miércoles, 24 de marzo de 2010

LEÓNIDAS ANDRÉIEV - CUENTO



UN SUEÑO

Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.

-No sé qué pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad.

"No me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé -si es que lo soñé- quedó grabado en mi memoria como si en efecto hubiese sucedido.

"Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban transcurriendo.

"Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas... Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban borrando de mi memoria.

"Sólo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.

"En aquel triste atardecer de otoño su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los muros... De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.

"¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente..., pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes bulevares.

"Era una hermosa tarde de invierno, hacía un sol espléndido y todo era animación y ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba las tres y media. «A esta hora -pensé- en Petersburgo empieza a anochecer...». Sentí una súbita inquietud. Había llegado aquella mañana a Moscú con María Nicolayevna llevado por motivos políticos y nos habíamos inscrito en el hotel como marido y mujer. Ella se había quedado sola y, pese que le había indicado que cerrase con llave y no abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran tenderla una trampa. ¡No había tiempo que perder!

"Tomé un coche de punto. Al llegar, subí la escalera a toda prisa y en seguida me vi ante la puerta de nuestra habitación. No habiendo visto la llave en el vestíbulo, pensé que María no había salido. Llamé del modo que habíamos convenido y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr abrir... ¡Nada!

"Sin duda había salido, o de lo contrario algo le había ocurrido. Entonces vi a Vasili, el camarero de nuestro piso.

"-Vasili -le pregunté-. ¿Ha visto usted salir a mi mujer? ¿Ha venido alguien a visitarla?

"El camarero titubeó... ¡Había tanto movimiento en el Hotel!

-¡Ah, sí, ya recuerdo! -dijo, al fin-. La señora ha salido. La he visto guardarse la llave en el bolsillo.

"-¿Iba sola?

"-No. Acompañada por un señor alto con gorro de pieles.

"-¿Ha dejado algún recado?

"-No, Sergio Sergueyevich.

"-No es posible, Vasili, no se debe acordar usted...

"-No. No me ha dicho nada. Tal vez el portero…

"Bajé a la portería seguido por el camarero que se había apercibido de mi inquietud que, por lo demás, no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú y aquel caballero alto del gorro de piel me inspiraba angustiosos recelos.

"Tampoco al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego iba en aumento.

"-¿No recuerda usted en que dirección se han ido?

"-Se han ido en un coche de punto de la parada de enfrente... ¡Mire usted, ese que llega ahora!

"Estábamos en la misma puerta y el portero llamó al cochero.

"-¿A dónde has llevado a los señores?

"-No recuerdo el nombre de la calle... Es una calle muy apartada en la que nunca había estado. El caballero me ha guiado.

"-No te será difícil volver a encontrarla -insistió el portero-, tú no eres un novato.

"-¡Claro que la encontraría! Pero el caballo está tan cansado...

"-Te daré una buena propina -dije para animarle. Logré convencerle. El portero abrió la portezuela y subí al carruaje.

"Estaba ya más tranquilo. Dentro de media hora o una hora, a lo más, estaría en la casa a la que el misterioso caballero había conducido a María. En las calles reinaba gran animación y, aunque no se habían encendido todavía los faroles, las tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito era tan compacto que, de vez en cuando, teníamos que detenernos y entonces sentía yo en la nuca el cálido aliento del caballo del carruaje de atrás.

"De pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me había podido olvidar!... En la plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un verdadero bosque de pinos jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos hombres, envueltos en abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a selva.

"No tardaron en encender los faroles y mi corazón se sintió cada vez más tranquilo. Luego de recorrer varias calles, algunas de las cuales me parecieron muy largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no conocía.

"Al principio, el cochero me iba diciendo los nombres de las calles por las que pasábamos -unos nombres raros que nunca había oído-, pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

"Resulta muy desagradable recorrer de noche una ciudad o un barrio que no se conoce. Cada vez que se dobla una esquina se teme haber penetrado en un callejón sin salida. Debido a que ello me ocurría en Moscú, ciudad que yo creía conocer palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me parecía que, en cada callejuela, me acechaban traiciones y emboscadas.

"Al pensar en María y en el individuo del gorro de pieles me entraban impulsos de echar a correr en su búsqueda. El caballo marchaba muy despacio y, de vez en cuando, volvía sobre sus pasos. Yo contemplaba la espalda inmóvil del cochero y me parecía como si siempre la hubiese estado viendo, como si se tratase de algo inmutable y fatal.

