenes, sin tomar nunca la iniciativa. El viejo George, la yegua roana y el cachorro de Bowker eran sus únicas compañías en un mundo que por lo demás se le mostraba frío, silencioso y hostil. No veía a la dueña de la granja. Cierta vez, al enterarse de que había ido a la iglesia, realizó una visita furtiva a la sala con el objeto de obtener algún conocimiento fragmentario del joven cuyo lugar había usurpado y cuya mala fama se había echado sobre sus espaldas. Había numerosas fotografías colgadas en las paredes o pegadas en marcos austeros, pero la imagen que buscaba no estaba entre ellas. Por fin, en un álbum escondido, encontró lo que buscaba. Había una serie completa bajo el rótulo de "Tom": un niñito regordete de tres años, con una túnica de fantasía; un desgarbado muchacho de unos doce años que sostenía, como si le repugnara, un bate de críquet; un joven de dieciocho, bastante bien parecido, de pelo muy liso y partido a la mitad; y, por último, un hombre joven, de semblante más bien hosco y atrevido. Stoner miró con especial interés este último retrato; el parecido era innegable.

Por boca del viejo George, que era harto parlanchín sobre la mayoría de los temas, trató una y otra vez de enterarse acerca de la naturaleza de la ofensa que lo segregaba como una criatura cuyos semejantes debían odiar y esquivar.

-¿Qué dice de mí la gente de los alrededores? -le preguntó un día mientras marchaban de regreso a casa desde un campo distante.

El viejo sacudió la cabeza.

-Están disgustados con usted; terriblemente disgustados. ¡Ay, es un triste lío, un triste lío!

Y nunca pudo ser inducido a decir nada más esclarecedor.

En una noche despejada y fría, pocos días después de las fiestas de Navidad, Stoner se encontraba en un rincón del huerto que dominaba una espaciosa vista de la campiña. Aquí y allá podía divisar los destellos de lámparas y velas que revelaban la existencia de moradas humanas en las que imperaban la buena voluntad y el regocijo de la época. Tras él estaba la triste y silenciosa casa donde nadie reía, donde hasta una riña habría parecido un acontecimiento alegre. Cuando volvió la cabeza para mirar la larga y gris fachada del edificio envuelto en las penumbras, una puerta se abrió y el viejo George salió precipitadamente. Stoner oyó que llamaba su nombre adoptivo en un tono de urgente ansiedad. Supo al instante que algo adverso había ocurrido, y en una rápida inversión de perspectivas aquel refugio le pareció un lugar de paz y de contento, de donde temía que fueran a expulsarlo.

-Amo Tom -dijo el viejo en un ronco susurro-, tiene que perderse de aquí sin hacer bulla, por unos cuantos días. Michael Ley volvió al pueblo y jura que le va a dar un tiro si puede dar con usted. Y de veras es capaz; tiene mirada de asesino. Lárguese al amparo de la noche. Es sólo por una semana o algo así; el no va a estar más tiempo por acá.

-Pero, ¿adonde voy a ir? -balbució Stoner, que se había contagiado del patente terror del viejo.

-Vaya derecho por la costa hasta Punchford y quédese escondido allá. Cuando Michael ande lejos, yo llevo la roana al Green Dragón en Punchford. Cuando usted la vea en las pesebreras del Green Dragon será la señal de que puede volver.

-Pero... -vaciló Stoner.

-No se preocupe por dinero -dijo el otro-; la señora está de acuerdo en que es mejor que usted haga como le digo y me ha entregado esto.

El viejo sacó tres libras esterlinas de oro y algunas monedas de plata.

Stoner se sintió más tramposo que nunca cuando se escabulló esa noche por la puerta trasera de la granja con el dinero de la anciana en el bolsillo. El viejo George y el cachorro de Bowker se quedaron plantados en el patio, mirándolo en silenciosa despedida. Le costaba imaginarse que regresaría alguna vez y sintió una punzada de remordimiento por esos dos humildes amigos que esperarían con anhelo su regreso. Quizás un día regresaría el verdadero Tom y entre aquellos sencillos campesinos cundiría el asombro respecto a la identidad del oscuro personaje que habían hospedado bajo su techo. En cuanto a su propio destino, no sentía apremio alguno: tres libras duran poco cuando no hay nada que las respalde, pero a un hombre que ha contado en peniques todo su capital le parecen un buen punto de partida. Los caprichos de la fortuna le habían jugado una buena pasada la última vez que recorriera aquellas trochas como un perdido aventurero, y todavía había probabilidades de encontrar trabajo y empezar de nuevo. A medida que se alejaba de la granja su ánimo subía más y más. Había cierta sensación de alivio en recobrar la identidad perdida y dejar de ser el incómodo fantasma de otro hombre. Difícilmente se tomaba la molestia de especular sobre el enemigo implacable que había venido de los quintos infiernos a meterse en su vida. Ya que esa vida había quedado atrás, un detalle irreal de añadidura no importaba mayor cosa. Por primera vez en muchos meses empezó a tararear una melodía frívola y alegre. Y entonces, de la sombra de un roble a la vera del camino, le salió al paso un hombre armado con una escopeta. No había necesidad de preguntarse quién podría ser; la luz de luna que le pegaba en la cara tensa y pálida revelaba una mirada de odio feroz que Stoner no había visto jamás en ninguna de las vicisitudes de su peregrinar. Saltó a un lado, en un desesperado intento de atravesar el seto vivo que bordeaba el camino, pero las fuertes ramas lo sujetaron con firmeza. La jauría del destino lo esperaba por aquellas trochas y esta vez tendría que enfrentarla. 


