jueves, 5 de abril de 2012

Carlos Mondaca - Poesía




EL RELOJ

Corazón del tiempo. Víctima que cuenta
sus penas, y tiene la voz de una gota,
monótana y fría, monótona y lenta:
vida que fluyera de una arteria rota...

Corazón-misterio. Como el alma nuestra.
Como nuestra vida. Corazón-misterio...
Pupila insondable, pálida y siniestra.
Claror de luna sobre un cementerio...

Corazón-misterio. Golpea, resuena
sordamente, como la caja postrera
con la mano trémula, como la cadena
de un desesperado que se enloqueciera...

Latido, sollozo, queja de la hora.
Rabia de la ola que se yergue y muere.
Lamento de un río que la mar devora.
Puñal implacable que en el alma hiera.

Pájaro fatídico de rígidas alas.
Fantasma de brazos grotescos e inertes.
Sombría sibila que muda señala
todos los caminos que van a la muerte.


LOS RECUERDOS

Son aves que se alejan en un vuelo
sin vuelta, los recuerdos... Y un momento,
queda en el corazón, como un lamento,
su aleteo de seda por el cielo.

Cuando tiende la noche el primer velo,
un recuerdo se va, pálido y lento...
-Hay aroma de flores en el viento.-
Y lo vemos partir sin desconsuelo.

Alguna vez se piensa en los ausentes:
y una vaga inquietud llora su queja,
y hay un leve temblor sobre la fuente.

Y apagado el temblor nada se siente:
pero en cada recuerdo que se aleja
vamos agonizando lentamente.


LAS CANTINAS

Me causan las cantinas una extraña impresión.
Pesan enormemente sobre mi corazón.

Yo no sé lo que siento. -Atracción; repugnancia.-
No lo sé; pero siento que se llena de un ansia
grande mi corazón.

-Yo vine a la cantina,
como han venido todos: porque una voz divina,
como una mar profunda, promete paz y olvido!

Yo tengo el alma triste porque me la han herido;
los ojos, dolorosos y oscuros, porque en ellos
se han reflejado todos los lívidos destellos
de la Ciudad.-Soy triste porque aquel viento amable,
que surgió del Oriente, me bañó en su incurable
tristeza, y desde entonces no supe amar la Vida!-

Y porque está la Vida despreciada y herida,
proque nosotros todos, los hijos de la tierra,
como hijos descastados, noa alzamos en guerra:
por eso la alegría se sumergió en su ocaso,
y en ansia la buscamos en el fondo del vaso!

Porque es nuestro verdugo mortal el pensamiento!
Porue tiene caricias de garra el sentimiento!
La vida está preñada de dolor: y por eso
nos hieren nuestras madres con su leche y su beso!
Llevamos el estigma de hielo en las arterias,
y en nuestra pobre carne se encarnan las miserias
de cien generaciones!

Por eso a la cantina
vamos buscando el fuego remoto en la divina
sangre de la vid; vamos buscando la energía
para ahogar la hidra de la melancolía!

Porque el hogar es triste, y en el hogar hay frío!
Porque anidó en las almas el reptil del hastío!
Y porque en la conquista del pan hemos vertido
lo mejor de nosotros: por eso hemos venido!...

Ya sé que en esos ojos, donde una llama brilla,
pondrá después su hielo de muerte la cuchilla;
pero sé que en la espuma que tiembla sobre el vaso
flota una augusta célula, y están en ella acaso
los gérmenes de un alma que brotará de un beso!

¿A qué venís a hablarme de crímenes y excesos?
¿A qué venís a hablarme de muertes y dolores,
si yo sé que, lo mismo que en la lluvia las flores,
en esa copa laten el héroe y el bandido?

¿A qué venís a hablarme de echarlas al olvido,
si son la nota blanca que alegra nuestro luto?
¿A qué venía a hablarme de echarlas al olvido,
si son la nota blanca que alegra nuestro luto?
¿A que atacáis el fruto,
si no arrancáis el árbol?

¡Haced la vida buena!

