lunes, 28 de junio de 2010


2. CIVILIZACIÓN GRIEGA Y HORROR*

El mundo griego estaba obsesionado por muchos tipos de fealdad y de perversidad. No hace falta remitirse a la oposición entre lo apolíneo y dionisíaco: aunque en los cortejos de Baco aparecen silenos ebrios y comicamente repugnantes, precisamente en el Banquete se elogia como una buena proeza la resistencia de Sócrates en las más generosas libaciones. Se mantine a lo sumo una sombra de ambigüedad acerca del papel de la música, que estimula pasiones; pero toda la estética pitagórica convierte la música en el elemento en el que se cumplen las leyes ideales, las reglas matemáticas de la proporción y de la armonía.
Quedan, no obstante, en la cultura griega zonas subterráneas donde se practican los Misterios, y los héroes (como Ulises y Eneas) se aventuran en las brumas tristes del Hades, cuyos horrores ya nos cuenta Hesíodo. La mitología clásica es un catálogo de crueldades inenarrables: Saturno devora a sus hijos; Medea mata a los suyos para vengarse del marido infiel: Tántalo cuece a su hijo Pélope y se lo ofrece en un banquete a los dioses para probar su perspicacia; Agamenón no duda en sacrificar a su hija Ifigenia para aplacar la ira de los dioses; Atreo ofrece la carne de sus hijos a su hermano Tiestes; Egisto mata a Agamenón para quitarle la esposa, Clitemnestra, a la que luego matará su hijo Orestes; Edipo, aunque sin saberlo, comete parricidio e incesto... Es un mundo dominado por el mal, donde seres sumamente bellos cometen acciones "feamente" atroces.
En este universo vagan seres espantosos, repugnantes porque son híbridos que violan las leyes de las formas naturales: véanse en Homero las Sirenas, que no eran mujeres fascinantes con cola de pez, como las representó la tradición posterior, sino pajarracos rapaces, Escila y Caribdis, Polifemo, la Quimera; en Virgilio, Cerbero y las Harpías; y además las Gorgonas (con la cabeza erizada de serpientes y colmillos de jabalí), la Esfinge, de rostro humano en un cuerpo de león, las Erinias, los Centauros, malvados a causa de su ambigüedad, el Minotauro, con cabeza de toro en un cuerpo humano, las Medusas... Si bien la posteridad se ha deleitado en la era de la kalokagathía, también se ha inspirado en estas manifestaciones de lo horrendo, desde Dante hasta nuestros días.
Incluso el mundo cristiano (que, como veremos en el próximo capítulo, elaboró su propia idea trementa de la fealdad), en páginas como las de Clemente de Alenjandría o Isidoro de Sevilla, utilizó como pretexto las monstruiosidades descritas por los antiguos para demostrar la falsedad de la mitología pagana.

SIRENAS
Homero (Siglo IX a.C.)
Odisea, XII, 40-62
En primer lugar llegarás junto a las
Sirenas, las que hechizan a todos los
humanos que se aproximan a ellas.
Cualquiera que en su ignorancia se les
acerca y escucha la voz de las Sirenas, a
ese no le abrazarán de nuevo su mujer
ni sus hijos contentos en su regreso a
casa. Allí las Sirenas lo hechizan con su
canto fascinante, situadas en una pradera.
En torno a ellas amarillea un enorme
montón de huesos y renegridos pellejos
humanos putrefactos. ¡Así que pasa de
largo! En las orehas de tus compañeros
pon tapones de cera melosa, para que
ninguno de ellos las oiga. Respecto a ti
mismo, si deseas escucharlas, que te
sujeten a bordo de tu rápida nave de
pies y de manos, atándote fuerte al
mástil, y que dejen bien tensas las
amarras de este, para que puedas oír
para tu placer la vos de las dos Sirenas.
Y si te pones a suplicar y ordenar a tus
compañeros que te suelte, que ellos
te asegure entonces con más ligaduras.
Después, cuando ya tus compañeros
las haya pasado de largo, no voy a
explicarte de modo puntual cuál será
tu camino, porque debes decidirlo tú
mismo en tú ánimo.
Pero te mencionaré las dos alternativas.
Por un lado hay unas rocas escarpadas,
oleaje de Anfitrite de azules pupilas.
Son las que llaman Rocas Errantes los
dioses felices.

