miércoles, 18 de marzo de 2009

ALEJANDRA PIZARNIK



Entrevista de Alberto Lagunas

DOS PALABRAS PARA UN REPORTAJE Alberto Lagunas

Entrevisté a Alejandra Pizarnik inmediatamente después de que ella ganara el primer premio en el concurso a la producción literaria de 1965 por "Los trabajos y las noches", organizado por la Municipalidad de Buenos Aires. Este reportaje fue publicado en 1966 en un diario de Rosario de escaso tiraje, ya desaparecido.
Tanto las preguntas como las respuestas fueron hechas por escrito, de manera que la palabra de la poeta se presenta sin ninguna alteración.

EL REPORTAJE

A.L: ¿Sabe realmente cuándo comienza a escribir un poema, en otras palabras, cree en la inspiración?
A.P.: No puedo creer en la "inspiración". Pero no se trata de una creencia sino de asistir a una evidencia.

A.L.: ¿Cómo "trabaja’ o "siente" la poesía que hace?
A.P..: Casi siempre trabajo mis poemas a larga distancia. Me importa mucho el rol de la noción de distancia en la compleja relación autor-poema. Pero distancia, en lengua argentina, suele equivaler a frialdad. Ignoro el sentido de este término y agrego que necesito más inspiración (o como quiera llamarse) para trabajar un poema que para alumbrarlo (verbo más adecuado a la segunda etapa, la del trabajo, que no conviene llamar trabajo por su connotación utilitaria). No sé qué otro término podría emplearse pero yo hablaría de intento de curación o de reparación del poema, lo cual no tiene relación alguna con el acto aplicado y escolar de corregir cuartillas con fines de perfección externa de eso que llaman forma.

A.L.: ¿Qué significan para Usted los premios?
A.P..: Una cierta suma de dinero. En cuanto a los premios honoríficos, o sea sin billetes, les quito todo derecho de autodenominarse premios.

A.L.: ¿Cómo ve el panorama literario argentino?
A.P..: No logro verlo. En cambio, vislumbro el panorama literario latinoamericano: Vale la pena frecuentarlo.

A.L.: ¿Qué nombres marcarían el siglo XX literario?
A.P..: Kafka, Breton, Joyce Sigma

A.L: ¿Se atrevería a definir la poesía?
A.P..: No. No me atrevería.

A.L.: ¿Habría diferencia entre "lo poético’ y "lo literario’?
A.P..: Hay inmensas diferencias. El sol es poético y no es literario. Cualquier objeto y cualquier sujeto puede ser poético sin ser literario. Por otra parte, hay que distinguir entre lo poético y el poema, como así también entre lo literario y la literatura. O sea, lo poético y lo literario son atributos inmanentes de sujetos y objetos variados. La alquimia poética o la alquimia literaria puede hacerlos "visibles’ como diría Paul Klee, y es esta una de las razones por las que la poesía y la literatura son apasionantes.

A.L.: ¿Qué le preocupa más cuando da a conocer un libro de poesías?
A.P..: Cuando doy a conocer un libro de poesías nada me preocupa porque me alegra demasiado la perspectiva de quitarme de encima el peso de mis poemas, tan livianos cuando dejan de ser míos o inéditos y cuando algún lector privilegiado los asume y, así, me ayuda a compartir el terrible peso de la palabra solitaria, que deja de serlo gracias a esta operación maravillosa como es el encuentro entre un lector y un poema.

A.L.: ¿En qué está trabajando actualmente?
A.P..: Estoy esperando que sea octubre para ver publicado por Sudamericana mi sexto libro de poemas: "Fragmentos para dominar el silencio". Entretanto, trabajo en poemas nuevos (creo que nuevos en todos los sentidos de esta palabra ambigua) que constituirán un séptimo libro de poemas. Aún no tiene título pero yo lo llamo "J.B." por Jerónimo Bosch (algunos poemas se relacionan con dos cuadros de él). En fin, ignoro si se trata de un libro o de una prueba en el sentido trágico y antiguo, cuando el destino probaba a una criatura humana infligiéndole alegrías y desdichas peculiares. Pero prefiero no seguir hablando de lo que aún no es.

Poemas inéditos enviados a Alberto Lagunas
POEMAS (1959)


Hice un fuego
del color de la palabra

1
madre del tiempo
tú me has visto llorar de memoria
cuando aún no era.
madre del tiempo
tráeme la mirada desnuda del amado,
tráeme la mano de viento del amado,
tráeme su sexo de madera colérica,
tráeme su piel de sonido de tambores.

madre del tiempo
tráeme la flor incendiada
que crece en la lengua de la muerte.

2
perfectamente triste
para besar la boca inútil de la muerte,
lloro ante los sueños rotos
que me separan de las cosas.

3

He amado tanto
que ya no soy del amor.
Pero he sido niña.
Tan sólo por eso
debieran considerarme.

4
Ser soñadora en su camisa azul
que ama la tierra extraña
o atreverme como la náufraga
que vuelve al mar
porque nadie se alegra
de su salvación.

POEMAS (Diciembre de 1962)

Arrojada desde que nací
he acompañado a una sombra mutilada

En el camino nupcial
me dijeron que no entre

En el extraño agujero de la noche
vi un rostro que se negaba

La luz es sólo luz en la memoria de la noche.