Y pueda ser que un día se rompa la cadena...
Se anunciará en oriente su claridad difusa;
será una luz muy blanca, blanca como una musa.
Y cuando al fin estalle con explosión de aurora,
y el sol germine nuevas vidas sobre el planeta,
ya no darán su sombra los árboles de ahora!

Y en el fondo del vaso lo contempló el poeta...


LA MUERTE DE D. QUIJOTE

A Enrique Álvarez A.

Se moría el heroico caballero;
le abrasaba la fiebre las entrañas:
volcán en que fundieran las montañas
la vida secular del ventisquero.

Rocinante soñaba con los viajes,
cuando al claror del sol o las estrellas,
fulguraba la gloria de sus huellas,
bajo la santidad de los ultrajes.

Y Rucio era feliz... Tranquilo y grave
bajo el inmenso dombo de los cielos,
pacía sin visiones, sin anhelos,
como el que todo ha visto y todo sabe...

Todos eran felices... Solamente
Don Quijote en su cruel melancolía,
más implacable cada vez sentía
la corona de angustia de su frente.

Y vió las grandes aspas del molino,
estremecidas en su alegre giro,
bajo un gran viento, como un gran suspiro,
por todas las crueldades del destino.

Sintió todo el dolor de las pedradas,
que lloviera sobre él el galeote,
el infame librado del garrote
con esfuerzos del alma y de la espada.

Y anegado en un piélago de pena,
comprendió que hasta Sancho lo engañaba,
que hasta esa alma sencilla era una esclava
de la humana maldad en la cadena.

Y entonces solamente brotó un largo
arroyo de sus ojos ya vidriosos,
un infinito llanto silencioso,
cuanto más silencioso más amargo.

Y al frío de la alcoba solitaria,
en el tedio infinito de sus horas,
ante la santa imagen seductora
arrodilló la mente visionaria.

Y en el silencio augusto de la noche,
vió sus dos ojos, como dos estrellas
y oyó la dulce voz de la doncella

con las melancolías del reproche.
Y fué un licor celeste su amargura,
y se olvidaron todos sus agravios;
y una santa sonrisa entre los labios,
entregó al Caballero su alma pura.

Pero no... Tú no has muerto, ¡oh Don Quijote!
Tú no puedes morir!... Es necesario
que otra vez ensagrientes tu calvario,
que otra vez te apedree el galeote.

Tú no puedes morir!... Ciñe tu espada,
cabalga el Rocinante de tu idea;
y otra vez a luchar por Dulcinea,
de cobardes y viles ultrajada.

Vuelve otra vez al mundo, ¡Caballero!
Llénanos con tu espíritu las almas,
y haz perecer las miserables calmas,
al homérico golpe de tu acero.

Dale a mi corazón tu santo ensueño,
tu infinita pasión, tu fe creadora,
tu sublime locura redentora...
¡Oh Don Quijote, venga a nos tu reino!


LA CIUDAD DE LA LUJURIA

Desde lejos la ví, como si ardiera
la Gran Ciudad en una inmensa hoguera.

Y oí tronar entre el incendio un canto,
que estremeció mi corazón de espanto,

que agudo y loco, en espantoso grito,
llenaba con sus ansias lo infinito;

y agonizaba el lúgubre alarido,
como el aullido de un león herido.

Atrajo la Ciudad mi tardo paso,
bajo el dolor sangriento del ocaso.

Entonces se abrasaron mis arterias
y me helaron los huesos sus miserias.

Y en el cielo, en la tierra, en toda cosa,
sentí la fiebre de una sed rabiosa;

Y una llama violenta en las entrañas
de las mujeres al amor extrañas.

Florecían sus senos como rosas,
de sutiles esencias venenosas,

E hinchábanse en estéril primavera,
como frutos maduros sus caderas.

El deseo en sus carnes opulentas,
como una garra de pantera hambrienta,

Yo las ví retorcerse como furias
bajo el beso mortal de la lujuria;

Y abrasadas de un vértigo implacable,
morir en un espasmo inacabable!...