LA TELARAÑA

La cocina de la granja quizás estaba donde estaba por azar o accidente. Sin embargo, la ubicación bien podía haber sido proyectada por un experto estratega en arquitectura campesina. La lechería, el corral, el huerto y los demás lugares de trajín de la granja parecían tener fácil acceso a aquel refugio con piso de anchas losas, en donde había espacio para todo y en donde un par de botas embarradas dejaban huellas fáciles de barrer. Y aún así, a pesar de lo bien emplazada que estaba en el centro del tráfago humano, su única ventana, larga, enrejada, con un amplio asiento empotrado y enmarcada en un alféizar más allá de la enorme chimenea, dominaba un dilatado paisaje silvestre de colinas, brezales y boscosas cañadas. El hueco de la ventana era casi un cuartito de por sí, en realidad el más agradable de la granja en cuanto a situación y posibilidades. La joven señora Ladbruk, cuyo marido acababa de recibir la granja por herencia, había puesto los ojos en el cálido rinconcito; y los dedos le picaban por volverlo claro y acogedor con cortinas de zaraza, vasos llenos de flores y una repisa o dos con viejos platos de porcelana. La mohosa sala de la casa, que daba a un jardín adusto, melancólico y encerrado por tapias lisas y altas, no era un cuarto que se prestara con facilidad para el confort o la decoración.

-Cuando estemos más instalados voy a hacer maravillas en la cocina para que sea habitable -decía la joven mujer a las contadas visitas.

En aquellas palabras había un deseo callado, un deseo que además de callado era inconfesable. Emma Ladbruk era la señora de la granja. Junto con su marido podía tener derecho a opinar y hasta cierto punto a decidir en la conducción de sus asuntos. Pero no era la señora de la cocina.

En un estante de un viejo aparador, en compañía de salseras desportilladas, jarras de peltre, ralladores de queso y facturas pagadas, descansaba una raída biblia que tenía anotado en la portada el desteñido registro de un bautismo fechado noventa y cuatro años atrás. "Martha Crale" rezaba el nombre escrito en la página amarillenta. Y la amarillenta y arrugada anciana que rengueaba y hablaba entre dientes por toda la cocina, parecida a una hoja marchita que los vientos de invierno siguen soplando de un lado para otro, alguna vez había sido Martha Crale. Durante setenta y pico de años había sido Martha Mountjoy. Nadie podía recordar por cuántos años había andorreado de acá para allá entre el horno, el lavadero y la lechería, o salido al gallinero y al jardín, rezongando, murmurando y riñendo, pero trabajando sin parar. Emma Ladbruk, a cuyo arribo le había prestado tanta atención como a una abeja errante que entrara por la ventana en un día de verano, la miraba al principio con una especie de temerosa curiosidad. Era tan vieja y tanto hacía parte del lugar que costaba decir con precisión que fuera un ser animado. El viejo Shep, un pastor escocés de hocico blanco y miembros entumidos, cuyas horas estaban ya contadas, casi parecía más humano que aquella anciana mustia y seca. Había sido un cachorrito bulloso y juguetón, desbordante de alegría de vivir, cuando ella era ya una anciana de pasos inseguros; y ahora era un cadáver vivo y ciego, nada más, y ella todavía trabajaba con frágil tesón, todavía barría, horneaba y lavaba, traía y llevaba. Si algo había en esos sabios perros viejos que no pereciera del todo con la muerte, solía meditar Emma, cuántas generaciones de perros fantasmas debía de haber afuera en las colinas, criadas, atendidas y despedidas en la hora final por Martha en aquella cocina. Y cuántos recuerdos debía de guardar de las generaciones humanas que habían muerto en sus días. Le resultaba difícil a cualquiera, y mucho más a una extraña como Emma, hacerla hablar de los tiempos pasados. Sus palabras, chillonas y cascadas, se referían a puertas que habían dejado sin seguro, baldes extraviados, terneros a los que ya era hora de alimentar, y a las diversas faltas y omisiones que salpican la rutina de una granja. De cuando en cuando, llegada la fecha de elecciones, desempolvaba los recuerdos de los viejos nombres que libraran antaño esas contiendas. Había habido un Palmerston, muy sonado por los lados de Tiverton. Tiverton no quedaba muy lejos a vuelo de pájaro, pero para Martha era casi otro país. Después vinieron los Northcotes, los Aclands y muchos otros nuevos apellidos que había olvidado ya. Los nombres cambiaban, pero se trató siempre de liberales y conservadores, de amarillos y azules. Y siempre se pelearon a los gritos sobre quién estaba en lo correcto y quién no. Por el que más se pelearon había sido un viejo y distinguido caballero de expresión colérica... recordaba haber visto su retrato en las paredes; y en el piso también, con una manzana podrida y aplastada encima, pues en la granja se cambiaba de política de tiempo en tiempo. Martha nunca había estado de un lado o de otro; ninguno de "ellos" había beneficiado para nada a la granja. Este era su veredicto general, dictado con toda la desconfianza de una campesina por el mundo exterior.

Cuando la medio temerosa curiosidad se hubo desvanecido, Emma Ladbruk se sintió incómoda al descubrir que abrigaba otro sentimiento hacia la vieja. Ésta era una exótica tradición estancada en el lugar, era parte integral de la propia granja, era algo a la vez patético y pintoresco... pero era un soberano estorbo. Emma había llegado a la granja llena de planes de efectuar pequeñas reformas y mejoras, en parte por su adiestramiento en los métodos y procedimientos modernos, en parte por efecto de sus propias ideas y caprichos. Las reformas en la región de la cocina, de haber sido posible hacer que esos oídos sordos se mostraran dispuestos a escuchar, habrían encontrado un rechazo sumario y despectivo; y la región de la cocina abarcaba las zonas del manejo de la leche y las hortalizas, y la mitad de las faenas domésticas. Emma, que se sabía al dedillo lo último en el arte de preparar aves de corral muertas, tomaba asiento a un lado, observadora inadvertida, mientras la vieja Martha espetaba los pollos para el puesto del mercado de la misma manera que los había espetado durante casi ochenta años... por los muslos, sin tocar la pechuga. Y las mil sugerencias sobre la forma más eficaz de hacer el aseo, aligerar el trabajo y demás cosas que contribuyen a una vida sana y que la joven estaba dispuesta a impartir o llevar a la práctica, se perdían en la nada ante aquella presencia mustia, rezongona y desatenta. Sobre todo, el codiciado rinconcito de la ventana, que podía ser un lindo oasis de alegría en la sombría cocina, estaba ahora atestado con un revoltijo de cachivaches que Emma, a pesar de su toda autoridad nominal, no se habría tomado el atrevimiento o la molestia de remover. Parecían revestidos por la protección de algo similar a una telaraña humana. Definitivamente, Martha era un estorbo. Habría sido una canallada desear ver aquella vida añeja y corajuda acortada en unos miserables meses; pero a medida que pasaban los días Emma reconoció que allí estaba el deseo, por más que lo negara, agazapado en el fondo de su mente.

