miércoles, 23 de julio de 2008

jueves, 17 de julio de 2008

WINETTGONÍA - PABLO DE ROKHA

Compararía a una bandada de queltehues picoteando la aurora nuestro querido y viejo hogar de antaño, a la guinda húmeda de amaneceres con rocío tu actitud, y a los veranos con pájaros ensangrentados de sol gozoso y racimos de uva partidos, a la tórtola gris de acero, que tajea como espada la atmósfera sonora y copiosa de luz inmarcesible o al clavel negro del pidén en los esteros, tu gran ternura melancólica; hoy luchando con el animal del destino, mar afuera entre las quillas y las ruinas de los barcos náufragos, haciendo lo horrendo de morderme las entrañas para alimentarme, ¿quién me va a consolar jamás, cuando no quiero más que el ser irremediable, y extraer de él la sustancia desesperada de la espantosa alegría estupenda de poder llorarte, construyendo un monumento al dolor humano, con sudor y terror acumulado?
Pálidos como pájaros de abril, huyeron los días dichosos de antaño, o lo mismo que cuando el cazador dispara a la bandada asesinándola, en ademán de criminal analfabeto, que degüella a su familia, y todo a quedado como si el destino tronchase y barriese la tierra tremenda; y si gritara, como tú no escuchas, ¡qué extraño parecería clamando a la soledad, con estupor macabro!: cuando los dos éramos pobres y heroicos y tú eras tan linda como un nido de picaflor, la basura de la literatura se nos venía rugiendo encima con su alud subazul de degenerados precoces y terribles, con condecoración inferior, y el vecindario nacional provinciano nos desconocía, bastaba un pez popular para la olla familiar, y alguna vez estuvo con nosotros, en la "Subida del Membrillo" y yo tallaba a Suramérica, pero nos reíamos porque estábamos juntos en la gran soledad del mundo, o el crepúsculo universal de "La Cisterna" nos coronó de agrestes e ilustres laureles melancólicos el eslabón sudado del trabajo y saboreamos, asada, la castaña en la chimenea familiar y el gran vino caliente de entre junio y julio, criando grandes artistas; voy a levantar un monumento de lágrimas a la gran estatua mediterránea que te hiciste con tu vida y con tu obra, cantando en todo lo alto y lo ancho de la época, con tu voz de tórtola de oro, y me van a escuchar un milenio, como el último y único de los enamorados; afuera está la tierra inmensa, aquí estoy yo contigo, aquí en este enorme "epicentro de tormenta", aquí "parado, estupefacto", solo como toro, contra todas las cosas, diciendo lo mismo abajo, y diversificándome como los poliedros del diamante, en las metáforas, presente, siempre presente, como el soldado de Pompeya, tallado en la eternidad, con la patada del terremoto en la boca; pero el pecho de la eternidad es inexorable.

lunes, 14 de julio de 2008

Vincent (subtítulos en español)