Entrevista a Carl Jung Completa By Luis Vallester

lunes, 2 de abril de 2012

Jorge Luis Borges: Textos en su voz - El Gólem

Carlos Pezoa Véliz - Poemas




LA PENA DE AZOTES

Formado el batallón, rígido humilla
a1 pobre desertor aprehendido
que sobre el patio del cuartel tendido
siente el roce brutal de la varilla.

Sobre sus carnes ulceradas brilla
rojiza mancha. Escúchase un aullido.
Cada brazo en el aire da un chasquido
que las entradas del soldado trilla.

El sol que sale en el nevado quicio,
irónico sonríe ante el suplicio.. .
Y mientras que vertiendo vibraciones

la banda el patio de sollozos llena,
una estatua cubierta de galones
mira impasible la salvaje escena...


ENTIERRO DE CAMPO

Con un cadáver a cuestas,
camino del cementerio,
meditabundos avanzan
los pobres angarilleros.

Cuatro faroles descienden
por Marga-Marga hacia el pueblo,
cuatro luces melancólicas
que hacen llorar sus reflejos;
cuatro maderos de encina,
cuatro acompañantes viejos...

Una voz cansada implora
por la eterna paz del muerto;
ruidos errantes, siluetas
de árboles foscos, siniestros.
Allá lejos, en la sombra,
el aullar de los perros
y el efímero rezongo
de los nostálgicos ecos.

Sopla el puelche. Una voz dice:
-Viene, hermano, el aguacero.-
Otra voz murmura: -Hermanos,
roguemos por él, roguemos.

Calla en las faldas torturosas
el aullar de los perros;
inmenso, extraño, desciende
sobre la noche el silencio;
apresuran sus responsos
los pobres angarilleros
y repite alguno: -Hermano,
ya no tarda el aguacero;
son las cuatro, el alba viene,
roguemos por él, roguemos.

Y como empieza la lluvia,
doy mi adiós a aquel entierro,
pico espuela a mi caballo
y en la montaña me interno.

Y allá en la montaña obscura,
¿quién era?, llorando pienso:
¡Algún pobre diablo anónimo
que vino un día de lejos,
alguno que amó los campos,
que amó el sol, que amó el sendero
por donde se va la vida,
por donde él, pobre labriego,
halló una tarde el olvido,
enfermo, cansado, viejo!


VIDA DE PUERTO

A los que sueñan renombre y gloria
y hacen su almuerzo con un pequén,
¡pueda que suela causarles risa
esta romántica longaniza
digna del estro de Paul Verlaine!

Vida de Puerto, vida de esfuerzo,
vida que es digna de prosa y verso,
porque es alegre, porque es de acción;
vida que esparce dicha a destajo
con sus mujeres, con su trabajo,
con su comercio, su agitación.

Allá en la puerta de algún tugurio
dos graves viejas leen "El Mercurio"
con los anteojos en la nariz;
acá un muchacho que vende humas
y en una esquina dos bichicumas
que beben agua de sin anís.

Las conductoras de alegres trajes
timan los quintos de los pasajes
que les pagaron en la imperial;
y las fregonas de manos toscas
sirven las tazas con café y... moscas
en el Mercado del Cardonal.

Por la mañana sale "El Chileno":
Crimen, asalto, pic-nic ameno,
por una ficha, ¡gran sensación!
Los muchachuelos corren cual lauchas
y a las chapitas juegan las chauchas
que se ganaron el "La Unión".

Una muchacha muestra la bota...
Un paco pone cara de idiota
y hacia los ojos se echa el kepí.
Y un modernista que usa polainas
se desayuna con sus versainas
o con novelas de A. de Guery.

Acá un agente nos causa risa
porque en la Playa Ancha busca y pesquisa
al que hirió al cónsul de Ecuador.
Busca, averigua, con tono suave,
y al fin descubre... que nadie sabe
el paradero del malhechor.

Ya este bullicio nos dejó sordos...
Los comerciantes de abdomen gordo
salen  del Banco Tarapacá.
Ahoga el humo de los cigarros
y los jamelgos flacos de un carro
cruzan al trote la calle Prat.

Un marinero de buena facha
pasa el brazo de una muchacha
charlando viejos temas de amor;
y como nadie los mira, siguen,
se van al punto donde Rodríguez
a tomar algo para... el calor.