LAS ARPÍAS
Virgilio (Siglo I a.C.)
Eneida, III, 354-358, 361-368
Es griego este nombre de Estrófades,
y ellas son islas que están en el gran
jónico, que habitan la cruel Celeno y
otras Harpías [...] No hay monstruo
que ellas más triste, ni hay peste más
dura que ellas; y por ellas la ira de
los dioses surgió de las aguas estigias.
Volátiles son y tienen cara de dondellas;
es insufrible la hediondez de su vientre;
son garfios sus manos, y el rostro llevan
siempre vestido con la palidez del
hambre.

ESCILA Y CARIBDIS
Homero (Siglo IX a.C.)
Odisea, XII, 85-93
Allí habita Escila que lanza atronadores
aullidos. Su voz, en efecto, es como la
de un joven cachorro, pero ella es un
monstruo espantoso. Nadie se alegraría
de verla, ni siquiera un dios que se
topara con ella. Tiene doce patas, todas
deformes y seis cuellos larguísimos,
y sobre cada uno de ellos una cabeza
horrible, y en ellas tres filas de dientes
agudos y apretados, repletos de negra
muerte.

POLIFEMO
Homero (Siglo IX a.C.)
Odisea, IX, 187-190, 288-298, 372-376,
378-384, 388-391
Allí pernoctaba un individuo monstruoso
que llevaba a pacer sus ganados en
solitario y aparte. No se trataba con
otros y carecía de normas (...) Echó
sus manos sobre mis compañeros, y
agarrando a dos, como a dos cachorros
se puso a machacarlos contra el suelo.
El cerebro de ellos se desparramó y
mojaba la tierra. Los descuartizó miembro
por miembro y se preparó la cena.
Devoraba como un león criado en las
selvas, sin dejar nada, las vísceras,
las carnes y los huesos con el tuétano.
Nosotros llorábamos y alzábamos las
manos a Zeus, mientras contemplábamos
tan atroces actos. La desesperación
dominaba nuestro ánimo.
Luego que el cíclope se hubo llenado
su gran tripa comiendo carne humana
y bebiendo ecima leche pura, acostose
en medio de la gruta tumbándose entre
el rebaño. (...) Dijo, y tumbándose
cayó boca arriba, y al momento quedose
tendido, torciendo su grueso cuello.
El sueño, que todo vence, lo dominaba.
De su gaznate regurgitaba vino y trozos
de carne humana. Eructaba ahíto de vino.

CERBERO
Virgilio (Siglo I a.C.)
Eneida, VI, 612.629
Asorda estos reinos con su ladrido
trifauce el gran Cervero, tendido y
monstruoso de parte a parte de su cueva.
A quien la profetisa, viendo que ya se
eriza su cuello envedijado de culebras,
le echa la torta narcotizada de miel y
semillas medicinales. Él la toma al vuelo,
abriendo las tres gargantas, que el
hambre exaspera y, dejándose caer
por el suelo, relaja sus desdemidos
miembros y se extiende monstruoso
llenando su toda su cueva. Sepultado en
sueño el guardián, ocupa Eneas la
entrada y pasa presto a la ribera de
la onda que no tiene retorno.