LOS GATOS DE ULTHAR - H. P. LOVECRAFT

Se dice que en Ulthar, que queda más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y puedo creer esto con firmeza mientras observo uno de ellos que descansa y ronronea junto al fuego. Porque el gato es enigmático y está muy cerca de las cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto y portador de cuentos que provienen de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su mismo idioma; pero el gato es más antiguo que la Esfinge, y recuerda aquello que ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que las autoridades prohibieran la matanza de gatos, vivía un viejo granjero y su esposa, quienes se divertían con entrampar y asesinar los gatos de sus vecinos. No sé por qué hacían eso; a menos que, como muchos, detestaran la voz del gato por la noche, y que les molestara que corriesen a hurtadillas por los patios y los jardines al anochecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se complacían con la captura y la muerte de cada gato que pasaba cerca de su cabaña; y por algunos de los sonidos que se escuchaban al caer la noche, muchos naturales del lugar imaginaban que esa manera de matar era peculiar en grado sumo. Pero los lugareños no discutían tales cosas con el viejo y su mujer debido a la expresión de las caras marchitas de los dos y porque su cabaña era tan pequeña y estaba escondida debajo de un robledal en la parte trasera de un patio abandonado. En verdad, por más que los dueños de los gatos aborrecieran a esa extraña pareja, los temían más y, en lugar de juzgarlos y de tratarlos como a asesinos brutales, solo cuidaban que ninguna de sus queridas mascotas o ratoneros se desviara hacia la cabaña oculta bajos los árboles oscuros. Cundo, por algún descuido inevitable, algún gato se extraviaba y se oían los ruidos después, al anochecer, el perdedor se lamentaba impotente o se consolaba mientras agradecía al destino que no fuera ninguno de sus hijos el que había desaparecido de esa manera. Porque la gente de Ulthar era simple, y desconocía de dónde habían venido los primeros gatos.
Un día, una caravana de extraños trotamundos provenientes del sur entró en las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Eran vagabundos de piel oscura muy distintos de los otros viajeros que atravesaban el pueblo dos veces al año. En la plaza del mercado, dijeron la buenaventura por una moneda de plata y compraron alegres abalorios a los comerciantes del lugar. Nadie pudo decir cuál era la tierra de estos extranjeros; pero se los vio dados a extrañas oraciones; habían pintado en los costados de sus carros, singulares figuras con cuerpos humanos y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un disco sorprendente entre los cuernos.
En esta singular caravana, había un pequeño muchacho sin padre ni madre, con la sola compañía de un gatito negro al que cuidaba con cariño. La peste no había sido generosa con él, pero le había dejado esa pequeña criatura peluda para aliviar su tristeza; y cuando uno es muy joven, puede encontrar un gran consuelo en las travesuras de un gatito negro. De este modo, el muchacho al que la gente de piel oscura llamaba Menes, sonreía con mayor frecuencia de lo que lloraba mientras se sentaba a jugar con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.
En la tercera mañana de la llegada de los trotamundos a Ulthar, Menes no encontró a su gatito; y mientras lloraba a gritos en el mercado, algunos lugareños le hablaron del viejo, de su mujer y de los sonidos que se escuchaban por la noche. Y, cuando el chico escuchó estas cosas, su llanto dio paso a la meditación y, después, a la oración. Extendió sus brazos hacia el son y rezó en una lengua que ningún aldeano pudo comprender; aunque, de hecho, ninguno de ellos intentó hacerlos porque tenían toda su atención puesta en el cielo y en las formas sorprendentes que las nubes adquirían. Era muy extraño, pero mientras el muchacho formulaba su pedido, sobre su cabeza, parecían formarse oscuras, brumosas figuras de cosas exóticas y de criatura híbridas coronadas por discos con cuernos a los costados. La naturaleza está llena de estas ilusiones que impresionan a los imaginativos.
Esa noche, los trotamundos dejaron Ulthar y nunca más se los volvió a ver. Y los vecinos se preocuparon cuando se dieron cuenta de que en todo el pueblo no había quedado ni un solo gato. De cada hogar, había desaparecido el gato doméstico. Los gatos grandes y pequeños, negros y grises, rayados, amarillos y blancos. El viejo Kranon, el burgomaestre, juró que la gente de piel oscura se había llevado los animales como venganza por la muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y el muchacho. Pero Nith, el escuálido notario, aseguro que el viejo granjero y su esposa eran, con toda seguridad, más sospechosos porque su odio por los gatos era evidente y cada día, más descarado. Sin embargo, nadie tuvo el coraje suficiente coma para enfrentarse con la siniestra pareja; ni siquiera cuando el pequeño Atal, el hijo del posadero, juró que aquel atardecer, había visto a todos los gatos de Ulthar en ese patio maldito, bajo los árboles, caminando, lentos y solemnes, en círculo alrededor de la cabaña; iban en pareja, como si realizaran algún rito animal desconocido. Los lugareños no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que la malévola pareja hubiera hechizado a los gatos para matarlos, prefirieron no enfrentarse con el viejo campesino hasta encontrarlo lejos de su sombrío y repelente patio.
Así que Ulthar se fue a dormir en medio de un enojo inútil porque cuando la gente despertó al amanecer, ¡cada gato había regresado a su hogar! Grandes y pequeños, negros y grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron gordos, relucientes y ronroneando satisfechos. Los ciudadanos comentaron unos con otros lo sucedido y se maravillaron bastante. El anciano Kranon insistió, una vez más, en que los viajeros de piel oscura se los habían llevado, ya que ningún gato había vuelto vivo de la cabaña del viejo y de sus mujer. Pero todos concordaron en que la negativa de los gatos de comer sus porciones de carne o beber sus tazones de leche era curiosa en extremo. Y durante dos días completos, los gatos de Ulthar, pulcros, perezosos, no tocaron la comida, solo se limitaron a dormitar cerca del fuego o bajo el sol.
Transcurrió una semana entera hasta que los lugareños notaron que, al atardecer , no aparecía ninguna luz en las ventanas de la cabaña bajo los árboles. Entonces el escuálido Nith aseguró que nadie había visto al viejo ni a su esposa desde la noche en que los gatos estuvieron afuera. A la semana siguiente, el burgomaestre decidió superar sus miedos y llamar a la extrañamente silenciosa vivienda como una cuestión de deber, aunque tomó la precaución de llevar con él a Shang, el herrero, y a Tul, el cortador de piedras, como testigos. Y cuando echaron la frágil puerta abajo y una vez adentro, encontraron dos esqueletos humanos limpios de carne sobre el suelo de tierra del patio, y varios singulares escarabajos que se arrastraban por las esquinas tenebrosas.
Con posteridad los habitantes de Ulthar tuvieron mucho para conversar. Zath, el forense, mantuvo una larga discusión con Nith, el escuálido notario, y Kranon, Shang y Tul fueron abrumados por preguntas. Hasta el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y después le dieron una golosina como recompensa. Hablaron del viejo y de su esposa, de la caravana de oscuros trotamundos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la plegaria de Mens y del cielo durante la oración, de la manera de actuar de los gatos en la noche en que la caravana partió, y de lo que se encontró después en la cabaña, bajo la oscuridad de los árboles en el repulsivo patio.
Y, por último, las autoridades aprobaron aquella extraordinaria ley que más tarde fue comentada por los comerciantes de Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar, ningún hombre puede matar un gato.