Sintió que la vileza de aquel deseo la invadió, junto con un remordimiento de conciencia, un día en que entró a la cocina y descubrió que las cosas no marchaban como de costumbre en aquel sitio de constante ajetreo. La vieja Martha no estaba trabajando. A sus pies había una canasta de maíz, y en el corral los pollos empezaban a piar en protesta por haberse pasado la hora de la alimentación. Pero Martha estaba acurrucada en el asiento de la ventana, mirando afuera con sus ojos opacos como si divisara algo más raro que el paisaje otoñal.

-¿Pasa algo, Martha? -preguntó la joven esposa.

-Es la muerte, es la muerte que viene -respondió la voz cascada-. Ya sabía que venía, ya lo sabía yo. Por algo el viejo Shep estuvo aullando toda la mañana. Y anoche oí cuando la lechuza cantó el grito de la muerte; y una cosa blanca pasó corriendo por el patio ayer. No era ni un gato ni una comadreja, era una cosa... Las gallinas supieron que era algo y se corrieron todas para un lado. ¡Ay!, esos son avisos. Yo ya sabía que venía.

Los ojos de la joven se empañaron de lástima. El carcamal que estaba ahí sentado, tan encogido y pálido, había sido alguna vez una niñita alegre y bulliciosa que jugara por los senderos, henales y desvanes de una granja. De eso hacía ochenta años largos, y ahora no era más que un viejo y frágil cuerpo que se achicaba ante el cercano frío de la muerte que al fin venía a llevársela. Probablemente no se podía hacer mayor cosa por ella, pero Emma corrió a buscar ayuda y consejo. Sabía que su marido andaba en una tala de árboles a cierta distancia, pero podía encontrar otro ser racional que conociera a la vieja mejor que ella. No tardó en descubrir que la granja tenía la cualidad, común a todos los corrales, de tragarse y desaparecer a sus moradores humanos. Las gallinas la siguieron con interés y los cerdos le gruñeron inquisitivamente tras las rejas de sus porquerizas, pero el granero, el henar, el huerto, los establos y la lechería no premiaron su búsqueda. Entonces, mientras desandaba el camino hacia la cocina, se topó de repente con su primo, conocido por todos como el joven señor Jim, que repartía el tiempo entre la trata aficionada de caballos, la caza de conejos y el flirteo con las criadas del lugar.

-Me temo que la vieja Martha se está muriendo -dijo Emma.

Jim no era una de esas personas a las que hay que darles las noticias con suavidad.

-¡Tonterías! -dijo éste-. La intención de Martha es llegar a los cien años. Así me lo dijo y así lo va a hacer.

-En realidad se puede estar muriendo en este momento, o puede ser que sólo empiece a derrumbarse -insistió Emma, llena de desprecio por la estupidez y lentitud del joven.

Una sonrisa se dibujó en las facciones bonachonas del otro.

-Pues no parece así -dijo, señalando con la cabeza hacia el patio.

Emma se volvió para captar el significado de este comentario. La vieja Martha estaba en el centro de una multitud de aves de corral, esparciendo granos a su alrededor. El pavo con el brillo bronceado de sus plumas y el rojo púrpura de su barba, el gallo de pelea con el radiante lustre metálico de su plumaje oriental, las gallinas con sus ocres, pardos y amarillos y el escarlata de sus crestas, y los patos con sus cabezas color verde botella, componían un revoltijo de intensos colores en el centro del cual la anciana parecía un tallo marchito que se irguiera en medio de un macizo de vistosas flores. Pero arrojaba el grano hábilmente entre la mezcolanza de picos y su cascada voz llegaba a las dos personas que la estaban observando. Seguía machacando sobre el tema de la muerte que venía en camino.

-Yo ya sabía que venía. Ha habido signos y advertencias.

-¿Quién murió, pues, señora? -llamó el joven.

-El joven señor Ladbruk -chilló ella por respuesta-. Acaban de traer su cadáver. Por esquivar un árbol que tumbaban chocó con una estaca de hierro. Estaba muerto cuando lo recogieron. ¡Ay, yo la veía venir!

Y se dio vuelta para arrojar un puñado de cebada a una manada de gallinas de Guinea rezagadas que llegaban corriendo.

La granja era una heredad familiar y pasó a manos del primo cazador de conejos en su calidad de pariente más cercano. Emma Ladbruk salió volando de su cotidianeidad, como una abeja que entrara por la ventana abierta y en su revoloteo volviera a atravesarla. Cierta mañana fría y gris se encontró esperando, sus cajas ya acomodadas en la carreta, a que todos los productos del mercado estuvieran listos, pues el tren que iba a tomar era menos importante que los pollos, la mantequilla y los huevos que iban a ser puestos en venta. Desde donde estaba podía ver una esquina de la larga ventana enrejada que habría quedado tan acogedora con las cortinas y tan alegre con los floreros. Se le ocurrió pensar que durante meses, años quizás, mucho tiempo después de que la hubieran olvidado por completo, se vería asomar una cara pálida y desentendida a través de esos cristales, y que se oiría rezongar una voz débil y trémula por esos corredores enlosados. Se dirigió hasta una ventana batiente de tupidos barrotes que daba a la despensa de la casa. La vieja Martha se encontraba de pie frente a una mesa, espetando un par de pollos para el puesto del mercado de la misma manera que los había espetado desde hacía casi ochenta años. 