PEQUEÑAS PROSAS (1968)

UNA MUJER

Una mujer muy fea, vestida de negro, se miraba en el espejo de su negocio del boulevard Raspail. Imaginé que le sacaba una foto y después ella me perseguía.


SUEÑO

Vivo en el Polo: montañas de sal, pájaros blancos sin pupilas ni patas.
Es un desierto de nieve en cuyo centro hay un armario de madera.
Los pájaros abren los cajones del armario. Cuando llega el último, salta una niña del tamaño de mi mano.


LOS AUTOMATAS

Nada mejor que pensar en los autómatas. Sobre todo ahora que hay esta luz espantosa, exactamente amarilla pero oscura. He caminado por la G/ rue Garancière y me reí al recordar que allí vivió Leibnitz. Luego volví a mi cuerpo y comencé a inventar autómatas, pegada la cara a la ventana mirando pasar gente y perros.
...........
LA HIJA DEL INSOMNIO

Cuando pienso en Alejandra la veo pasar, solitaria, en una de esas enormes burbujas del Bosco donde yacen parejas desnudas, dentro de un mundo tan tenue que sólo por milagro no estalla a cada segundo. Pero la suya es una burbuja nocturna, irisada como una perla negra. Criatura fascinada y fascinante, víctima y maga, ardía en la hoguera y, al mismo tiempo, con esa maldad de la poesía, prendía fuego al mundo circundante, lo hacía arder con una fosforescencia tierna y sombría, que iluminaba su rostro de niña con una sonrisa fantasma. Niña predestinada a ser vista, con los ojos absortos, en la ventana de un caserón ruinoso, en alguna de esas aldeas de la Alquimia del Verbo, entrevistas en el fondo de un lago. Pero aún allí, en la profundidad de los sueños, fue también la extranjera, la extraviada de sí misma. Una desconocida con su mismo rostros avanzaba hacia ella en todo lugar, en todo instante de su existencia terrestre, interrogándola con las preguntas más desgarradoras, planteándole sin cesar sus propios enigmas, el misterio de todo amor y de toda ausencia. Porque Alejandra permaneció siempre en el linde perdido de otra ribera, cuyo eco no dejó nunca de resonar en las zonas de sombra de su ser con la nostalgia de "los verdes paraísos de los amores infantiles". Pocos seres he conocido tan plenos de fatalidad poética. Extrañamente, todos sus elementos, sus pájaros, sus nubes, su país de huérfana que oculta un secreto desmesurado, su memoria y su pasión se ordenan en dos coordenadas esenciales: el deslumbramiento de la infancia, cuyos poderes sobrevivían en ella, y un permanente sentimiento de muerte, como otro deslumbramiento terrible que la precipitaba al asombro y al terror. Duende desposeído por la caída, cautiva de un reino perdido, sólo podría ver las cosas a la luz de esa exigencia inflexible y sin consuelo. No tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar. Pero la fascinación de la infancia perdida se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo. Toda su poesía gira en torno a estos dos polos magnéticos, dos solicitaciones extremas que se funden en su voz y le dan, desde sus primeros libros hasta sus últimos textos, un acento inconfundible, una emoción esencial y de una calidad extrañamente perturbadora. En uno de los planos más remotos de su conciencia, una imagen materna, blanca y luminosa, la acoge y la protege, le revela las cosas y los sueños en una unidad total. En el extremo opuesto, una mujer pálida y nocturna, la acoge también con la misma solicitud maternal, con una tenebrosa belleza. Hacia una y otra la hija del insomnio corre con los brazos tendidos. Ahora que tantas parejas enamoradas escuchan su palabra, ¿qué puede darles ella? No la esperanza ni la calma, sino una exaltación, una apuesta perdida. Un paraíso infantil doblado por el paraíso de la muerte, la aventura del amor y su imposible realidad. La letra de Alejandra era pequeñita, como un camino de hormigas o un minúsculo collar de granos de arena. Pero ese hilo, con toda su levedad, no se borrará nunca, es uno de los hilos luminosos para entrar y salir del laberinto.

Prólogo de Enrique Molina a la re-edición en Botella al Mar de los libros
"La última inocencia" y "Las aventuras perdidas" (Buenos Aires, 1976)
de Alejandra Pizarnik.

EL VERBO ENCARNADO

Moi je reproche aux hommes de ce temps, de m'avoir fait naître par le plus ignobles manoeuvres magiques dans un monde dont je ne voulais pas, et de vouloir par de manoeuvres magiques similaires m'empêcher d' y faire un trou pour le quitter. J'ai besoin de poésie pour vivre, et je veux en avoir autour de moi. Et je n'admets pas que le poète que je suis ait été enfermé dans un asile d'aliéné parce qu'il voulait réaliser au naturel sa poésie.Antonin Artaud (Lettres de Rodez)