miércoles, 9 de julio de 2008

martes, 24 de junio de 2008

CADA DÍA ME ES MÁS DIFÍCIL - E. IONESCO

Eugène Ionesco



Cada día me es más difícil trabajar. Trabajar es una manera de hablar. Quiero decir que cada día me es más difícil escribir. Sin embargo hay que hacer algo para poder existir. Pero he escrito toda mi vida, y por el momento ya no doy más. Pero estoy lejos de estar vacío. Estoy inhibido. Las cosas que me quedan por contar son tan penosas y opresivas que me parece que debo superar lo imposible para hacerlo. El para qué me roe; pero si no escribo, es peor que si escribo. Aparentemente, tengo todo lo que hace falta. En realidad, no tengo objetivo. Hago eso todo el tiempo: hundirme en mi angustia. El alcohol puede hacerme salir de ella, pero por tan poco tiempo, y eso no hace sino agravar el sentimiento de la catástrofe universal. Mi amigo C. me dice que la vida es una pesadilla. Es atroz y banal el inventario de lo que hace la pesadilla: nacimiento y muerte, matanzas y genocidios, desastres geológicos y cósmicos, prisiones y opresiones, violencia y terror, todo eso lo sabemos desde hace mucho tiempo. Y sin embargo se vive. No deberíamos aceptar est condición a la cual parecemos resignados desde milenios. ¿Pero es que la humanidad, tomando cada vez más conciencia de lo invisible universal, no debería suicidarse? Hasta si se vive en la tranquilidad, ¿no es la vejez algo inaceptable? Cuando C. afirma que todo es pesadilla, lo dice alegremente. Es un científico, una inteligencia objetiva. Hace todas esas comprobaciones con lucidez y con razón. Sin sentirlo. Yo, más que comprobar, siento cada vez más profundamente. En C. todo puede decirse, y una vez que lo ha dicho continúa viviendo como si nada fuera. En mí, es indecible. Las palabras que enuncio son simples y banales y no pueden dar esa angustia profunda y auténtica que, paradójicamente, sólo los artificios astutos y sublimes de la literatura pueden expresar. Estoy en lo inexpresable.