LOS INFIERNOS
Hesíodo (Siglo VII a.C.)
Teogonía, 736-773
Allí de la tierra sombría, del tenebroso
Tártaro, del ponto estéril y del cielo estrellado
están alineados los manantiales y términos
hórridos y pútridos de todos, y hasta los
dioses los maldicen. Enorme abismo: no
se alcanzaría su fondo ni en todo un año
completo, si antes fuera posible franquear
sus puertas; sino que por aquí y por allá te
arrastraría huracán ante huracán terrible (...)
También se encuentran allí las terribles
mansiones de la oscura Noche cubiertas
de negruzcos nubarrones. Delante de ellas, el
hijo de Japeto sostiene el ancho cielo,
apoyándolo en su cabeza e infatigables
brazos, sólidamente, allí donde la Noche y la
Luz del día se acercan más y se saludan entre
ellas pasando alternativamente el gran
vestíbulo de bronce. Cuando una va a entrar,
ya la otra está yendo hacia la puerta, y nunca
el palacio acoge entre sus muros a ambas
sino que siempre una de ellas fuera del
palacio da vueltas por la tierra y la otra espera
en la morada hasta que llegue el momento
de su viaje. Una ofrece a los seres de la tierra
su luz penetrante; la otra les lleva en sus
brazos el Sueño hermano de la Muerte, la
funesta Noche, envuelta en densa niebla.
Allí tienen su casa los hijos de la oscura
Noche, Hipnos y Tánato, terribles dioses;
nunca el radiante Helios les alumbra con
sus rayos al subir al cielo ni al bajar del
cielo. Uno de ellos recorre tranqulamente
la tierra y los anchos lomos del mar y es
dulce para los hombres; el otro, en cambio,
tiene de hierro el corazón y un alma
implacable de bronce alberga en su pecho.
Retiene al hombre que coge antes, y es
odioso icluso para los inmortales dioses.
Allí delante se encuentran las resonantes
mansiones del dios subterráneo [del
poderoso Hades y la temible Perséfone]

QUIMERA
Homero (Siglo IX a.C.)
Ilíada, VI, 222-226
Había esta nacido de los dioses, no de los
hombres, y por delante parecía un león,
un dragón por detrás y una cabra en el
tronco. Y aunque su aliento era de
violentas llamas, Belerofonte la mató
confiado en los prodigios de los dioses.

FEALDAD DE LAS DIVINIDADES PAGANAS
Clemente de Alejandría (150-215)
Protréptico, 61
¡Ved cuáles son las enseñanzas de los
vuestros, de los que se prostituyen junto
con vosotros! (...) ¿Y cuáles son además
vuestras otras imágenes? ¡Ciertas estatuillas
de Pan, ciertas figuritas femeninas desnudas
sátiros borrachos y falos hinchados,
pintados sin pudor alguno y que están
avergonzados de su propia incontinencia!
En cambio vosotros, cuando veis las
formas de todo tipo de desenfreno
pintadas abiertamente y en público, no
las conserváis, las colgáis de lo alto, igual
que hacéis con las imágenes de vuestros
dioses, y en vuestras casa veneráis como
sagradas las que son en cambio estelas
de impudicia, y os da igual que os
representen las obscenas posturas de
Filénide y los trabajos de Hércules.


*Historia de la fealdad Umberto Eco

sábado, 29 de mayo de 2010

JOSÉ B. ADOLPH



¿Y SI NO MUEREN?

Finalmente tuvieron que clausurar el restaurante. Pienso ahora que, a falta de explicaciones, se envolvieron en la certeza de que ciertas cosas es mejor dejarlas morir.

Los mayores de sesenta años recuerdan el escándalo; otros habrán escuchado los rumores que persisten en ciertos barrios y familias. Y una que otra vez, un viejo memorioso publica algún artículo sobre los horrores del restaurante Wotans o algo por ese estilo.

Para los lectores más jóvenes, de medio siglo para abajo, la historia del Wotans alterna entre la leyenda y la literatura gótica. ¿Por qué resucitarla ahora? Tengo mis motivos, en éste mi septuagésimo cumpleaños.

En 1946, año de la inauguración del Wotans en el Jirón de la Unión, casi esquina con La Merced, yo tenía 18 años. Hijo de una familia de clase media alta, era moderadamente rebelde antes de acomodarme a la realidad del mundo de la banca.