"Los faroles eran cada vez más escasos. Casi no se veían tiendas ni ventanas iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.

"Al doblar una esquina el coche se detuvo.

"-¿Por qué paras? -pregunté al cochero lleno de angustia.

"No contestó. De pronto, hizo volver grupas al caballo de modo tan brusco que por poco me lanza al arroyo.

"-¿Te has perdido?

"-Ya hemos pasado por aquí -repuso tras unos instantes de silencio-. Fíjese usted.

"Me fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel farol junto al montón de nieve, aquella casa de dos pisos... ¡Ya habíamos pasado por allí!

"Aquello fue el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: comenzamos a pasar por calles y callejuelas en las que ya habíamos estado, sin poder salir de aquel laberinto. Luego atravesamos una amplia avenida, alumbradísima y muy animada, por la que ya habíamos pasado. Poco después, volvimos a atravesarla.

"-Deberíamos preguntar a alguien...

"-¿Qué vamos a preguntarles? -contestó secamente el cochero-. Si no sabemos a dónde vamos...

"-Pero tú decías...

"-¡Yo no he dicho nada!

"-Haz por orientarte. Se trata de algo muy importante para mí.

"No contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien metros más en zigzag, dijo:

"-Ya ve usted que hago todo lo posible...

"Por fin alcanzamos una calleja en la que no habíamos estado. El cochero, sin volverse, dijo:

"-¡Ya empiezo a orientarme!

"-¿Llegaremos pronto?

"-No sé.

"Mi suplicio no había concluido. Nos envolvía una densa oscuridad y sólo veíamos interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna iluminada. En una de ellas debía estar María Nicolayevna. Sin duda había caído en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había llevado allí?

"Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche. Ya empezaba a sospechar que estábamos pasando otra vez por las mismas calles, cuando, de pronto, el cochero exclamó:

"-¡Ahí es!

"-¿Dónde?

"-¿Ve usted esa puertecita en la tapia?

"Vi la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos y bajé del coche. Me acerqué a la puerta y estaba cerrada. No había aldaba. Reinaba un profundo silencio.

"Se me doblaron las piernas al preguntarme para qué habrían llevado allí a María.

"Di unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.

"A través de una rendija pude ver un largo sendero que conducía a la escalera de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí había alguien. Algo ocurría. Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus ventanas.

"Enloquecido, empecé a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar.

"-¡Abran!

"Los golpes se fundían en un ruido sordo y continuo que resonaba en toda la calle y me impedía oír mi propia voz.

"Las manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez con más fuerza. La puerta, la tapia, la calle entera trepidaban como un viejo puente al paso de un escuadrón.

"Por fin, una luz débil y amarillenta brilló en una rendija. Temblaron algunas ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se oían voces ahogadas.

"Un profundo temor me embargó. Había algo terrible en aquellas voces, en la luz trémula y débil.

"Los faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de unos instantes, que se me hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de una cerradura y una luz cegadora hirió mis ojos.

"En la puerta estaban... mi carcelero y otro funcionario.

"-¿Qué es esto? -grité-. ¿Qué hace aquí mi carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he llamado?

"Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me miraban asombrados.

"-¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich? -me dijo el carcelero-. Tome el quinqué, ahora le traeré el samovar.

"Tomé el quinqué. Estaba en mi celda."
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viernes, 12 de marzo de 2010

MARGUERITA GUIDACCI - Poemas


TIBURTINA

Más verdadero que tu rostro es su reflejo
en el agua: puesto que lo ves
a través de las ondas que trémulas
lo cubren continuamente, y donde trémulo
también él se descompone y vuelve, idéntico y diverso,
a componerse, volviendo así visible
el flujo en el que siempre estás inmerso,
pero que sólo en este espejo logras distinguir.
El agua te susurra otra verdad:
tus manos, que tantos objetos rozan
y sueltan, están hechas
para aferrar la luz...
Y una tercera: tan sólo lo límpido
contiene intacta la visión. Recuerda
estás tres cosas, y no te hará falta
buscar este antro mío (que es sin embargo puerta de
sapiencia)
y respirar los acres vapores que suben
de las oscuras grietas de la tierra. El río
es mi mejor regalo, y el más puro
lo absorberá mejor - ya sea que te llame
la voz de la fuente secreta
donde se abriga la vertiginosa cuesta
de un gran enredo verde, ya sea que lo sigas
hasta el valle, allí donde la danza
de roca en roca habrá de concluir, y plácido
como de antiguas memorias, se vuelve
el murmullo del agua, y todavía
al cielo que lo enciende
le responde con destellos
más vivaces que la infancia del mundo.