LOS INTRUSOS

En medio de un bosque de abigarrada vegetación, situado en un paraje de los confines orientales de los Cárpatos, cierta noche de invierno se hallaba un hombre en atenta observación y a la escucha, como a la espera de que alguna bestia selvática apareciese en su campo de visión y, más tarde, al alcance de su rifle. Pero la pieza que mantenía tan viva su atención no era de las que figuran en los calendarios de los cazadores legales y autorizados; Ulrich von Gradwitz patrullaba por el tenebroso bosque en busca de un enemigo humano.

Las tierras boscosas de Gradwitz eran de considerable extensión y estaban bien provistas de caza; la estrecha franja de abrupto y frondoso bosque que constituía una de sus lindes no se distinguía por la abundancia de caza que albergaba ni por las monterías que proporcionaba; sin embargo, de todas las posesiones territoriales de su propietario, era la más celosamente guardada. Un famoso pleito, en los días de su abuelo, lo había rescatado de la posesión ilegal de una vecina familia de pequeños terratenientes; la parte desposeída nunca había acatado la sentencia del tribunal y una larga serie de disputas por caza furtiva y escándalos similares habían agriado las relaciones entre las familias durante generaciones.

La rivalidad vecinal se había tornado personal desde que Ulrich se convirtiera en cabeza de familia; si había en el mundo un hombre al que detestaba y deseaba todo mal, ese era Georg Znaeym, el heredero de la querella, infatigable cazador furtivo e invasor de la arbolada frontera. La disensión podía, tal vez, haberse extinguido y haber sido objeto de un acuerdo, de no haber mediado la malquerencia personal de los dos hombres. De muchachos, ambos ansiaban la sangre, el uno del otro. De adultos, cada uno imploraba que la desdicha cayera sobre el otro, y este invierno de flagelante viento Ulrich había reunido a sus monteros para batir el tenebroso bosque, no en busca de presas de cuatro patas sino para mantener la vigilancia sobre los furtivos que, sospechaba, andaban por aquellas tierras fronterizas. Los corzos, que normalmente se refugiaban en las cañadas durante las tormentas de viento, aquella noche pasaban a la carrera como saetas y había movimiento e inquietud entre las criaturas que solían dormir durante las horas de oscuridad. A buen seguro, había algún elemento perturbador en el bosque y Ulrich imaginaba su lugar de procedencia.

Ulrich se alejó en solitario de los ojeadores que había emboscado en la cima del cerro y deambuló por las empinadas pendientes en medio de la silvestre y enmarañada maleza, atisbando entre los troncos de los árboles y acechando entre las agudas tonalidades del viento y el incesante batir de la enramada alguna visión o sonido de los merodeadores. ¡Ah!, si en esta noche procelosa, en este tenebroso y solitario lugar, se encontrara con Georg Znaeym, de hombre a hombre, sin testigos..., éste era el deseo que dominaba todos sus pensamientos. Y al rodear el tronco de una enorme haya se encontró frente a frente con el hombre que buscaba.

Los dos hombres quedaron mirándose durante un prolongado y silencioso intervalo. Ambos tenían un rifle en la mano, ambos tenían odio en su corazón y, sobre todo ello, ambos tenían el homicidio en su mente. El azar los había conducido a la posibilidad de dar rienda suelta a las pasiones de toda una vida. Pero un hombre educado en los códigos de una civilización represiva no encuentra fácilmente el ánimo necesario para disparar contra su vecino a sangre fría y sin pronunciar palabra, a no mediar algún agravio contra su linaje y su honor. Y antes de que los instantes de vacilación dieran paso a la acción, un acto de violencia de la propia Naturaleza se abatió sobre ambos. Un restallante alarido de la tormenta había tenido como respuesta un furioso estallido por encima de sus cabezas y, antes de que pudieran apartarse, la masa de un haya abatida se precipitó sobre ellos. Ulrich von Gradwitz se halló tendido sobre el suelo, con un brazo inmovilizado bajo el peso de su propio cuerpo y el otro casi igualmente inutilizado por una espesa maraña de ramas ahorquilladas en tanto que ambas piernas quedaban atrapadas bajo la masa desplomada. Las fuertes botas de caza preservaron a los pies de quedar destrozados, pero, si bien las fracturas no eran tan serias como podrían haberlo sido, resultaba cuando menos evidente que no podría moverse de su actual posición hasta que no llegara alguien a rescatarlo. Las ramas habían azotado la piel de su rostro y había tenido que apartar con el movimiento de los párpados algunas gotas de sangre de sus pestañas antes de estar en condiciones de tener una visión general del desastre. A su lado, tan cerca que en circunstancias normales hubiera podido tocarlo, yacía Georg Znaeym, vivo y forcejeando pero evidentemente tan atrapado como él. Todo en derredor suyo era un nutrido naufragio de ramajes y astillas.

El alivio de estar vivo y la exasperación causada por la forzada cautividad hicieron brotar una extraña mezcla de piadosos votos de gratitud y vehementes imprecaciones en los labios de Ulrich.

Georg, medio ciego por la sangre que corría por sus ojos, detuvo por un instante su forcejeo para escuchar y emitió luego una breve e insidiosa risita.

-Así que no estás muerto, como debieras; pero, en cualquier caso, estás atrapado -exclamó-, bien atrapado. Vaya, esto sí que tiene gracia. Ulrich von Gradwitz cogido en la trampa en el bosque robado. ¡Te ha alcanzado la verdadera justicia!

Y volvió a reír, burlona y ferozmente.

-Estoy atrapado en mi propio bosque -replicó Ulrich-. Cuando mis hombres vengan a rescatarnos quizás preferirás estar en el cepo que no atrapado en flagrante furtivismo en las tierras de tu vecino, ¡afrentado te veas!