Pero todo eso no interesa a nadie. Lo que reanudo aquí es una muy antigua discusión: ¿qué ocurrió realmente en el Wotans, ese restaurante a todo dar, adorno del todavía vistoso centro de Lima, inaugurado con asistencia del Alcalde de Lima, del Cardenal (quien, por cierto, fue víctima de una súbita indisposición cuando terminaba de bendecir el local y tuvo que retirarse muy pálido) y hasta del señor Presidente de la República? O, mejor: ¿qué hubo en ese restaurante durante unas semanas de locura?

Recuerdo las fotos en El Comercio, tomadas al inicio del acto inaugural: el presidente, delgado y bigotudo, con sus anteojitos redondos; el cardenal, gordo y opulento en esa foto en blanco y negro; el alcalde tratando de robar cámara, como siempre. Con ellos, el propietario, monsieur le Comte de Verdun, Charles para sus amigos de la high life, quien presumía de su título, auténtico o fraguado. Los limeños siempre fueron muy crédulos frente a los extranjeros, con tal de que fueran blancos y elegantes. El conde de Verdun, nombre sorprendente si recordamos que Verdun fue el escenario de la más famosa, mortífera e inútil batalla de la primera guerra mundial, era un hombre reservado, alto, muy delgado, de ojos penetrantes bajo cejas delgadas y ojeras que sugerían vicios tan obscenos como fascinantes. Su palidez más bien amarillenta delataba al noctámbulo por afición o enfermedad. Una batería de mozos algo amanerados lo secundaba, y en la cocina, objetivo de más de un reportaje kitsch, reinaba una dama de origen alemán o quizás austríaco, gorda y solemne (algo raro en un cocinero) que sólo respondía al nombre de Frau Schwarz. Presionada, reveló que su nombre de pila era el germanísimo Grete.

Tras esa inaugural noche de gala, Wotans se convirtió en el lugar in de Lima, como era de esperar. Y fue en el sábado tras la inauguración que se produjo el primero de los incidentes.

Serían las nueve y media de la noche, poco más o menos. Yo cenaba con mis padres en una mesita arrinconada, como corresponde a una familia sin título nobiliario. Brillaban los candelabros sobre mozos que se movían discretamente entre las mesas. Voces, risas, tintineo de copas y cubiertos. No presté atención a un señor mayor que se dirigía a los servicios higiénicos, pero quedé paralizado como todos al escuchar un grito, no, un alarido proveniente de los servicios. El conde, flanqueado por dos mozos, desapareció en el pasillo que llevaba allí y volvió tras un par de minutos entre cargando y arrastrando a ese señor mayor. El conde sostenía los pantalones del comensal, que balbuceaba incoherencias y estaba en evidente shock. Nos espantó ver cómo una mancha de sangre se extendía por la parte delantera del pantalón precariamente sostenido y que el conde también llevaba las manos enrojecidas. Alguien llamó a una ambulancia que se llevó a la víctima acompañada de una esposa cercana a la histeria.

El conde, con las manos ya lavadas, nos dijo unas palabras con un acento francés que en otras circunstancias hubiese resultado elegante. Habló de an accidánt, que no es nada gravé, que el señor González de la Matta estaba tres bien, etc. No estuvo claro esa noche qué había ocurrido, pero los rumores eran bastante intranquilizadores: luego se supo que eran ciertos.

Cuatro días después, según los diarios —yo no estaba allí—, el suceso se repitió, y entonces sí se informó (la víctima, una mujer, sólo era la cajera del restaurante) que, sentada en el wc, algo le había destrozado los genitales. Ella, tan en shock como la anterior víctima, no podía dar detalles. Aun después de repuestos, ambas víctimas y las seis que sufrieron la misma agresión, sólo pudieron decir que sintieron algo que venía de abajo, del desagüe, luego un dolor insoportable y finalmente la oscuridad.