Entra el expreso como un venablo...
Salen como alma que lleva el diablo
los vendedores: "¡Carril, La Ley!",
gritan y sudan, ¡pobres muchachos!
y a las dos horas cambian los cachos
por una taza de motemei.

Los jornaleros de rostros pardos
bajan y suben enormes fardos
desde la popa de algún lanchón;
y si por algo pasa una caldúa
y algún sangüiche con salchichón.

Pasan los gringos acalorados,
los pantalones arremangados,
fumando un puro para el spleen,
y en un remate sale el servicio
que un elegante de poco juicio
trajo de a bordo del "San Martín".

Con sus enormes zapatos bayos
un gringo a un joven pisa los callos;
el joven vuelve, da un bofetón;
se insultan, gritan, el paco llega
y pone término a la refriega
diciendo: "Todos a la Sección".

Llegó al Victoria la Compañía...,
pero en las tandas la galería
dice: "No entiendo, no hay como aquí".
Se cantan cosas en italiani
y en tanto a un palco llega la Many,
gritan los chicos: "¡Rico maní!"

Sigue la orquesta con su barullo,
en el proscenio baila Saúllo,
los gringos hablan de un nuevo match,
y unas morenas en la cazuela,
bonitas como... dolor de muelas,
baten las palmas para Benach.

Los dandys que usan chaqué de cola,
cuando divisan a su polola,
guiñan un ojo con sal y sprit.
Y un francés cojo por la platea,
con una caja, mientras cojea,
dice despacio: "Marrons confit!"

En la English Company hay pelambres,
dicen que a bordo se pasan hambres:
almuerzo papas, cena frejol;
al otro día, papas con coles,
y vuelta y vuelta con los frejoles
y con las cenas de papa y col.

Una señora viuda y con plata
que nada tiene de timorata
sacó pasaje para París;
se la llevaron para la China,
donde se encuentra de mandarina,
mujer de un jutle de aquel país.

Un caballero que iba a la Italia,
por un equívoco llegó a Australia
con una carga de oro en barril.
Y un godo que iba para baruela,
toca que toca las castañuelas,
a los dos años llegó a Brasil.

Las empleadas de los correos
pagan las tandas por más que es feo
con estampillas de cinco y diez,
y al empresario le hacen astillas
cuando cancela con estampillas
en los primeros días del mes.

Unos poetas escriben prólogos,
otros más diablo traza un monólogo
para las tandas del Teatro Odeón,
y si los tiempos le son adversos,
paga la pieza con buenos versos
a la señora de la pensión.


EL PERRO VAGABUNDO

Flaco, lanudo y sucio. Con febriles
ansias roe y escarba la basura;
a pesar de sus años juveniles,
despide cierto olor a sepultura.

Cruza, siguiendo interminables viajes,
los paseos, las plazas y las ferias;
cruza como una sombra los parajes,
recitando un poema de miserias.

Es una larga historia de perezas,
días sin pan y noches sin guarida.
Hay aglomeraciones de tristezas
en sus ojos vidriosos y sin vida.

Y otra visión al pobre no se ofrece
que la que suelen ver sus ojos zarcos:
la estrella compasiva que aparece
en la luz miserable de los charcos.

Cuando a roer mendrugos corrompidos
asoma su miseria por las casas,
escapa con sus lúgubres aullidos
entre una doble fila de amenazas.

Allá va. Lleva encima algo de abyecto.
Lo persigue de insectos un enjambre,
y va su pobre y repugnante aspecto
cantando triste la canción del hambre.

Es frase de dolor. Es una queja
lanzada ha tiempo, pero ya perdida;
es un día de otoño que se aleja
entre la primavera de la vida.

Lleva en su mal la pesadez del plomo.
Nunca la caridad le fue propicia;
no ha sentido jamás sobre su lomo
la suave sensación de una caricia.

Mustio y cansado, sin saber su anhelo,
suele cortar el impensado viaje
y huir despavorido cuando al suelo
caen las hojas secas del ramaje.

Cerca de los lugares donde hay fiesta
suele roban un hueso a otros lebreles,
y gruñir sordamente una protesta
cuando pasa un bull-dog con cascabeles.