Georg guardó silencio unos instantes; luego dijo quedamente:

-¿Estás seguro de que tus hombres encontrarán algo que rescatar? Yo también tengo hombres en el bosque esta noche, siguiéndome de cerca, y llegarán aquí los primeros a liberarnos. Cuando me hayan sacado de debajo de estas malditas ramas no será necesaria demasiada torpeza por su parte para hacer rodar este enorme tronco justamente sobre ti. Tus hombres te encontrarán muerto bajo un haya caída. Por pura fórmula, enviaré mi condolencia a tu familia.

-Es una valiosa sugerencia -replicó Ulrich con fiereza-. Mis hombres tienen orden de seguirme en el plazo de diez minutos, de los que han debido transcurrir siete, y me sacarán de aquí... Recordaré tu sugerencia. Sólo que, como tú habrás hallado la muerte cazando furtivamente en mis tierras, no creo que pueda, sinceramente, enviar ningún mensaje de condolencia a tu familia.

-Bueno -refunfuñó Georg-, bueno. Éste es un duelo a muerte entre tú y yo y nuestros monteros, sin malditos intrusos que se interpongan entre nosotros. ¡Así te mueras y te veas condenado, Ulrich von Gradwitz!

-Lo mismo te deseo, Georg Znaeym, saqueador, cazador furtivo.

Los dos hombres hablaban con el desabrimiento de hallarse ante una posible derrota, ya que ambos sabían que pasaría mucho tiempo antes de que sus hombres se lanzasen en su búsqueda y dieran con ellos: era una pura cuestión de suerte cuál de las dos partidas llegaría la primera al lugar de la escena.

Para entonces, los dos habían abandonado su inútil forcejeo por liberarse de la masa arbórea que les atenazaba; Ulrich limitó su empeño al esfuerzo por dejar parcialmente libre un brazo lo bastante cerca del bolsillo exterior de su capote como para sacar su petaca de vino. Incluso después que hubo realizado esa operación transcurrió aún largo tiempo hasta que pudo desenroscar el tapón y trasegar algo del líquido a su garganta. ¡Pero se lo antojó un sorbo caído de los cielos! Estaban en pleno invierno, aunque había caído poca nieve, gracias a lo cual los cautivos sufrían los rigores del frío menos de lo que cabría esperar para aquella época del año; no obstante, el vino resultó cálido y vivificante para su maltrecha humanidad; echó luego una mirada de soslayo con algo así como un latido de piedad hacia donde su enemigo yacía tratando de impedir que sus quejidos de dolor y extenuación traspasaran el umbral de sus labios.

-¿Podrías hacerte con el frasco si te lo lanzo? -preguntó Ulrich de pronto-. Contiene buen vino y hay que tratar de aguantar lo mejor posible. Bebamos, incluso a pesar de que uno de los dos muera esta noche.

-No, apenas puedo ver; tengo mucha sangre apelmazada encima de los ojos -dijo Georg-; y, en cualquier caso, no bebo vino con un enemigo.

Ulrich permaneció en silencio algunos minutos, escuchando el fatigoso aullido del viento. En su cerebro, lentamente, iba surgiendo y agrandándose una idea que ganaba en pujanza cada vez que miraba de soslayo al hombre que luchaba tan ceñudamente contra el dolor y la fatiga. En medio del dolor y la lasitud que el propio Ulrich sentía, el feroz odio de antaño parecía ir apagándose.

-Vecino -dijo al poco-, haz como te plazca si tus hombres llegan primero. El trato era justo. Por lo que a mí respecta he cambiado de opinión. Si mis hombres llegan antes será a ti a quien primero socorrerán, como huésped mío. Nos hemos peleado como demonios toda nuestra vida por esta estúpida franja de bosque, donde los árboles ni siquiera resisten en pie una ráfaga de viento. Tendido aquí esta noche, pensando, he llegado a la conclusión de que hemos sido unos necios; hay cosas mejores en la vida que ganar una disputa sobre linderos. Vecino, si me ayudas a enterrar nuestra vieja querella, yo... yo te rogaré que seas mi amigo.

Georg Znaeym permaneció en silencio tanto tiempo que Ulrich pensó que acaso había sucumbido al dolor de sus heridas. Al fin, habló lenta y entrecortadamente.

-Qué pasmados se iban a quedar todos y cuánta comidilla habría en toda la región si nos vieran llegar cabalgando juntos a la plaza del mercado. No hay ser viviente que haya visto a un Znaeym y a un Von Gradwitz hablándose amistosamente. Y qué paz reinaría entre las gentes de los bosques si pusiéramos fin a nuestro pleito esta noche. Y si decidimos hacer las paces entre los nuestros no hay nadie que interfiera, no hay intrusos ajenos... Tú vendrías a pasar la noche de San Silvestre bajo mi techo y yo asistiría al festín en algún día señalado a tu castillo... No volvería a disparar un solo tiro en tus tierras excepto cuando me invitaras y tú vendrías a cazar conmigo allá en los marjales, siempre llenos de patos y otras aves. En toda la comarca no hay quien pueda impedirnos, si nosotros lo deseamos, hacer las paces. Nunca pensé que pudiera ambicionar otra cosa que odiarte, en toda mi vida, pero creo que yo también he cambiado de opinión sobre el particular en esta última media hora. Y me ofreciste tu petaca de vino... Ulrich von Gradwitz, seré tu amigo.

Durante un rato los dos hombres permanecieron en silencio, dando vueltas en la cabeza a las maravillosas transformaciones que llevaría consigo esta dramática reconciliación. Yacían en medio de aquel bosque frío y tenebroso, con el viento desgarrándose en rachas espasmódicas por entre las desnudas ramas y silbando en torno a los troncos de los árboles, esperando la ayuda que traería, ahora, rescate y socorro para ambos. Y cada uno de ellos musitaba una íntima oración para que fueran sus hombres los primeros en llegar, de modo que cada uno pudiera ser el primero en mostrar su deferente atención al enemigo que acababa de convertirse en amigo.

Al cabo, cuando el viento amainó por un momento, Ulrich rompió el silencio.