Cuando cerraron el restaurant, ya no iba casi nadie a comer allí. La perplejidad de todos era apenas mayor que su terror. El conde de Verdun, al parecer inconsolable, desapareció con Frau Schwarz y el caso se unió a otros irresueltos en los archivos policiales y periodísticos. Aún años después, la gente se persignaba o apartaba la vista al pasar por el local cerrado y oscuro que nadie quiso alquilar pese a que la propietaria, una compañía de seguros, hizo demoler los servicios higiénicos e investigar las cañerías hasta varios metros.

Ha pasado más de medio siglo, y ese horror dormido en mí y en los de mi generación parecía también condenado al mundo de las pesadillas incomprensibles.

Pero la náusea volvió a mí esta mañana, al leer un anuncio en la página de sociales de El Comercio. En él, se anunciaba un nuevo restaurant de lujo en el jirón San Martín de Miraflores, a pocos metros de la avenida Larco, el "Odín". Lo recomendaban sus propietarios o administradores, el Marqués de Ardennes y Frau Trude Weiss. Añadían: English spoken, On parle franVais, Man spricht Deutsch.

Afortunadamente vivo en una silla de ruedas. Nada me obliga ni al coraje ni a la curiosidad.

domingo, 23 de mayo de 2010

Vicente Huidobro - POEMAS


EL ESPEJO DE AGUA

Mi espejo, corriente por las noches,
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.

Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron.

Es un estanque verde en la muralla
Y en medio duerme tu desnudez anclada.

Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,
Mis ensueños se alejan como barcos.

De pie en la popa siempre me veréis cantando.
Una rosa secreta se hincha en mi pecho
Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo


FRAGMENTOS ALTAZOR, CANTO I

Todo se acabó
El mar antropófago golpea la puerta de las rocas despiadadas
Los perros ladran a las horas que se mueren
Y el cielo escucha el paso de las estrellas que se alejan
Estás solo
Y vas a la muerte derecho como un iceberg que se desprende del polo
Cae la noche buscando su corazón en el océano
La mirada se agranda como los torrentes
Y en tanto que las olas se dan vuelta
La luna niño de luz se escapa de alta mar
Mira este cielo lleno
Más rico que los arroyos de las minas
Cielo lleno de estrellas que esperan el bautismo
Todas esas estrellas salpicaduras de un astro de piedra lanzado en las aguas eternas
No saben lo que quieren ni si hay redes ocultas más allá
Ni qué mano lleva las riendas
Ni qué pecho sopla el viento sobre ellas
Ni saben si no hay mano y no hay pecho
Las montañas de pesca
Tienen la altura de mis deseos
Y yo arrojo fuera de la noche mis últimas angustias
Que los pájaros cantando dispersan por el mundo.

Reparad el motor del alba
En tanto me siento al borde de mis ojos
Para asistir a la entrada de las imágenes

Soy yo Altazor
Altazor
Encerrado en la jaula de su destino
En vano me aferro a los barrotes de la evasión posible
Una flor cierra el camino
Y se levantan como la estatua de las llamas
La evasión imposible
Más débil marcho con mis ansias
Que un ejército sin luz en medio de emboscadas

Abrí los ojos en el siglo
En que moría el cristianismo
Retorcido en su cruz agonizante
Ya va a dar el último suspiro
¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?
Pondremos un alba o un crepúsculo
¿Y hay que poner algo acaso?
La corona de espinas
Chorreando sus últimas estrellas se marchita
Morirá el cristianismo que no ha resuelto ningún problema
Que sólo ha enseñado plegarias muertas
Muere después de dos mil años de existencia
Un cañoneo enorme pone punto final a la era cristiana
El Cristo quiere morir acompañado de millones de almas
Hundirse con sus templos
Y atravesar la muerte con un cortejo inmenso
Mil aeroplanos saludan la nueva era
Ellos son los oráculos y las banderas

...