DÉLFICA II
(A Apolo)

Son silenciosos tus pasos, mis ojos
están aún cerrados - sin embargo,
sé que ya vienes, es mi corazón
quien me lo anuncia, al sentir que te acercas.
Y como un prisionero, al que invade
una súbita certeza (sin saber él mismo cómo)
de libertad inminente, inmóvil tras la puerta
de su prisión, con ansia y esperanza,
aguarda que le abran, así yo también
aguardo tras esta puerta en tinieblas,
que irrumpa tu luz serena. Y en cada
celda te aguarda alguna criatura,
vuelta hacia ti, en inconsciente o consciente
plegaria. ¡Oh esplendor del mundo! Fue
la noche vasta Necrópolis, pero tú nos devuelves
la vida: despertamos, resurgimos. Luego
tú tocas ya las cimas del Parnaso
donde reanudan su canto las hijas
de la Memoria. Y desciendes la loma,
lanzas las flechas de tu carcaj de oro,
hasta que todo tu gloria ilumina.
Luego haces que las Fedríadas brillen
como su nombre, y al lejano mar
le das reflejos, y al otro mar, el de olivos.
Rocas, plantas, animales y aguas - todo
es otra vez lo mismo, recobrando
por ti color y forma, porque tú
nos creas nuevamente, para que
un nuevo día crucemos. Donde hubo abandono
hay ahora alegría, más de lo que puedo
decir. Se quedan cortas mis palabras,
cuando el afecto las inunda. Pero
recorrerá mi silencio tu viento
iluminado como una arboleda.
Y pensamientos, presagios, vaticinios
a un gesto tuyo, como una bandada
de pájaros, alegre, surgirán
de sus nidos secretos.

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Traducción de Fernando Pérez Villalón

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jueves, 4 de marzo de 2010

EMILIO LLEDÓ


Escrito por Lledó con motivo del Congreso Virtual de la Lengua Española Babelia que se lleva a cabo desde el 1 hasta el 5 de marzo.


Cuando me propusieron la intervención en este acto estuve dudando no sólo en aceptar tal intervención, sino en qué tema abordar que pudiera servir en una ocasión como ésta. Salí de dudas al encontrar mi nombre, en algunos medios de comunicación, acompañado del adjetivo “filósofo”. Tengo tanto respeto por tan sonora palabra que me parecía excesivo y un no sé si anacrónico semejante epíteto. ¡Qué más quisiéramos que ser filósofos, sabios, inteligentes, conocedores de lo que verdaderamente importa en la vida, de la trama que teje nuestros intereses, nuestros deseos y pasiones, nuestras elecciones y rechazos, nuestras verdades y mentiras!

Solo soy un profesor de Filosofía que ha creído siempre que es el espejo del lenguaje el lugar donde anida y vuela el conocimiento. Intentaré, pues, cumplir, una vez más, con su oficio en una breve reflexión sobre uno de los aspectos de la comunicación y las palabras.

1.- La filosofía, como es sabido, se inició con el asombro –thaumasía-. Una extrañeza ante el mundo que los seres humanos intentaban comprender, asimilar, decir. Un asombro provocado por la experiencia de vivir, de sentir y, al mismo tiempo, por conocer el significado de todo aquello que rodeaba cada existencia. También el significado de las palabras. Por ello fue la filología el descubrimiento de la diferencia entre lo que decimos y lo que queremos decir

El asombro implicó una distancia, una lejanía de todo lo que nos asombraba. Y esa distancia creada por la necesidad del “todavía no saber”, ese maravilloso dominio de abstracciones, dio lugar a la theoría. Teoría significó mirada, visión, que requería ser interpretada, ser dicha. El hallazgo de ese dominio que se extendía desde nuestros sentidos, nuestros ojos, hasta el posible objeto real del que desconocíamos su significado creó el lugar teórico donde se fundó la cultura, la paideía; el campo donde floreció el universo del lenguaje.