En efecto , la humanidad quiere suicidarse pero no lo quiere de verdad, lo quiere a medias; eso explica las guerras, los bombardeos, el hecho de que los hombres se persigan unos a los otros. Quiere, no quiere; pero todos sabemos que tenemos todo lo que hace falta para hacerla estallar. Eso se producirá, por error lleno de sentido, por acto fallido o en un momento de desesperación colectiva.


Extracto de "El hombre cuestionado"

lunes, 16 de junio de 2008


Rosamel del Valle


Fragmentos de "El sol es un pájaro cautivo en el reloj"


Vivimos el tiempo superlativo. Horrible, ya lo sé. En estos días no se pide vida, se exige muerte. ¿Una idea? Pues, a la muerte. ¿La contemplación? A la muerte. ¿La acción? A la muerte. ¿La ciencia? A la muerte. ¿La soledad? A la muerte. ¿La poesía? A la muerte. Naturalmente, olvidamos ser. Y cuando alguien enjuicia a la vida, todos preparan las horcas. ¡Oh las palabras sombrías! No las tuyas, no las mías. Solamente las del hombre de este tiempo y de todos los tiempos que dice: "Prohibición absoluta de no ser como yo".


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Con permiso. Voy a mirar el sol. Voy a tenderme sobre la hierba a escuchar lo que dicen las cosas mínimas. Porque las cosas mínimas hablan justamente, al revés de lo que se cree, el lenguaje apenas comunicable.

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Lo real y lo irreal, reunidos como en una vida, como en una contemplación, como en una acción, como en una boda, como en una muerte. Iba a decir también como en un nacimiento.Pero hoy no se nace, se muere.


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Cuando la noche entró de repente en la cabeza de aquel hombre que se miraba las líneas de la mano...


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Cuídate de tu poesía. Por la poesía.

miércoles, 11 de junio de 2008

miércoles, 4 de junio de 2008

Fragmento de "Los Cantos de Maldoror"


Lautréamont


CANTO SEGUNDO


¿A DÓNDE ha ido ese primer canto de Maldoror desde que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó escapar a través de los reinos de la cólera, en un momento de reflexión? Dónde ha ido ese canto... No se sabe con precisión. Ni los árboles ni los vientos lo conservaron. Y la moral, que pasaba por ese sitio, sin presagiar que tenía en esas páginas incandescentes un enérgico defensor, lo vio dirigirse con paso firme y recto hacia los rincones oscuros y las fibras secretas de las conciencias. Por lo menos, la ciencia da por sabido que desde ese tiempo el hombre de figura de sapo no se reconoce a sí mismo, y cae con frecuencia en accesos de furor que le hacen parecerse a una bestia de los bosques. No es culpa suya. En todos los tiempos él creyó, con los párpados plegados bajo las resedas de la modestia, que no estaba compuesto más que de bien y una mínima cantidad de mal. De pronto, yo le hice saber, descubriendo a pleno día su corazón y sus tramas, que, por el contrario, sólo estaba compuesto de una mínima cantidad de bien, que los legisladores tratan a toda costa de no dejar evaporar. A mí, que no le he enseñado nada nuevo, me gustaría que no sintiera una vergüenza eterna a causa de mis amargas verdades; pero la realización de este deseo no estaría conforme con las leyes de la naturaleza. En efecto, arranco la máscara de su rostro traidor y lleno de fango, y hago caer, una a una, como bolas de marfil sobre una fuente de plata, las mentiras sublimes con las cuales se engaña a sí mismo: es, por tanto, comprensible que no ordene a la calma imponer las manos sobre su rostro, incluso cuando la razón dispersa las tinieblas del orgullo. Por eso el héroe que pongo en escena ha atraído sobre sí un odio irreconciliable, atacando a la humanidad, que se creía invulnerable, por la brecha de absurdas tiradas filantrópicas, que están amontonadas, como gramos de arena, en sus libros, cuyo ridículo lado cómico, aunque aburrido, algunas veces estoy a punto de apreciar, cuando la razón me abandona. El lo había previsto. No basta con esculpir la estatua de la bondad sobre el frontis de los pergaminos que contiene las bibliotecas. ¡Oh ser humano, hete ahí, ahora, desnudo como un gusano, en presencia de mi espada de diamante! Abandona tu método, no es tiempo ya de hacerse el orgulloso: hacia ti dirijo mi plegaria, en actitud de prosternación. Hay alguien que observa los menores movimientos de tu vida culpable; estás envuelto en las redes sutiles de su perspicacia encarnizada. No te fíes de él cuando se vuelva de espalda, pues te mira; no te fíes de él cuando cierre los ojos, pues te sigue mirando. Es difícil suponer que, en cuanto a astucia y perversidad, tu terrible resolución pueda superar al hijo de mi imaginación. Sus menores golpes aciertan. Con algunas precauciones, es posible hacerle saber al que cree ignorarlo, que los lobos y los bandidos no se devoran entre sí: acaso no sea su costumbre. Por consiguiente, entrega sin temor a sus manos el cuidado de tu existencia: él la conducirá de la manera que sabe. No creas en la intención que hace relucir al sol, de corregirte, pues le interesas muy poco, por no decir nada; aunque aún no he aproximado a la verdad total la benevolente medida de mi verificación. Pero a él le gusta hacerte daño, por la legítima persuasión de que te volverás tan malo como él, y así cuando llegue la hora le acompañarás hasta la honda gruta del infierno. Su lugar está marcado desde hace mucho tiempo en un paraje donde se distingue una horca de hierro, de la cual están suspendidas unas cadenas y unas argollas. Cundo el destino lo conduzca allá, el fúnebre embudo jamás habrá saboreado una presa más sabrosa, ni el contemplado una mansión más conveniente. Me parece que hablo de una manera intencionadamente paternal, y que la humanidad no tiene derecho a quejarse.