Aquella afirmación de Hölderlin, de que "la poesía es un juego peligroso", tiene su equivalente real en algunos sacrificios célebres: el sufrimiento de Baudelaire, el suicidio de Nerval, el precoz silencio de Rimbaud, la misteriosa y fugaz presencia de Lautréamont, la vida y la obra de Artaud... Estos poetas, y unos pocos más, tienen en común el haber anulado -o querido anular- la distancia que la sociedad obliga a establecer entre la poesía y la vida.Artaud no ha entrado aún en la normalidad de los exámenes universitarios, como es el caso de Baudelaire. De modo que es conveniente, en esta precaria nota apelar a un mediador de la calidad de André Gide, cuyo testimonio de buena cuenta del genio convulsivo de Artaud y de su obra. Gide escribió ese texto después de la tan memorable velada del 13 de enero de 1947 en el Vieux Colombier, en donde Artaud -recientemente salido del hospicio de Rodez- quiso explicarse con -pero no pudo ser "con" sino "ante" -los demás. Este es el testimonio de André Gide : "Había allí, hacia el fondo de la sala -de esa querida, vieja sala del Vieux Colombier que podía contener alrededor de 300 personas- una media docena de graciosos llegados a esa sesión con la esperanza de bromear. ¡Oh! Ya lo creo que hubieran recogido los insultos de los amigos fervientes de Artaud distribuidos por toda la sala. Pero no después de una tímida tentativa de alboroto ya no hubo que intervenir... Asistíamos a ese espectáculo prodigioso: Artaud triunfaba; mantenía a distancia la burla, la necedad insolente; dominaba..."Hacía mucho que yo conocía a Artaud, y también su desamparo y su genio. Nunca hasta entonces me había parecido más admirable. De su ser material nada subsistía sino lo expresivo. Su alta silueta desgarbada, su rostro consumido por la llama interior, sus manos de quien se ahoga, ya tendidas hacia un inasible socorro, ya retorciéndose en la angustia, ya, sobre todo, cubriendo estrechamente su cara, ocultándola y mostrándola alternativamente, todo en él narraba la abominable miseria humana, una especie de condenación inapelable, sin otra escapatoria posible que un lirismo arrebatado del que llegaban al público sólo fulgores obscenos, imprecatorios y blasfemos. Y ciertamente, aquí se reencontraba al actor maravilloso en el cual podía convertirse este artista: pero era su propio personaje lo que ofrecía al público, en una suerte de farsa desvergonzada donde se transparentaba una autenticidad total. La razón retrocedía derrotada; no sólo la suya sino la de toda la concurrencia, de nosotros todos, espectadores de ese drama atroz, reducidos a papeles de comparsas malévolas, de b...y de palurdos. ¡Oh! No, ya nadie, entre los asistentes, tenía ganas de reír; y además, Artaud nos había sacado las ganas de reír por mucho tiempo. Nos había constreñido a su juego trágico de rebelión contra todo aquello que, admitido por nosotros, permanecía inadmisible para él, más puros:"Aún no hemos nacido. Aún no estamos en el mundo. Aún no hay mundo. Aún las cosas no están hechas. La razón de ser no ha sido encontrada...""Al terminar esa memorable sesión, el público callaba. ¿Qué se hubiera podido decir? Se acababa de ver a un hombre miserable, atrozmente sacudido por un dios, como en el umbral de una gruta profunda, antro secreto de la sibila donde no se tolera nada profano, o bien, como sobre un Carmelo poético, aun vate expuesto, ofrecido a las tormentas, a los murciélagos devorantes, sacerdote y víctima a la vez... Uno se sentía avergonzada de retomar el lugar en un mundo en donde la comodidad está hecha de compromisos."Un escritor que firma L'Alchimiste , luego de trazar un convincente paralelo entre Arthur Rimbaud y Antonin Artaud, discierne en sus obras un período blanco y otro negro, separados en Rimbaud por la "Lettre du Voyant" y en Artaud por "Les Nouvelles Revelations de l'Etre" (1937).Lo que más asombra del período blanco de Artaud en su extraordinaria necesidad de encarnación mientras que en el período negro hay una perfecta cristalización de esa necesidad.Todos los escritos del período blanco, sean literarios, cinematográficos o teatrales, atestiguan esa prodigiosa sed de liberar y de que se vuelva cuerpo vivo aquello que permanece prisionero en las palabras . He entrado en la literatura escribiendo libros para decir que no podía escribir absolutamente nada; cuando tenía algo que decir o escribir, mi pensamiento era lo que más se me negaba. Nunca tenía ideas, y dos o tres pequeños libros de sesenta páginas cada uno, giran sobre esta ausencia profunda, inveterada, endémica, de toda idea. Son "L'Ombilic des Limbes" y "Le Pèse-Nerfs". Es particularmente en "Le Pèse-Nerfs" donde Artaud describe el estado (y resulta una ironía dolorosa el no poder dejar de admirar la magnífica "poesía" de este libro) de desconcierto estupefaciente de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Su herida central es la inmovilidad interna y las atroces privaciones que se derivan: imposibilidad de sentir el ritmo del propio pensamiento (en su lugar yace algo trizado desde siempre) e imposibilidad de sentir vivo el lenguaje humano: Todos los términos que elijo para pensar son para mí TÉRMINOS en el sentido propio de la palabra, verdaderas terminaciones... Hay una palabra que Artaud reitera a lo largo de sus escritos: eficacia. Ella se relaciona estrechamente con su necesidad de metafísica en actividad, y usada por Artaud quiere decir que el arte -o la cultura en general- ha de ser eficaz en la misma manera en que no es eficaz el aparato respiratorio: No me parece que lo más urgente sea defender una cultura cuya existencia nunca ha liberado a un hombre de la preocupación de vivir mejor y de tener hambre sino extraer de aquello que se llama cultura ideas cuya fuerza viviente es idéntica a la del hombre. Y si se pregunta en que consiste, en el plano de la poesía, esa eficacia que Artaud deseó como nadie, y encontró mas que nadie, puede ser una respuesta propicia esta afirmación que encuentro en Marcel Granet ("Le pensée chinoise"): Savoir le nom, dire le mot, c'est posséder l'être ou creer la chose. Toute bête est domptée par qui sait la nommer...J'ai pour soldats des tigres si je les appelle:"tigres!".Las principales obras del período negro son: "Au Pais des Tarahumaras", "Van Gogh, le suicidé de la sociéte", "Les lettres de Rodez", "Artaud le Momo", "Ci-gît precede de la Culture Indienne" y "Pour en finir avec le jugement de dieu."Son obras indefinibles. Pero explicar por qué algo indefinible puede ser una manera -tal vez ve la más noble- de definirlo. Así procede Arthur Adamov en un excelente artículo en el que enuncia las imposibilidades -que aquí resumo- de definir la obra de Artaud: La poesía de Artaud no tiene casi nada en común con la poesía clásica y definida.La vida y la muerte de Artaud son inseparables de su obra en un grado único en la historia de la literatura.Los poemas de su último período son una suerte de milagro fonético que se renueva sin cesar.No se puede estudiar el pensamiento de Artaud como si se tratara de pensamiento pues no es pensado que se forjó en Artaud.Numerosos poetas se rebelaron contra la razón para sustituirla por un discurso poético que pertenece exclusivamente a la Poesía. Pero Artaud está lejos de ellos. Su lenguaje no tiene nada de poético si bien no existe otro más eficaz.Puesto que su obra rechaza los juicios estéticos y los dialécticos, la única llave para abrir una referencia a ella son los efectos que produce. Pero esto es casi indecible pues esos efectos equivalen a un golpe físico.(Si se pregunta de dónde proviene tanta fuerza, se responderá que del más grande sufrimiento físico y moral. El drama de Artaud es el de todos nosotros pero su rebeldía y su sufrimiento son de una intensidad sin paralelo).Leer en traducción al último Artaud es igual que mirar reproducciones de cuadros de Van Gogh. Y ello, entre otras muchas causas, por lo corporal del lenguaje, por la impronta respiratoria del poeta, por su carencia absoluta de ambigüedad.Sí, el Verbo se hizo carne. Y también, y sobre todo en Artaud, el cuerpo se hizo verbo. ¿En dónde, ahora, su viejo lamento de separado de las palabras? Así como Van Gogh restituye a la naturaleza su olvidado prestigio y su máxima dignidad a las cosas hechas por el hombre, gracias a esos soles giratorios, esos zapatos viejos, esa silla, esos cuervos... así, con idéntica pureza e idéntica intensidad, el Verbo de Artaud, es decir Artaud, rescata, encarnándola, "la abominable miseria humana". Artaud, como Van Gogh, como unos pocos más, dejan obras cuya primera dificultad estriba en el lugar -inaccesible para casi todos- desde donde las hicieron. Toda aproximación a ellas sólo es real si implica los temibles caminos de la pureza, de la lucidez, del sufrimiento, de la paciencia......regagner Antonin Artaud sur ses dix ans de souffrances, pour commencer à entrevoir ce qu'il voulait dire, ce que veut dire ce signe jeté parmi nous, le dernier peut-être qui vaille d'être déchiffré...
Alejandra Pizarnik