En las calles que cruza a paso lento,
buscan sus ojos sin fulgor ni brillo
el rastro de un mendigo macilento
a quien piensa servir de lazarillo.


PENSAMIENTOS

¡Cuán bellas son las lejanías! Miradlo todo a gran distancia, pues las cosas queman de cerca, aun en los mejores casos.

Condenamos la tiranía, pero a menudo profanamos la libertad cuando ésta descansa en nosotros.

Hay un fondo de egoísmo aun en las más grandes virtudes.

La palabra honradez debió ser inventada para los primeros ladrones, para señalar a los que podrían robar con impunidad. Lo prueba el antiguo refrán que dice: "En arca abierta hasta el más justo peca".

Si queréis derribar pronto al adversario, dadle el golpe infalible: la estocada al amor propio.

El criterio es esclavo de las circunstancias.

A la disciplina del galoneado militar, prefiero mi libertad de pobre vagabundo, porque es más sufrible el hambre del estómago qu ela espantosa sed del espíritu.

Cuando vemos en algunas personas un mérito que también tenemos, y observamos que el ajeno supera al nuestro, nos empeñamos en reconocerle otros y aun en elogiárselos.

No busquéis al consonante, porque éste se halla en la cumbre de la idea. Elevad el vuelo.

El hambre es el más poderoso lente de pesimismo. 

Sor Juana Inés de la Cruz - Poemas




ESTOS VERSOS LECTOR MÍO

Estos versos, lector mío,
que a tu deleite consagro,
y sólo tienen de buenos
conocer yo que son malos,
ni disputártelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgué que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te estás
en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que
el entendimiento humano;
pues lo que Dios no violenta,
por qué yo he de violentarlo?

Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto más inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas más obligado,
pues le debes a mi musa
el más sazonado plato
(que es el murmurar), según
un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la priesa de los traslados;
que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cadáver el vocablo;
y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;
que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve,
pues pensarás que me jacto
de que quizá fueran buenos
a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas,
sino sólo que es el darlos
a la luz, tan sólo por
obedecer un mandato.

Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo harás lo que
se te pusiere en los cascos.
Y adiós, que esto no es más de
darte la muestra del paño:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.


DETENTE SOMBRA

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.


CON EL DOLOR DE LA MORTAL HERIDA

Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.

Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,

no sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?


¿EN PERSEGUIRME, MUNDO, QUÉ INTERESAS?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.


FELICIANO ME ADORA Y LE ABORREZCO

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:

a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;

si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;

pues ambos atormentan mi sentido;
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.


MIRÓ CELIA UNA ROSA EN EL PRADO

Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;

y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.

Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza:

mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.


ÉSTE QUE VES, ENGAÑO COLORIDO

Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido:

es un vano artificio del cuidado;
es una flor al viento delicada;
es un resguardo inútil para el hado;

es una necia diligencia errada;
es un afán caduco, y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.


ROSA DIVINA QUE GENTIL CULTURA

Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.

Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.

¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida

de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!


PUES ESTOY CONDENADA

Pues estoy condenada,
Fabio, a la muerte, por decreto tuyo,
y la sentencia airada
ni la apelo, resisto ni la huyo,
óyeme, que no hay reo tan culpado
a quien el confesar le sea negado.

Porque te han informado,
dices, de que mi pecho te ha ofendido,
me has, fiero, condenado.
¿Y pueden, en tu pecho endurecido
más la noticia incierta, que no es ciencia,
que de tantas verdades la experiencia?

Si a otros crédito has dado,
Fabio, ¿por qué a tus ojos se lo niegas,
y el sentido trocado
de la ley, al cordel mi cuello entregas,
pues liberal me amplías los rigores
y avaro me restringes los favores?

Si a otros ojos he visto,
mátenme, Fabio, tus airados ojos;
si a otro cariño asisto,
asístanme implacables tus enojos;
y si otro amor del tuyo me divierte,
tú, que has sido mi vida, me des muerte.

Si a otro, alegre, he mirado,
nunca alegre me mires ni te vea;
si le hablé con agrado,
eterno desagrado en ti posea;
y si otro amor inquieta mi sentido,
sáqueseme el alma tú, que mi alma has sido.