-Vamos a gritar pidiendo ayuda -dijo-. Con esta calma nuestras voces pueden llegar lejos.

-No irán muy lejos entre los troncos y la maleza -dijo Georg-, pero podemos intentarlo. A un tiempo, pues.

Ambos elevaron sus voces en un prolongado grito de caza.

-Otra vez a un tiempo -dijo Ulrich unos minutos más tarde, después de escuchar en vano a la espera de una voz de réplica.

-Creo que esta vez oigo algo -dijo Ulrich.

-Yo no oigo más que este inmundo viento -dijo Georg roncamente. Hubo un nuevo silencio de varios minutos y luego Ulrich emitió un grito de alegría.

-Alcanzo a ver unas formas que se acercan por el bosque. Van siguiendo el camino por el que descendí la ladera.

Los dos hombres alzaron sus voces con todas las fuerzas que fueron capaces de reunir.

-¡Nos oyen! Se han parado. Ahora nos ven. Bajan corriendo por la ladera hacia nosotros -exclamó Ulrich.

-¿Cuántos son? -preguntó Georg.

-No lo distingo bien -dijo Ulrich-. Nueve o diez.

-Entonces son los tuyos -dijo Georg-. Yo sólo tenía conmigo siete.

-Vienen a toda velocidad que les es posible, bravos muchachos -dijo Ulrich jubilosamente.

-¿Son tus hombres? -preguntó Georg-. ¿Son tus hombres? -repitió con impaciencia al no recibir respuesta de Ulrich.

-No -dijo Ulrich con una risotada, la risotada gárrula y estridente de un hombre desencajado a causa de un tremebundo pavor.

-¿Quiénes son? -preguntó Georg rápidamente, haciendo un esfuerzo por ver lo que el otro de buena gana hubiera deseado no haber visto.

-Lobos.

martes, 26 de junio de 2012

1968-THE ALPHABET by David Lynch.avi

Alphabet 2 (1968) David Lynch (RARE!)

Alphabet 3 (1968) David Lynch (RARE!)


Põrgu (Hell, 1983)



Leopoldo Lugones - Cuento




YZUR

Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.

La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".

Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:

Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.

Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.

Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.

Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.

Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.

Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.

No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.

Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.

El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:

Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.

Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.

Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.

Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.

Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.

La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.

Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.

Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.

Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.

Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.

Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...

Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.

Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.

Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.

Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.

Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.

Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.

El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.

Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.

Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.

En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.

Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.

No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.

En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.

No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.

Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.

A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.

Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.

El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.

Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.

Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.

Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.

He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.

Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.

Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.

Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:

-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...

José Lezama Lima - Cuento



PARA UN FINAL PRESTO

Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

 La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

 Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

 Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

 La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

 El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

 El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

 La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

 El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

 Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

 Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

 El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

 El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

 Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena. 

lunes, 4 de junio de 2012

T.S. Eliot - Poema




LA TIERRA BALDÍA

A Ezra Pound
il miglior fabbro

I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.

Frisch weht der Wind 
der Heimat zume
in Irisch Kind,
Wo weilest du? 

«Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos.»
— Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.
Oed' und leer das Meer.

Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.
Veo una muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!
Ciudad Irreal,bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada
.Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,
¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, hypocrite lecteur! — mon semblable — mon frère!»

II. UNA PARTIDA DE AJEDREZ

LA SILLA en que estaba sentada, como un bruñido trono,
se reflejaba en el mármol, donde el espejo
de soportes labrados con pámpanos y racimos
entre los cuales un Cupido dorado se asomaba
(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
copiaba las llamas de los candelabros de siete brazos
que arrojaban su luz sobre la mesa, mientras
el brillo de sus joyas, desbordando profusamente
 de los estuches de raso, subió a su encuentro.
En redomas de marfil y cristal policromo,
destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,
ungüentos, en polvo o líquidos —turbando, confundiendo
y ahogando los sentidos en olor; agitados por el aire
fresco que soplaba de la ventana, ascendían,
alimentando las alargadas llamas de las velas,
proyectando sus humos sobre los laquearios,
animando los diseños del artesonado techo.
Enormes leños arrojados por el mar, patinados de cobre,
ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,
y en su luz mortecina nadaba un delfín tallado.
Sobre la repisa de la chimenea —ventana abierta
a una escena silvestre—estaba representada
la Metamorfosis de Filomela, tan rudamente forzada
por el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñor
llenaba todo el desierto con inviolable voz
y todavía ella lloraba, y aún el mundo persigue
«Tiu Tiu» a oídos sucios.Y otros tocones marchitos de tiempo
se alzaban en los muros, donde figuras de ojos abiertos
se inclinaban, imponiendo silencio a la estancia.
Se oyeron pasos en la escalera.
Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, sus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos,
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.

«Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.
Háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en qué piensas. Piensas.»

Creo que nos hallamos en la calleja de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.

«¿Qué ruido es ese?»
 El viento bajo la puerta.
«¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?»
 Nada, como siempre. Nada.
        «¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No
te acuerdasde nada?»

Recuerdo
que esas perlas fueron sus ojos.
«¿Estás viva o no? ¿No hay nada en tu cabeza?»
        Pero
O O O O ese aire shakespeaheriano:
es tan elegante
tan inteligente.
«¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la calle
 así sin peinar? ¿Qué haremos mañana?
(¿Qué haremos siempre?»
 Agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando nuestros ojos sin párpados, esperando que llamen a la
puerta.