lunes, 9 de marzo de 2009

PABLO DE ROKHA / DEMONIO A CABALLO



Por entre mundos, entre muertos, entre
edades que destilan suerte y vientres de siglos, en verde aceite
de eternidad, amontonados,
navego, a mil estadios de mí y mí mismo, solo.

No entiendo cómo soy, ni en dónde soy, ni cuando soy, ni soy,
o yo soy otro, distinto, universal, acumulado, absorto
con mis águilas;
abajo, un mar vestido de culebra, mordiendo un crucifijo incendiado,
un dios de épocas y piedra,
medio a medio, un tubo de llanto, de luto atardecer, y, encima
una gran estampa de caballero degollado, desde la cual
aúlla un discurso, con chaleco de temporal, echando
los 7 relámpagos reglamentarios, por adelantado;
¿qué significa escribirlo que significa escribir, si ignoro si estoy
muerto o estoy muerto, o soy un antiguo muerto, vendido
como esclavo, a una antigua reina de cera?
nó, empuño mi cabeza y se la arrojo a los leones;
¿a cuál persona me refiero, cuando afirmo que la inmortalidad
me rasguña las entrañas con un rifle quebrado?

No me parezco, soy un campo de batalla, un antiguo edificio
amarillo, construído en los desiertos de Abrahán, un
potro de oro, un soldado enormemente romano,
gritando adentro del traje de acero, con un gran gusano de fuego
en toda la boca,
y a quién le emerge una humareda roja desde el pelo del pecho, formado
de peñascos milenarios y una gran costa druida;
me pienso y pienso un volcán de licor extinguido, un lagarto
decapitado, besando a una paloma de provincia, un león
entre dos banderas,
por adentro de mi ser aúllan los monos furiosos y las montañas
recién paridas,
un clamor gutural de animales, la bestia de dios, tremenda y
alucinada, huyendo de la catástrofe cósmica y el orangután
horriblemente triste, porque deviene hombre.