¿Por qué soy prisionero de esta trágica busca?
¿Qué es lo que me llama y se esconde
Me sigue me grita por mi nombre
Y cuando vuelvo el rostro alargo las manos de los ojos
Me echa encima una niebla tenaz como la noche de los astros ya muertos?
Sufro me revuelco en la angustia
Sufro desde que era nebulosa
Y traigo desde entonces este dolor primordial en las células
Este peso en las alas
Esta piedra en el canto
Dolor de ser isla
Angustia subterránea
Angustia cósmica
Poliforme angustia anterior a mi vida
Y que la sigue como una marcha militar
Y que irá más allá
Hasta el otro lado de la periferia universal
Consciente
Inconsciente
Deforme
Sonora

Sonora como el fuego
El fuego que me quema el carbón interno y el alcohol
de los ojos
Soy una orquesta trágica
Un concepto trágico
Soy trágico como los versos que punzan en las sienes y no pueden salir

Arquitectura fúnebre
Matemática fatal y sin esperanza alguna
Capas superpuestas de dolor misterioso
Capas superpuestas de ansias mortales
Subsuelos de intuiciones fabulosas

Siglos siglos que vienen gimiendo en mis venas
Siglos que se balancean en mi canto
Que agonizan en mi voz
Porque mi voz es sólo canto y sólo puede salir en canto
La cuna de mi lengua se meció en el vacío

Anterior a los tiempos
Y guardará eternamente el ritmo primero
El ritmo que hace nacer los mundos
Soy la voz del hombre que resuena en los cielos
Que reniega y maldice
Y pide cuentas de por qué y para qué
Soy todo el hombre
El hombre herido por quién sabe quién
Por una flecha perdida del caos
Humano terreno desmesurado
Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo
Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada
Soy bárbaro tal vez
Desmesurado enfermo
Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados
No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas
Soy el ángel salvaje que cayó una mañana
En vuestras plantaciones de preceptos
Poeta
Anti poeta
Culto
Anticulto
Animal metafísico cargado de congojas
Animal espontáneo directo sangrando sus problemas
Solitario como una paradoja
Paradoja fatal
Flor de contradicciones bailando un fox-trot
Sobre el sepulcro de Dios
Sobre el bien y el mal
Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra
Soy un temblor de tierra
Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo

Crujen las ruedas de la tierra
Y voy andando a caballo en mi muerte
Voy pegado a mi muerte como un pájaro al cielo
Como una fecha en el árbol que crece
Como el nombre en la carta que envío
Voy pegado a mi muerte
Voy por la vida pegado a mi muerte
Apoyado en el bastón de mi esqueleto

El sol nace en mi ojo derecho y se pone en mi ojo izquierdo
En mi infancia una infancia ardiente como un
alcohol
Me sentaba en los caminos de la noche
A escuchar la elocuencia de las estrellas
Y la oratoria del árbol
Ahora la indiferencia nieva en la tarde de mi alma
Rómpanse en espigas las estrellas
Pártase la luna en mil espejos
Vuelva el árbol al nido de su almendra
Sólo quiero saber por qué
Por qué
Por qué
Soy protesta y araño el infinito con mis garras

Y grito y gimo con miserables gritos oceánicos
El eco de mi voz hace tronar el caos

Soy desmesurado cósmico
Las piedras las plantas las montañas
Me saludan Las abejas las ratas
Los leones y las águilas
Los astros los crepúsculos las albas
Los ríos y las selvas me preguntan
¿Qué tal cómo está Ud.?
Y mientras los astros y las olas tengan algo que decir
Será por mi boca que hablarán a los hombres

Que Dios sea Dios
O Satán sea Dios
O ambos sean miedo nocturna ignorancia
Lo mismo da
Que sea la Vía Láctea
O una procesión que asciende en pos de la verdad
Hoy me es igual
Traedme una hora que vivir
Traedme un amor pescado por la oreja
Y echadlo aquí a morir ante mis ojos
Que yo caiga por el mundo a toda máquina
Que yo corra por el universo a toda estrella
Que me hunda o me eleve
Lanzado sin piedad entre planetas y catástrofes
Señor Dios si tú existes es a mí a quien lo debes
Matad la horrible duda

Y la espantosa lucidez
Hombre con los ojos abiertos en la noche
Hasta el fin de los siglos

viernes, 30 de abril de 2010

JUAN RODOLFO WILCOCK - CUENTOS


LA ATLÁNTIDA

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".

Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".

ILIO COLLIO

El asistente social Ilio Collio se encuentra enormemente impedido en el ejercicio de sus funciones de asistente social porque de las tetillas le sale una especie de aceite espeso, como de máquina, que normalmente le corre hasta los pies, y eso lo vuelve muy escurridizo, además de ser una fuente inagotable de manchas grasientas de las más desagradables e incluso peligrosas, ya que pueden prenderse fuego con relativa facilidad. Su cuerpo es tan resbaladizo que ya casi no puede caminar y cada vez que levanta un pie termina tendido a lo largo del pavimento, y así, boca abajo, se esfuerza por desplazarse aunque sólo sea con las manos, pero todo a lo que se aferra se le resbala, y a duras penas consigue arrastrarse con los codos algunos metros más. Su trabajo es resolver los problemas tanto de los individuos como de las familias, dar consejos, ofrecer consuelo, explicar, remediar, alentar; pero ¿cómo se hace para ofrecer consuelo, etcétera, en esas condiciones de deslizamiento permanente? Ha intentado caminar con gruesas botas de goma, pero es lo mismo, el aceite de las tetillas rebasa de las botas y volvemos al punto de partida; también ha probado, inútilmente, un tipo de corpiño impermeable para adolescentes. A pesar de ello debe -es su obligación- ayudar al prójimo. Apenas se cierra la puerta de un departamento, entre sus paredes comienzan a fermentar los problemas personales como una horda de perros y de gatos encerrados juntos; desde la calle se oyen los gritos, los llamados desesperados, los alaridos de las víctimas indefensas aplastadas por la aplanadora de una vida demasiado compleja para sus modestos intelectos. Y en el vestíbulo de la planta baja, Ilio Collio, reclamado desde lejos por sus virtudes asistenciales, tendido en el piso en medio del charco de aceite de sus inagotables tetillas, busca en vano abrirse paso con ligeras contracciones del abdomen, como hacen los gusanos: “¡Ya voy, ya voy!” se lo oye gritar, y cuando por fin llega a la escalera, resbala en los primeros peldaños y cae de nuevo hacia atrás; ya ensució todo el vestíbulo sin haber ayudado a nadie. Pobre Ilio Collio, se ha impuesto una tarea imposible.

viernes, 9 de abril de 2010

Thomas Mann - LA MUERTE


10 de septiembre
Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo...

El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo...

12 de septiembre

He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño.

Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas.

Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar.

15 de septiembre

Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor Conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda.

¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre...

18 de septiembre

Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable.

Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besó a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico!

21 de septiembre

He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo.

La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente.

¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...?

23 de septiembre

Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida.

¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce octubre.

27 de septiembre

El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo.

-Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, ¡je, je!

Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor.

30 de septiembre

-¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460.

No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte!

2 de octubre

Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco.

Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió?

Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar?

¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas...

3 de octubre

Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos.

¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea...

¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre...

5 de octubre

Pienso continuamente en ello, y me ocupa completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.

Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte.

7 de octubre

El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra.

Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies.

Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido?

8 de octubre

He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo?

Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad.

9 de octubre

Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor.

Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío.

10 de octubre

¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.

"¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción.

11 de octubre (a las 11 de la noche)

¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo!

Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba.

-¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida!

Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus.

-Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo!

Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas!

¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir:

-Es mejor que acabemos pronto...