Un territorio intermedio que construido por el asombro y la pasión de conocimiento, acabó consolidándose en palabras, origen de comunicación y solidaridad. Ese despertar al saber, al decir; ese nacimiento al espacio ideal del lenguaje, estableció el exclusivo principio de la humanización. Una humanización que fue incorporando el inmenso continente de lo que decíamos sobre el mundo, y en el que ese decir iba entrando en nuestra alma que “es todas las cosas”, - según la expresión de “los primeros que filosofaron- y que puede “decir todas las cosas”. Un decir que se asentó en cada individuo y que, muchas veces, aun sin ser consciente de ello, le hizo estar en la realidad, construir la realidad y, de paso, construirse a sí mismo.

Tan profundamente forja nuestra personalidad que aquello que es “cultura”, invento de los seres humanos impulsados por la necesidad de convivencia y comunicación, ha llegado a rebajarse, de nuevo, a simple naturaleza, a un organismo que nos alienta y mantiene con la misma precisión soledad e inconsciencia con que nos sustenta nuestro cuerpo. Una sorprendente paradoja: Lo que es fruto y tejido de la memoria puede ser también el oscuro, infinito desierto del olvido.

2.- Al comienzo de su libro Sobre la diversidad del lenguaje humano y su influencia en el desarrollo espiritual de la humanidad”, Guillermo de Humboldt hizo una observación que me parece oportuna recordar.

El texto de Humboldt dice así: El lenguaje es: la fuerza del espíritu humano que se ha manifestado a lo largo de milenios… Y su manifestación es el objetivo supremo de ese movimiento espiritual, la idea suprema que la historia universal ha de ir sacando a la luz. Pues esta elevación o ensanchamiento de la existencia interior es lo único que el individuo puede tener por patrimonio indestructible en la medida en que participe de ello, y es para la nación lo que infaliblemente hará que nazcan y se desarrollen en ella las grandes personalidades. Se trata pues de una elevación (Erhöhung) y, sobre todo, de un ensanchamiento (Erweiterung), de una ampliación de la existencia personal que nos indica un nuevo y habitable espacio. Más allá de la vida de la naturaleza que nos identifica con los demás mamíferos, hay otro impulso, otra energía, que eleva y transforma nuestro originario estar. Y esa transformación sobreviene y palpita en el lenguaje y en el uso que aprendemos a hacer de él. No sólo estamos en el cálido cobijo del espacio, sino que habitamos en el tiempo no medido de las palabras. La “existencia interior” a la que Humboldt se refiere exige siempre ser recobrada, ser vivida desde el fondo de cada consciencia personal, de cada lenguaje. La necesidad de saber, de interpretar, requiere también mantenerse despierto a la luz de la reflexión para no sucumbir ante la opresión de las frases hechas, de los conceptos resbalados por nuestra mente, recorridos por la ignorancia y la sumisión, alojados en el lenguaje de los otros, de quienes, no nos “hacen” hablar, sino que pervierten y aniquilan la capacidad de entender.

3.- Un animal que habla, decía la luminosa y certera definición aristotélica. Ese hablar consistía en un “aire semántico” –phoné semantike-, en un soplo cargado de sentido y que articulado en nuestra boca no sólo es capaz de señalar el mundo, de decirlo y, en cierto sentido, de crearlo, sino de “sentirnos” con los demás, de amistarnos con los otros. Esta comunicación permitió, entre otras cosas, inventar la solidaridad, inventar la ciudad, inventar la cultura.

Pero el lenguaje, el pensamiento que lo articulaba y pronunciaba, se fue haciendo en el espacio de la Polis, al aire de las tensiones que expresaban sus luchas, sus intereses y sus dominios. No es extraño, pues, que una parte de los contenidos de esas palabras, que no sólo señalaban las cosas del mundo sino las proyecciones e interpretaciones que volcábamos sobre él, se convirtieran muchas veces en objetos ideales endurecidos por las diversas formas de oligarquías que inyectaban la ideología de sus particulares conquistas.

Un momento esencial por hacer fluir las palabras endurecidas en el uso de quienes tenían el privilegio de hablarlas, fue la revolución que, en Grecia, puso en marcha el movimiento de los sofistas. El lenguaje se convierte, en virtud de la crítica que sobre las palabras ejercitaron aquellos profesores ambulantes, en objeto de reflexión donde a través de las preguntas hechas al tejido que enhebra los significados, levantamos y aireamos esa inercia semántica que se había ido cuajando al uso de los prejuicios de sus usuarios. El inmóvil espejo de las palabras convertido así en un río desde cuyas orillas la mirada ve discurrir las imágenes de la vida, los sentimientos, las pasiones, los deseos, los sueños que, en cada instante, determinan la posibilidad, la libertad de existir.