Me hundiré con el continente que habito, con mi siglo y con
mi pueblo, con la tierra entera y sus planetas, con los
ejércitos de los ejércitos rugiendo,
en el espantoso océano infinito que soy y del cual soy náufrago,
sin haber entendido nunca, comprendido nunca por qué se existe,
qué exite y qué no se dispersa, derrama, disgrega, qué
es lo que constituye el yo tremendo, qué
es lo que constituye la diferencia de lo que difiere, la médula del
átomo, mi átomo, tu átomo, que son los átomos
del muerto y no son del muerto, y lo querrían,
cómo se gasta el tiempo, si no es un cuchillo ni un zapato en el
cuello de un muerto, y qué muere, cuando muere el
hombre y muere
en sus pupilas el último atardecer, agonizando con espanto de
cataclismo, arrastrando todas las cosas en esa gran
caída sin fin, en la cual, adentro nos derrumbaríamos;
pero, por algo existo y respiro, existo, como existe un puñal, un
sombrero de perro zorrero, un fakin, o un caballo,
y no soy el escupo del gusano, ni el pan del militar, que traicionó
a un calzoncillo estrellado, y lo fusilan por la espalda,
ni el ideal de la puta divina,
ni el moco del tonto, al cual le amarran la banda tricolor en la guata;
porque yo no comienzo aquí y termino ahí, nó, yo no comienzo,
yo no termino, yo comienzo la gran época en la cual
se forjaron todos los mundos, cuando la nada flotaba
en la nada, es decir, yo comienzo, en donde el principio
es el principio del principio,
yo termino en el tiempo del ojo del muerto, en el espanto de la
muchacha asesinada por un fantasma, a la orilla en que
el hombre se cae al vacío, en el alarido del aterrado
frente a frente al infierno,
en la cuchara abandonada por sus antepasados, en los extramuros
de la ciudad maldita, entre cerdos, niños, perros y mujeres,
que en grande hambre emputecieron, en la aldea
abandonada, en la vasija abandonada por el antiguo
soldado de Pompeya, en el santo de palo santo, que
posee un sexo de cuero de pecho de trueno, y un ojo
de oro,
en el ideal que la señora apasionada tiene metido debajo del ombligo,
como la espada de las matanzas,
sí, en los degüellos históricos, en los cataclismos de las guerras
tremendas de religión y sus batallas, sí, en las masacres de
clases, sí, en los fusilamientos del Ródano y en la hoz
amarilla de la guillotina, sí, en la bandera negra que
los corsarios enarbolaban, medio a medio de su hombría
de varones de sangre;
he ahí, cómo y cuando los antiguos dioses perdidos, rodeados de
apostasia, musgo de muros muertos, infinitamente solitarios,
gritan en mi interior, el resplandor de las religiones
perdidas,
sí, Jehová y Thor pelean un hueso de perro en mis entrañas,
moviendo los hierros del trueno, que aterró al antepasado, y la
tempestad desgarradora, que engendró la oración y el
poema.

Mi ser consciente, ruge cuando piensa, brama cuando habla,
gime cuando crea, cargado de instinto, discontinuidad y
síntesis,
el lenguaje me desgarra el ser, llenándome de sangre bramante,
me parte en diez mitades, rompiéndome y uniéndome,
con su gran pasada de monstruos, y el mar y el funeral
del mar, claman su aliento grande y convulso en mis
pretéritos,
sin embargo de ser mudo, con relación a la verdad del mundo,
soy yo y no soy yo, quién hablo, porque habla la bestia en celo,
habla la vida y todas las formas de la vida, habla la
cópula brutal de la naturaleza animal, mineral, vegetal,
todo y uno y todo, acoplándose y desgarrándose en la
gran orgía del amor, y habla el mundo, relacionado y
encadenado a su límite;
expresión de unidad y estilo, imagen de orígen, mito magno y
substancial, hombre, afirmo lo que ignoro y lo que ignoro afirmo,
y afirmo porque afirmo,
creciendo, tronando, cayendo, con todas las rodillas del espíritu,
desgarradas en la espantosa crucifixión, levanto
mi existencia, y azoto a la naturaleza, y la naturaleza me responde
con su tremento pellejo hocico, entreabriéndose al sol
de dios, cuando mi poema la cornea y la monta,
engendrándole una gran cría.

lunes, 23 de febrero de 2009

EN ESTA NOCHE, EN ESTE MUNDO - A. Pizarnik


A Martha Isabel Moia
en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he recorrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
mi persona está herida
mi primera persona del singular
escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!
los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder más
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro de maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema
hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo

jueves, 12 de febrero de 2009

ECO Y NARCISO*

Nicolas Poussin


Tiresias, famosísimo en todas las ciudades de Aonia, daba
respuestas irreprochables a la gente que iba a consultarle.
Quien primero puso a prueba la credibilidad y veracidad
de sus oráculos fue la azulada Liríope; a ésta el Cefiso
la envolvió un día con su sinuosa corriente y, cautiva
en sus aguas, la violó. De su abultado vientre la bellísima ninfa
parió un niño que ya entonces hubiera podido ser amado,
y le llamó Narciso. Consultado acerca del mismo, si llegaría
a ver los largos días de una vejez avanzada, respondió
el profético adivino: "Si no llega a conocerse". Durante años
el oráculo del agorero pareció vano, pero lo probaron
el desenlace de los acontecimientos, el tipo de muerte
y lo inaudito de la locura. En efecto, había ya añadido el hijo
del Cefiso un año a los quince y podía parecer lo mismo que un niño
que un joven; muchos jóvenes, muchas muchachas lo desearon,
pero -tan dura soberbia había en aquella tierna belleza-
ningún muchacho, ninguna joven le tocó el corazón.
Cuando ojeaba hacia las redes a unos espantados ciervos,
vióle una ninfa vocinglera que ni sabe callar cuando le hablan
ni hablar ella misma la primera, la resonante Eco.
Aún tenía cuerpo Eco, no sólo voz; así y todo, la charlatana
no tenía un uso de su boca distinto al que ahora tiene, de suerte
que podía repetir, de entre muchas palabras, sólo las últimas.
Había hecho esto Juno, porque, pudiendo muchas veces
sorprender a las ninfas yaciendo en el monte con su Júpiter,
Eco la retenía deliberadamente con su verborrea,
hasta que las ninfas huyeran. Cuando la Saturnia se percató,
le dijo: "Puesto que me has engañado con la lengua, se te reducirá
la facultad de hablar y abreviará al máximo el uso de la voz".
Y con el hecho confirma sus amenazas; ella, con todo, repite
el final de las frases y devuelve las palabras que ha oído.
Pues bien, luego que vio a Narciso vagando por las apartadas
campiñas y se enamoró de él, sigue sus pasos a escondidas,
y cuanto más le sigue, más cerca está la llama en que se abrasa;
no de otro modo que cuando el azufre vivo untado
al extremo de las teas se inflama al contacto de la llama.
¡Cuántas veces quiso acercársele con palabras zalameras
y dirigirle cariñosas súplicas! Su naturaleza se lo impide
y no le permite empezar; pero -eso sí le permite- está presta
para esperar sonidos a los que devolver sus palabras.
Quiso el azar que el zagal, alejado del grupo de sus fieles
compañeros,
gritara: "¿Hay alguien?" y "¡alguien!" respondiera Eco.
Se queda atónito, y, tras dirigir la mirada a todas partes,
grita con voz potente: "¡Ven!"; llama ella a quien la llama.
Se vuelve él a mirar y como nadie venía dijo: "¿Por qué huyes
de mí?", y escuchó tantas palabras como él había pronunciado.
Se detuvo, y engañado por la ilusión de una voz que contesta,
exclama: "¡Aquí, reunámonos!", y Eco, que jamás respondería
con más gusto a ningún otro sonido, "¡unámonos!" repitió;
y secundando sus propias palabras salió de la espesura
y se encaminaba a echar sus brazos al cuello anhelado.
Huye él y mientras huy, "¡quita esas manos, no me abraces!
¡Antes morir -dice- que puedas tu tenerme!"
Ella no repitió más que "¡puedas tu tenerme!" Desdeñada,
se esconde en la espesura y, llena de vergüenza, se cubre
el rostro de ramas y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Y aun así pervive el amor y hasta crece con el dolor del rechazo;
el insomnio y la pena adelgazan el cuerpo de la desdichada,
la demacración arruga su piel y todo el humor corporal se
evapora
por los aires. Sólo su voz y sus huesos quedan; su voz perdura;
los huesos, dicen, adoptaron forma de una piedra.
Desde entonces se oculta en la selva y no se la ve por los montes;
todo el mundo la oye; un sonido es lo que sobrevive de ella.
Así éste la había burlado, así antes a otras ninfas nacidas
en las aguas o en los montes, así la compañía masculina.
Entonces uno de los despreciados, levantando las manos al cielo,
"así ame él, ojalá; así no consiga al objeto de sus deseos",
dijo, y asintió la Ramnusia a la justa súplica.
Había una fuente nada cenagosa, de claras y plateadas aguas,
que ni los pastores ni las cabras que pastan en el monte
habían tocado, ni otro ganado alguno, y que ningún pájaro
ni fiera había enturbiado, ni rama caída de un árbol.
Crecía alrededor la hierba, alimentada por la humedad cercana,
y una espesura que jamás permitirá que aquel paraje se entibie
con el sol.
Aquí vino a tumbarse el zagal, fatigado por la pasión de la caza
y el calor, buscando tanto la belleza del lugar como de la fuente.
Y mientras ansía calmar la sed, nació otra sed; y mientras
bebe, cautivado por el reflejo de la belleza que está viendo,
ama una esperanza sin cuerpo; cree que es cuerpo lo que es agua.
Se extasía ante sí mismo y sin moverse ni mudar el semblante
permanece rígido como una estatua tallada en mármol de Paros.
Apoyado en tierra contempla sus ojos, estrellas gemelas,
sus cabellos, dignos de Baco y dignos de Apolo,
sus mejillas lampiñas, su cuello de marfil, la gracia