lunes, 2 de junio de 2008

Stella Díaz Varín (1926-2006)

El poeta


A Pablo Neruda y a todos los poetas
que le anteceden y le suceden.

Un hombre caminando sobre el mar
Sobre su corazón
Camina cielo adentro
Sobrecogiendo al sol con su mirada.
Un hombre
para quien todas las cosas
son parientes lejanos.
Nacido de la luz y de la sombra
Con solamente aparentar tristeza
Mueve a risa
A quien tenga el placer de mirarlo

Perseguido por las aves y por las fieras
Y pensar
Que solo en su mano izquierda
Han crecido cien robles,
Que para vivir un día de su vida
No hay clepsidra inventada
Ni medida de tiempo.
Él, con su corazón
Bajo los pies, sobre el agua,
Junto a los cuatro puntos cardinales.

El amor,
le paso por los ojos
Como un vértigo
Ebrio de abejas, sin heredad.
La muerte sólo sería muerte
Si encontrara su mano.
Qué sólo el hombre
De pie, sobre el océano.

La alegría le teme
Como a un mal pensamiento
Y pensar que su frente es el muro
Donde podréis dibujar
Los más bellos grabados infantiles.

Así avanza
Paso a paso sobre el agua
Siempre despierto mientras el sueño
Vive en los ojos
Del resto del mundo.

Sin divisar jamás el horizonte:
su mirada de golfo perdido
su mano derecha de fuego.
Su boca
El alud que sepulta
Con una sola de sus palabras.

Y qué solo
Va el hombre de espalda al sol
perseguido de niños y sueños
Engañador de cambios terrestres
Entre la muchedumbre de los peces

Ah si encontrarais otros ojos
Con más lejanía
De inconclusa oscuridad.

Camina
Entre el canto de los peces
Suelto como los hombres en su gran prisión
Inefable
como Dios cuando quiere ser hombre.

Distiende la pupila de brasa celeste
A la estrella antigua
En demanda de su halcón pez.

Oh fanal de ojo ciego
Quiero caminar de pie
Contigo sobre el agua
Saludar la escama del gran pez
Ser solícita con la bruma
y penetrar la aleta oculta
que insinúa una mañana de mar.
Beber la leche que desparrama la ola
Cuando tu gran corazón
Quiebra la soledad...

Sordo es el corazón del hombre
Cuando camina de pie, sobre el océano.