4.- Mirar el presente del lenguaje en el territorio vivo de la polis, de la ciudad, es dejar que palpite la vida en la experiencia y espíritu de las palabras. Y ese palpitar lo encontramos allí donde se paraliza el curso de tiempo en el surco de la escritura. La palabra escrita impedirá que la annorum series et fuga temporum, como anunciaba el verso del poeta latino. se evapore como pura oralidad, surgida de la individual memoria –el saber previo de las palabras- y se esfume en el tiempo mismo de su expresión. El receptor entiende la palabra dicha porque se encaja en la propia memoria que es, en realidad, el lugar del ser, el dominio del Logos. Pero ambos, tanto el que habla como el que escucha están desapareciendo atravesados por el hilo invisible de los instantes, de cada instante. Como es sabido, en el Fedro de Platón se discute si las letras no serán el fármaco contra el olvido según Theuth dice al rey de Egipto Thamus, sino como éste sostiene: Las letras producirán el olvido en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria (personal), ya que fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos…las palabras ruedan por la historia, tanto entre los que saben .. como entre los que no les importa saber lo que significan de verdad. Por ello, concluye Sócrates, hay que crear un lenguaje que tenga fundamento, que haga fondo en el alma y sea capaz de defenderse a sí mismo, sabiendo con quienes hablar y ante quienes callar, o mejor, qué dice ese lenguaje, qué oculta y quienes lo ocultan.

5.- Una buena parte de la filosofía del lenguaje de Humboldt y del romanticismo alemán renueva esos orígenes en donde se descubre, con asombro, el sentido del logos. Porque en un mundo donde los medios de comunicación se han convertido en una especie de atmosfera ideal en la que nos deslizamos y donde la supuesta facilidad de información acaba saturando, diluyendo, el tiempo que tenemos para entender, urge alcanzar la luz que brilla a la salida de la caverna.

Recuerdo la simbología inagotable de aquella inmensa metáfora en el libro VII de la Republica de Platón y en la que se expresa la estructura del conocimiento y su lenguaje. En el famoso”mito de la caverna” hay, como es sabido, unos prisioneros mirando siempre al fondo de esa gruta en la que ven una deformación de la realidad y del lenguaje que la dice. Detrás de ellos, las sombras de la caverna y una hoguera, siempre encendida, que les proyecta imágenes de una misteriosa procesión de objetos arrastrados por ignorantes porteadores. No pueden advertir la tramoya, el tinglado de sombras construido a sus espaldas. Creen que lo que ven es lo que hay, que las sombras son las cosas. En lugar, pues, de ese peso, esa textura de la materia que tocamos y acariciamos con nuestras manos; - manos que como afirmaba el viejo filósofo presocrático fueron las creadoras y moldeadoras del pensamiento- sólo podemos mirar sin ver, observar sin saber, acatar sin liberar. Una mirada vacía porque no interpreta, no entiende. Si uno de esos prisioneros fuera liberado y pudiese ascender hacia la luz del sol que brilla a la salida, podría descubrir el engaño y gozar de la verdadera realidad que la verdadera luz ilumina. Un símbolo certero de la existencia. Encerrados, nacidos en el fondo de un lenguaje materno, que alimenta la realidad sobre la que crecemos y que nos va abriendo, paso a paso, al aprendizaje de los objetos, de los significados, podemos habituarnos de tal manera a su uso que acabemos sumergiéndonos, naufragando, en él. En ese escenario mediático que hoy nos amarra, el fondo de la caverna se ha hecho infinito: casi todo puede verse en él, proyectarse en él, oírse en él. Por eso, más que nunca, es preciso el rescate de los prisioneros desde el escenario mismo de las palabras que a pesar de la oscuridad inicial a la que nos hemos acostumbrado, son fuente de posibilidad y primer sendero de liberación.