de su boca, y el rubor mezclado con nívea blancura,
y admira todo aquello que le hace admirable.
Se desea a sí mismo sin saberlo, elogiando se elogia,
cortejando se corteja, y a la vez que enciende, arde.
¡Cuántas veces dio vanos besos a la fuente engañadora!
¡Cuántas veces sumergió sus brazos para agarrar el cuello
que veía en medio de las aguas y no consiguió cogerse en ellas!
No sabe qué es lo que ve, pero lo que ve le quema,
y la misma ilusión que engaña sus ojos, los excita. Crédulo,
¿para qué intentas en vano atrapar fugitivas imágenes?
Lo que buscas, no existe; lo que amas, apártate y lo perderás.
Esa sombra que estás viendo es el reflejo de tu imagen.
No tiene entidad propia; contigo vino y contigo permanece;
y contigo se alejaría, si tú pudieras alejarte.
Ni la idea de Ceres ni la del sueño pueden arrancarlo
de allí; al contrario, tendido sobre la sombreada hierba,
contempla con ojos insaciables la engañosa imagen,
y se muere por sus propios ojos; e incorporándose un poco,
tendiendo sus brazos a las selvas que le rodean, dice:
"¿Acaso alguien, selvas, amó con mayor sufrimiento? Sin duda
lo sabéis, pues fuisteis para muchos escondrijo oportuno.
¿Acaso, puesto que habéis vivido tantos siglos, recordáis
en todo ese largo tiempo a alguien que se haya consumido así?
Me gusta y lo veo; pero lo que veo y me gusta,
no consigo encontrarlo: tan gran confusión encierra mi amor.
Y para mayor sufrimiento, ni nos separa el ancho mar
ni un largo camino ni montes ni muros con sus puertas cerradas.
Un poco de agua se interpone. Él ansía mi abrazo; porque
cuantas beses alargo besos a las cristalinas aguas, otras tantas
se esfuerza él por juntar sus labios. Creerías que es posible
el contacto; es muy pequeño el obstáculo a nuestro amor.
Quienquiera que seas, sal aquí; ¿por qué, muchacho sin par, me
eludes?
¿Adónde escapas cuando te cortejo? Ni mi porte ni mi edad son
como para que me rehúyas, pues hasta las ninfas me han amado.
Cierta esperanza me prometes con tu semblante amistoso,
y cuando yo te alargo los brazos, tú los alargas también;
cuando te he sonreído, me sonríes; muchas veces he notado
lágrimas en ti, cuando lloro; con tus señas de cabeza respondes
a las mías; y, según puedo conjeturar por el movimiento
de tus hermosos labios, contestas palabras que no llegan
a mis oídos. ¡Ése soy yo! me he dado cuenta; mi reflejo
no me engaña más; ardo en amores de mí mismo; yo provoco
las llamas que sufro. ¿Qué hago? ¿De cortejado o de cortejador?
¿Y cómo voy a cortejar? Lo que ansío está en mí; la riqueza
me ha hecho pobre. ¡Ojalá pudiera separarme de mi cuerpo!
Deseo inaudito en un enamorado, quisiera que lo que amo
estuviera lejos. Pero ya el dolor me quita fuerzas, no me queda
largo tiempo de vida, y en mi primavera muero. Y no es dura
la muerte para mí, pues la muerte aliviará mis penas; éste
al que adoro es quien quisiera que viviera más. Pero ahora
los dos, unidos de corazón, moriremos en un solo aliento."
Dijo, y en su locura tornó a contemplarse la cara,
y con sus lágrimas enturbió la fuente, y al removerse el agua
la imagen se desvaneció. Al verla borrarse, "¿adónde huyes?
Espera, no me abandones, cruel, que yo te amo", gritó,
"que yo al menos pueda contemplar lo queno me es posible
tocar, y dar así pábulo a mi desdichada locura". Y mientras
así se lamenta, rasgó el vestido desde el borde superior,
y se golpeó con sus marmóreas manos el pecho desnudo.
El pecho con los golpes cobró un rubor sonrosado,
tal como suelen las manzanas, que blancas por una parte,
rojean por otra, o como suele la uva aún no madura
tomar un color purpúreo en sus racimos multicolores.
Apenas vio esto en el agua, de nuevo cristalina,
no lo soportó más, sino que, como suele fundirse
la rubia cera a fuego lento, o la escarcha de la mañana
al sol naciente, así se deshace él, consumido por el amor,
y va siendo devorado poco a poco por aquel oculto fuego.
Y ni existe ya aquel color mezcla de blancura y rubor
ni aquel vigor, aquella lozanía, aquellos encantos que poco
antes
le gustaba ver, ni subsiste aquel cuerpo que un día amara Eco.
Con todo, cuando ella lo vio, aunque irritada y resentida,
se compadeció, y cuantas veces el desdichado muchacho decía
¡ay!, ella repetía con sus voces resonadoras ¡ay!, y cuando
aquél se golpeaba los brazos con las manos, también ella
devolvía idéntico sonido de golpes. Sus últimas palabras
al contemplarse una vez más en las aguas fueron éstas:
"¡Ay, muchacho amado en vano!", y otras tantas respondió
el paraje, y al decir adiós, "¡adiós!" dijo también Eco.
Extenuado, dejó caer su cabeza sobre la verde hierba; la muerte
cerró aquellos ojos que admiraban la belleza de su dueño.
Aun entonces, tras ser recibido en la mansión infernal,
seguía contemplándose en la Estige. Le lloraron sus hermanas
las Náyades y ofrendaron a su hermano sus cabellos cortados;
le lloraron las Dríades; a sus lantos responde Eco.
Y ya preparaban la pira, el blandir de antorchas y las andas;
pero el cuerpo no aparecía; en vez de su cuerpo encuentran
una flor amarilla con pétalos blancos alrededor de su cáliz.