Cuando licenciaron al marido de Lil, yo dije —
y no pesé mis palabras, lo dije sin ambages,
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Ahora Alberto va a regresar, procura lucir mejor.
Él querrá saber qué hiciste con el dinero que te dio
para arreglarte los dientes. Te lo dio, yo estaba allí:
que te los extraigan todos, Lil, y que te pongan una buena
dentadura,
dijo él, juro que no puedo soportar mirarte.
Y yo tampoco, dije yo; piensa en el pobre Alberto,
que ha estado en el ejército durante cuatro años, quiere
divertirse,
y si no lo hace contigo, ya encontrará otras, dije yo.
¡Oh hay otras!, dijo ella. Algo por el estilo, dije yo.
Entonces ya sé a quién agradecérselo, dijo ella, mirándome
fijamente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Si esto no te gusta, lo mismo da, dije yo.
Otras se aprovecharán si tú no puedes.
Pero si Alberto se marcha, no podrás decir que no te han avisado.
Deberías avergonzarte, dije, de parecer tan vieja
(y no tiene más que treinta y un años)
no es culpa mía, dijo, poniendo cara triste.
Son esas píldoras que tomé para abortar, dijo.
(Ha tenido cinco ya, y casi se muere en el parto de Jorge.)
El boticario me dijo que no sería nada, pero nunca he vuelto a ser
la misma.
Eres una tonta de capirote, dije yo.
Bueno, si Alberto no te suelta, no puedes quejarte, dije.
¿Por qué te casaste si no te gustan los niños?
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Bueno, aquel domingo Alberto estaba en casa, tenían jamón
y me invitaron a cenar para que saboreara el jamón caliente.
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
DENSE PRISA POR FAVOR YA ES HORA
Buenas noches Bill. Buenas noches, Lou. Buenas noches, May.
Buenas noches.
Adiós, adiós. Buenas noches. Buenas noches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, adorables señoras,
buenas noches, buenas noches.

III. EL SERMÓN DEL FUEGO

El dosel del río se ha roto: los últimos dedos de las hojas
 se aterran y se sumen en la húmeda ribera. El viento
cruza, silenciosamente, la tierra parda. Las ninfas se han
marchado.
Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi
canción.
El río no arrastra botellas vacías, papeles de sandwiches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas
y otros testimonios de noches de estío. Las ninfas se han
marchado.
Y sus amigos, los indolentes herederos de los potentados —
Se han marchado sin dejar sus direcciones.
A orillas del Leman me senté a llorar...
Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi
canción.
Dulce Támesis, discurre plácidamente, pues no hablaré alto ni
extenso.
Pero detrás de mí, en una fría ráfaga, oigo
matraqueos de huesos y risas descarnadas.

Un ratón se deslizó blandamente entre los hierbajos
arrastrando su viscoso vientre por la orilla
mientras yo pescaba en el sombrío canal
en una tarde de invierno detrás del gasómetro
meditando sobre el naufragio de mi hermano rey
y sobre la muerte anterior de mi padre rey.
Cuerpos blancos, cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda
y huesos arrojados en una guardilla baja y seca,
rozados sólo por la pata del ratón, año tras año.
Pero a mi espalda de vez en cuando oigo
un estrépito de bocinas y motores, que llevarán
a Sweeney en la primavera a casa de la señora Porter
oh, la luna brillaba sobre la señora Porter
y sobre su hija
ambas se lavan los pies con agua gaseosa
et O ces voix d'enfants, chantant dans la coupole!

Tuit tuit tuit
yag yag yag yag yag yag
tan rudamente forzada
Tereo.

Ciudad Irreal
bajo la parda niebla de un mediodía de invierno
el señor Eugenides, comerciante de Esmirna
sin afeitar, con un bolsillo lleno de pasas
C.i.f. Londres: documentos a la vista,
me invitó en francés demótico
a almorzar en el Hotel Cannon Street
y luego a pasar el fin de semana en el Metropole.

A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera
como un taxímetro espera palpitando,
yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejo con arrugados senos de mujer, puedo ver
a la hora violeta, esa hora del atardecer que nos empuja
hacia el hogar y envía del mar a casa al marinero,
la mecanógrafa, ya en casa a la hora del té, levanta la
mesa del desayuno, enciende
su estufa y prepara su comida de conservas.
Colgadas fuera de la ventana están puestas a secar
sus combinaciones acariciadas por los postreros rayos del sol,
sobre el diván (que por la noche le sirve de cama)
hay apilados medias, zapatillas, camisas y sostenes.
Yo, Tiresias, un viejo de tetas arrugadas
vi la escena, y predije el resto —
yo también esperaba al huésped previsto.
Él, un joven carbuncular, llega,
es un empleadillo cualquiera, de mirada atrevida,
uno de esos sujetos cuyo empaque le sienta
como una chistera sobre un millionario de Bradford.
El momento es propicio, como él esperaba,
La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,
él trata de excitarla con caricias
que aun cuando son irreprochables, no son deseadas.
Sonrojado y decidido, él empieza el asalto;
sus manos exploradoras no encuentran resistencia;
su vanidad no necesita respuesta,
y hasta acoge bien su indiferencia.
(Y yo, Tiresias, preví, sufriendo,
todo lo que ocurrió en este mismo diván o cama;
yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas
y anduve por el infierno de los muertos.)
Él le otorga un final beso protector,
y baja a tientas por la oscura escalera...

Ella se vuelve y se mira un momento en el espejo,
sin advertir que su amante ya no está;
su cerebro formula un vago pensamiento:
«Bueno, el asunto terminó ya, y me alegro que así sea».
Cuando una mujer adorable comete tales locuras
y luego vuelve a pasearse sola por su cuarto,
se alisa el pelo con mano automática
y pone un disco en el gramófono.
«Esta música se deslizó junto a mí sobre las olas»
y a lo largo del Strand, calle Reina Victoria arriba
oh Ciudad Ciudad, a veces puedo escuchar
cerca de un bar de la calle Lower Thames,
el agradable lamento de una mandolina
y la bulla y la charla que sale del interior
donde los vendedores de pescado huelgan al mediodía:
donde los muros
de Magnus Mártir conservan
un inefable esplendor de jónica blancura y oro.


El río suda
aceite y brea
las barcazas derivan
con la cambiante marea
velas rojas
anchas
a sotavento, oscilan en los mástiles
las barcazas hunden
leños flotantes
al sur de Greenwich
más allá de la Isla de los Perros
Weialala leia
Wallala leialala

Elizabeth y Leicester
remando
la proa era
un casco dorado
rojo y oro
rizó ambas orillas
el viento del sudoeste
cargó agua abajo
el son de las campanas
torres blancas
Weialala leia
Wallala leialala.