Mas, supuesto que muero,
sin resistir a mi infeliz suerte,
que me des sólo quiero
licencia de que escoja yo mi muerte;
deja la muerte a mi elección medida,
pues en la tuya pongo yo la vida.


VERDE EMBELESO

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado,
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Martin Heidegger: Pensar lo impensable. (Humano demasiado humano,BBC)

Walt Whitman: American Experience (Subt. español).

Fernando Pessoa [Subtítulos Español]

Teresa Wilms Montt - Poemas



I

Apareciste Anuarí, cuando yo con mis ojos ciegos y
las manos tendidas te buscaba.
Apareciste, y hubo en mi alma un estallido de vida. Se
abrieron todas mis flores interiores, y cantó el ave de
los días festivos.
Me amaste, Anuarí, y alcanzé la gloria suspendida en
tus brazos.
Desapareciste, y quedé sola, los ojos náufragos en noche
de lágrimas.
Bondadosa ha vuelto tu sombra, entre ella y el sepulcro
espera una hora mi alma.

VI

En la luz del crepúsculo el cristal de la ventana me
devuelve el reflejo de mi cara.
Remango la boca en una sonrisa y veo la calavera a
través de la carne transparentada.
Caen lacios mis cabellos pegados a las sienes como un
cortinaje de cenizas doradas.
En el fondo de mis ojos se ahoga el pensamiento
ahondando las profundidades del cráneo, como puntas
negras que oradan.
Sombra, silencio, nada existe para saciar la inquietud
de mi lámpara vital.
En sueños, vive en su mundo ni espíritu, invocando a
la muerte hermana, vagabunda y eterna.

XIV

Una noche en la oscuridad me senté frente al espejo.
Pesaba sobre mis espaldas la mirada de todas las cosas,
la mirada extática del tiempo.
Como el paso de la luna sobre aguas dormidas, iluminóse
de pronto el espejo y en su fondo insondable vi
el cuerpo muerto de Anuarí.
Gigantesco Lotus surgió del sudario de la mano del corazón,
tan agrandada como una sombra de la pared.
Anuarí, amado.
¿Por qué te ha crecido tanto la siniestra?
¡Oh mujer que yo amé!
Para vivir mi espíritu en las regiones del misterio
necesita nutrirse de almas que habitan cuerpos mortales.
Y esta mano mía se agranda de urgar, de robar lo
mejor de los corazones que me han amado en vida.
Anuarí. Te amo, llévate mi vida.
Palideces día por día, mujer que yo amé, y el círculo
de tus ojeras son dos marcos de ébano para el azul de
tus ojos.
La mano mía es de terciopelo, no la has sentido cuando
te robaba.
Me ofreces el cofre sin darte cuenta que mi imán se
devoró la joya.
Anuarí, Anuarí, grité en angustia estranduladora.
El espejo se apagó y sentí glacial sosiego dentro de las
cosas.
Algo brusco perforó mi esqueleto.
Mis días están contados.
En la soledad de mis pensamientos, oigo cavar una
fosa.

XXVIII

Por el tallo de una flor descabezada, surgió anoche
Anuarí.
Hirvió el agua del florero y cayeron deshechos los pétalos
de otras flores.
Con su lentitud paradisiaca tocó Anuarí mis ojos, dándome
el sopor de la muerte.
De un solo golpe arrancó mi corazón.
Mi cuerpo anestesiado quedó en el sosiego augusto de
las estatuas.
Luz opalina de aurora, envolvió turbia su figura y las
cosas.
Vi como Anuarí se iba llevando a la altura de la boca
la mancha roja de mi corazón, y oí el gotear de la sangre
cálida remedando el paso de las horas a través del
subterráneo silencio.

XXXV

Frente a mi ventana cerrada pregunto al tiempo cuánto
más he de vivir.
Las sombras anegan mis persianas, y apenas marca
una delgada raya la claridad.
El reloj tiene titubeos de corazón enfermo.
En un gesto convulsivo se crispan mis manos sobre el
papel.
Buscan apoyo en la tierra.