* "Metamorfosis", Ovidio

lunes, 9 de febrero de 2009

ORFEO Y EURÍDICE*


Desde allí por el inmenso cielo se aleja Himeneo, cubierto
por un manto azafranado, se dirige hacia la orilla de los Cícones
y en vano es llamado por la voz de Orfeo.
Aquél estuvo, sin duda, presente, pero no llevó ni palabras
solemnes ni rostros alegres ni un augurio favorable.
Incluso la antorcha que sostenía centelleó sin parar con humo
lacrimógeno sin encontrar ningún fuego en sus movimientos.
El desenlace fue peor que el presagio. Pues cuando paseaba
la novia por un prado acompañada de un grupo de Náyades,
murió al sufrir en un tobillo la mordedura de una serpiente.
Después de llorarla mucho el poeta rodopeo hasta las brisas
etéreas y para no dejar de tantear incluso a las sombras,
osó descender hasta la Estige por la puerta del Ténaro;
por entre gente ingrávida y fantasmas que habían recibido
sepultura llegó ante Perséfone y el soberano que domina
los desagradables reinos de las sombras, y, tras pulsar las cuerdas
al ritmo de su canto, dijo así: "¡Divinidades del mundo
situado bajo tierra, al que caemos todo lo que nace mortal,
si es lícito y permitís decir la verdad sin los ambages
de una boca falsa, no he descendido aquí para ver
el tenebroso Tártaro ni para encadenar las tres gargantas,
erizadas de culebras del monstruo meduseo;
el motivo de mi viaje es mi esposa, sobre la que una víbora
al pisarla derramó su veneno y le robó sus prometedores años.
Quise poder soportarlo y no diré que no lo he intentado:
venció el Amor. Este dios es bien conocido en la región de arriba;
si lo es también aquí, lo dudo, pero sospecho que también aquí lo es y,
si el rumor de un antiguo rapto no ha mentido, a vosotros
os unió también Amor. ¡Yo, por estos lugares llenos de miedo,
por este Caos enorme y el silencio de este vasto reino,
os suplico, volved a tejer el destino adelantado de Eurídice!
Todos os somos debidos y, demorándonos algo, antes o después,
nos dirigimos de prisa a una única sede.
Aquí nos encaminamos todos, ésta es la última morada
y vosotros habitáis los reinos más extensos del género humano.
También ésta, cuando cumpla oportunamente los años
que le corresponden, será de vuestro dominio: como regalo pido
su disfrute. Pero, si los hados niegan la venia de mi esposa,
he decidido no regresar: alegraos con la muerte de los dos."
Mientras así decía y movía las cuerdas al son de sus palabras,
lo lloraban las almas sin vida: Tántalo no intentó coger
el agua huidiza, quedó parada la rueda de Ixión,
las aves no arrancaron el hígado, quedaron libres de urnas
las Bélidas, y tú Sísifo, te sentaste en tu propia roca.
Entonces por primera vez, se dice, las mejillas de las Euménides,
vencidas por el canto, se humedecieron de lágrimas; ni la regia
esposa ni quien rige lo más profundo, se atreven a decir que no
a quien suplica y llaman a Eurídice. Estaba ella entre las sombras
recientes y avanzó con paso lento a causa de la herida.
El rodopeo Orfeo la recibió junto con la condición
de no volver hacia atrás sus ojos hasta haber salido
de los valles del Averno o el regalo quedaría sin efecto.
Toman una senda en pendiente a través de mudos silencios,
abrupta, oscura, llena de densa niebla.
Y no llegaron lejos del límite de la parte más alta de la tierra:
allí, temiendo que desfalleciera y ansioso por verla,
volvió el enamorado los ojos, y al punto ella cayó de nuevo y,
extendiendo los brazos y luchando por ser alcanzada y alcanzar,
la desgraciada no coge nada sino las brisas que se escapan.
Y, al morir ya de nuevo, no se quejó para nada
de su esposo (pues ¿de qué se podía quejar sino de ser amada?),
dio el último "adiós" que ya apenas aquél recibió
en sus oídos y de nuevo volvió al mismo lugar.
Orfeo con la doble muerte de su esposa quedó estupefacto
igual que quien temeroso ha visto los tres cuellos del perro,
llevando el del medio las cadenas; a este hombre no le abandonó
el terror antes que su naturaleza anterior, al convertirse en roca
su cuerpo, como Óleno, quien se arrastró a sí mismo al crimen
y quiso pasar por culpable, o como tú, confiada en tu belleza,
desgraciada Letea, corazones muy unidos en otro tiempo,
ahora piedras, que sostiene el húmedo Ida.
.
El barquero había rechazado a Orfeo que suplicaba queriendo
en vano pasar de nuevo; con todo, estuvo sentado siete días
en la orilla, desaliñado, y sin el don de Ceres:
la pena, el dolor de su alma y las lágrimas fueron su alimento.
Tras quejarse de la crueldad de los dioses del Érebo, se retiró
al elevado Ródope y al Hemo, azotado por los Aquilones.
.
Titán había acabado por tercera vez el año que cierran
los acuáticos Peces, y Orfeo había evitado toda relación
femenina, o porque le había ido mal o porque había dado
su palabra; sin embargo, a muchas las dominaba el deseo
de unirse al poeta: muchas se dolieron de verse rechazadas.
Aquél también fue quien indujo a la gende de Tracia
a trasladar el amor a tiernos varones y antes de la juventud
coger la breve primavera de su edad y las primeras flores.
.
* "Metamorfosis" Ovidio