«Tranvías y polvorientos árboles.
Highbury me hizo. Richmond y Kew
me deshicieron. Cerca de Richmond levanté las rodillas
acostada en el fondo de una angosta canoa.»

«Mis pies están en Moorgate y mi corazón
bajo mis pies. Después de lo ocurrido
él lloró. Me prometió "empezar de nuevo"
No contesté nada. ¿Para qué guardarle rencor?»

«En la playa de Margate
no puedo relacionar
nada con nada.
Las uñas rotas de manos sucias.
Mi gente, humilde gente que no espera
nada.»
la la.

Y entonces me marché a Cartago

Quemando quemando quemando quemando

Oh, Señor, Tú me arrancas
Oh, Señor, Tú arrancas
quemando.

IV. MUERTE POR AGUA

FLEBAS, el Fenicio, que murió hace quince días,
olvidó el chillido de las gaviotas y el hondo mar henchido
y las ganancias y las pérdidas.
Una corriente submarina
recogió sus huesos susurrando. Cayendo y levantándose
remontó hasta los días de su juventud
y entró en el remolino.
Pagano o judío
oh, tú, que das vuelta al timón y miras a barlovento,
piensa en Flebas, que otrora fue bello y tan alto como tú.

V. LO QUE DIJO EL TRUENO

Después de la roja luz de las antorchas sobre rostros sudorosos,
después del gélido silencio en los jardines
después de la agonía en lugares pétreos
y el griterío y el lloro
y prisión y palacio y reverberación
de trueno primaveral sobre lejanos montes
aquel que estaba vivo ahora está muerto
nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo
con un poco de paciencia.

Aquí no hay agua, sólo roca,
roca y no agua, el camino arenoso
el camino serpentea entre las montañas
que son montañas rocosas sin agua
si hubiese agua nos detendríamos a beber
entre las rocas uno no puede detenerse y pensar
el sudor es seco y los pies se hunden en la arena
si por lo menos hubiera agua entre las rocas
muerta montaña boca de dientes cariados que no puede escupir
aquí no puede uno ni pararse ni acostarse ni sentarse
ni siquiera hay silencio en las montañas
sino el seco trueno estéril sin lluvia
ni siquiera hay soledad en las montañas
sino adustos rostros rojos que escarnecen y rezongan
en los umbrales de casas de fango hendido.
    Si hubiese agua

y no rocas
si hubiese rocas
y también agua
y agua
un manantial
una hoya entre las rocas
si sólo se oyera rumor de agua
no la cigarra
ni la hierba seca cantando
sino rumor de agua sobre una roca
allí donde el zorzal canta entre los pinos
drip drop drip drop drop drop drop
pero no hay agua

¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?
cuando cuento, sólo somos dos, tú y yo, juntos
pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino
siempre hay otro que marcha a tu lado
deslizándose envuelto en una capa parda, encapuchado
no sé si es un hombre o una mujer
— ¿pero quién es ése que va a tu lado?

Qué sonido es ése que se oye en la altura
murmullo de lamento maternal
qué hordas encapuchadas son ésas que hormiguean
Por las llanuras infinitas, tropezando en las grietas
de una tierra limitada por el raso horizonte
qué ciudad es ésa sobre las montañas
chasquidos y reformas y llamas en el aire violeta
torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
Viena Londres
irreales.

Una mujer se soltó la larga cabellera negra
y suscitó una susurrante música con esas cuerdas
y murciélagos de rostros infantiles silbaban
en la luz violeta, y batían sus alas
y con cabeza hacia abajo se deslizaron por el negro muro
y de volteadas torres en el aire
caía un redoblar de campanas reminiscentes, que daban la hora
y se oían cantos dentro de cisternas vacías y agotados pozos.

En esta arruinada cavidad en medio de las montañas
bajo la mortecina claridad de la luna la hierba canta
sobre las desplomadas tumbas alrededor de la capilla
allí esta la desierta capilla donde sólo habita el viento.
; ; No tiene ventanas y la puerta se balancea,
los huesos secos a nadie pueden dañar.
Sólo un gallo se alzaba en la cumbrera
co co rico co co rico
a la claridad de un relámpago.
Luego vino una racha húmeda
trayendo lluvia.

Ganga estaba hundido y las hojas frágiles
esperaban la lluvia, mientras las negras nubes
se amontonaban a lo lejos, sobre el Himavant.
La selva se agachó, se encorvó en silencio.
Entonces habló el trueno
DA
Datta: ¿qué hemos dado?

Amigo mío, la sangre que sacude mi corazón
la espantosa audacia de un momento de debilidad
que un siglo de prudencia no puede borrar
por eso y eso sólo es por lo que hemos existido
y ello no se hallará registrado en nuestros obituarios
ni en los recuerdos que cubre la benéfica araña
ni bajo los sellos que rompe el flaco notario
en nuestros vacíos aposentos
DA
Dayadhwam: he oído la llave
voltear en la cerradura una vez y sólo una vez
pensamos en la llave, cada cual en su prisión
pensando en la llave, cada cual confirma una prisión
pero al anochecer, etéreos rumores
reaniman por un momento a un Coriolano roto
DA
Damyata: el barco obedeció
alegremente a la mano hábil para la vela y el remo
el mar estaba tranquilo, tu corazón podía haber respondido
alegremente a la invitación, palpitando obediente
a las diestras manos.

    Me senté en la orilla
a pescar, con la árida llanura a mi espalda
¿Pondré por lo menos orden en mis tierras?

El Puente de Londres está cayendo cayendo cayendo

Poi s'ascose nel foco che gli affina
Quando fiam uti chelidon —Oh, golondrina, golondrina
Le Prince d'Aquitaine à la tour abolie
Estos fragmentos han sostenido mis ruinas
Why then Ile fit you. Hieronymo's mad againe.
Datta. Dayadhwam. Damyata.
Shantih shantih shantih.