XLIII

Se ahogó mi risa en el espejo.
Largo crujido siniestro lanzó a la noche el cristal de
plata.
Una, dos... calló la hora, metal frío de planeta en la
rigidez del páramo.
Epiléptica de calentura la luna se dio a los balcones.
Y el cadáver de mi risa es una esmeralda blanda que
al deshacerse vuelve en la superficie argollas y cruces
brillantes.

XLIV

Se va ¡lo siento en el frío de mi sangre!
Se va, nada podrá detenerlo porque es eterno y atravesaría
mis brazos.
Y no puedo matar mi cuerpo porque entonces mi
alma tendría otro camino opuesto al que lleva él y la
separación sería eterna.
Se va al Anuarí y yo siento el vértigo de un ángel que
cae desde el abismo azul a las llamas de la caverna
infernal.

FIN

¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches
glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados
desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda
que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu
hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí ¡Sucumbo en el torbellino de los astros
locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

lunes, 5 de marzo de 2012

Manuel Silva Acevedo - Poesía



DESPOJAMIENTO

Aunque me lave con jabón,
y limpie mis manos con lejía,
tú me hundes en el lodo,
y mis propios vestidos tienen horror de mí.
Job 9,30


I

Estoy desnudo ante el espejo de mi mente
quebradiza
Silentes nubes de tormenta cubren el cielo
a jirones
como abandonadas cartas de tarot

Me pregunto quién soy: ¿el loco, el lunático,
el colgado?


II

¿Dónde quedó mi fervor por la palabra,
en qué cajón del mueble de mi cuerpo,
debajo de qué ropas?

Réstame una sola muda
en mi extrema escasez indumentaria


III

Aún tengo un quehacer:
deshilvanar imágenes, descoser, remendar
y zurcir,
pegar un botón como un grito,
añadir otro parche
a mi estropeado traje de bautismo


IV

Lunes de ceniza
Pongo las palmas sobre las brasas
del infierno,
deliro de dolor:

Eli, Eli


V

Escupo al cielo
mis blasfemias se deslizan como
lenguas de fuego
sobre fragmentos de la Última Cena


VI

Visualizo un revólver
Ahora parece un crucifijo
Me lo pongo en la boca
Ahora parece un padrenuestro


VII

Estación terminal
todos los pasajeros descienden del carro
de la derrota, menos uno

La poesía me salva de morir
como un perro


VIII

Átenme bien atado
a la cordillera de los males
la nieve me sabe amarga
el mar me sabe a sangre

Todo lo que pido es un lugar en la tierra
el cielo está ocupado


IX

Zanjo en mi tierra interior
la sola fosa de mi último lecho:

cavo en la oscuridad
sudo sangre


X

Llego al convencimiento de mi total
nulidad
Reclamo mi derecho a la cruz
único asidero


XI

Peregrino chileno,
la oración me asalta en plena calle:

Señor Jesucristo, hijo de David
ten piedad de mí


DESCENDIMIENTO

Por eso yo no he de contener mi boca,
hablaré de la angustia de mi espíritu,
me quejaré en la amargura de mi alma.
Job 7,11


I

Un hombre entre enemigos
un perdulario al fin al pie de
la fosa
un hombre de jabón con la frente herida


II

Privado de recursos
presto a volar aunque
sin alas
en cruz la ira y el espanto
el belfo agónico
la garganta ahogada en vinagre


III

No tengo por costumbre abrir
las alas
Qué alas voy a abrir si están 
quebradas
Apenas sé reptar por esta tierra
El agua se arrepiente de tocarme


IV

Estos ojos rodarán por el suelo
revolcados en ceniza
así como estos montes se vendrán abajo
sin aspavientos


V

Fluir quisiera el hilo de
agua clara
mas se agolpa empapado el sudario


VI

Inalcanzables paisajes que no llego
a ver
desde la miserable estrechez
de mi cruz


VII

Islas fantasmagóricas
escollos
que apenas sobresalen
pálidas sombras
que bien pudieran ni siquiera
tocarnos
naderías en suspensión
vértigo del infierno