6.- Esa liberación ocurre cuando sabemos arrancar de la siempre fecunda lengua materna, la voz singular, la palabra propia, la lengua matriz que, realmente, nos humaniza. Porque nacer en una lengua es un azar del que apenas somos responsables: Un hecho casual en el que no hemos intervenido. Nadie puede enorgullecerse de un lenguaje que, sin duda nos nutre, pero la habitación, la casa que en él nos acoge es un simple y azaroso alquiler. Heidegger, en una frase brillante, repetida hasta la saciedad, había dicho que el lenguaje es la “casa del ser”. Pero la casa necesita ser habitada, ser vivida. Y la vida consiste en la transformación de esa morada en vivienda, de esa lengua materna en lengua matriz. Una lengua personal, hecha por nosotros mismos, por nuestra “mismidad”, iluminada por nuestra experiencia y nuestra singular recepción e interpretación. Sólo si aprendemos a construir esa lengua que somos, empezamos a entrar en el verdadero territorio humano, en el territorio de la libertad. De esta lengua matriz sí que somos responsables, de esa lengua que nos habla, que nos convierte en habla. Una lengua que encarna en nuestra pequeña vida individual la larga experiencia de la decencia y la areté que había soñado el filósofo griego como ideal de los seres humanos. Habla para que te conozca y sepa quien eres.

7.- No puedo por menos de recobrar otro texto clásico, muchos siglos antes de que se expresase el verdadero territorio de la cultura: Ese “ser interior” que va a forjar la consciencia y la existencia humana. En la Política de Aristóteles hay un pasaje que la ya larga tradición y recepción no ha podido desgastar: La razón por la que el hombre es más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es signo del dolor y del placer y por eso la tienen también los demás animales, pues su naturaleza alcanza a tener sentido de dolor y de placer y significárselo unos a otros, pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañino, lo justo y lo injusto, y es exclusivo del hombre frente a los demás animales, el tener el sólo el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la casa y la ciudad. (Política, I, 1253ª10-18)

La voz que expresa el dolor y el placer del cuerpo tiene, en los seres humanos, otra función más importante que la de descubrir el estado de su propia corporeidad. La cultura griega atisbó el horizonte en el que se forjaba una original misión. Una misión difícil, pero nada utópica porque en su cumplimiento se realizaba ese “ideal de la humanidad” al que Humboldt se refería.

Aquello, pues, que hace posible la cultura, la ciudadanía, la convivencia entre los hombres, la amistad no es sino un juego de fuerzas entre esos principios opuestos del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto. El texto aristotélico afirma que es exclusivo del hombre el experimentar su existencia ante el horizonte de esas aparentes oposiciones. Aparentes porque a la esencia misma de la realidad no le es consustancial lo que, en principio, la destruye. El orden del universo, la armonía de las estrellas, el ritmo coherente de los latidos de nuestro corazón son muestra de una “bondad” de la naturaleza que mide y acompasa la organización de la existencia, el organismo de la vida. La cultura que señalaba el mundo con las palabras inventó otra serie de elementos que configuran ese espacio intermedio entre la naturaleza y la mente. Un espacio necesario como aquellos elementos, el agua, el aire, la tierra ante los que se asombraron los primeros filósofos

8.- En este momento aparece, en el lenguaje, un universo ético donde se configuran los ideales, los sueños y, tal vez, las utopías del existir. Los seres humanos comenzaron a buscar, en sus formas de indicar la realidad, una perspectiva en la que además se configuraran otros elementos tan sustanciales como el agua o la tierra, y que sirvieran para fundar las estructuras que marcaban el convivir.

En el fondo era un problema de amistad, de concordia, que llevaba en las entrañas de la comunicación las semillas que la hacían posible. Había, pues que buscar la armonía de tensiones opuestas como la del arco y la lira (Heráclito, frag. 51). Porque la physis que era organismo coherente y consonante mostraba, en el marco de la sociedad, una tensión que también había descubierto el filósofo de la “armonía de los contrarios” La guerra es el padre de todas las cosas, el rey de todo; a unos le hace dioses y a otros hombres, a unos les hace esclavos y a otros libres (Frag. 53) Esa lucha no parecía ser siempre contra los otros, por el conflicto que origina la defensa de la propia naturaleza, de la vida individual, sino en lo que Humboldt había llamado la búsqueda y la tensión hacia la “existencia interior”.

Un impresionante texto de las Leyes de Platón expresa, comenta y remedia esas tensiones: Lo que la mayoría de las gentes llaman paz no es más que un nombre y en realidad hay por naturaleza una guerra perpetua y no declarada de cada ciudad contra todas las demás…¿Y acaso siendo eso verdad de las ciudades con respecto a otras ciudades lo es también de una aldea contra otra aldea y una casa respecto a otra casa y de un hombre respecto a otro hombre …y uno mismo con respecto a si mismo ha de considerarse también como enemigo?

La respuesta de Clinias a su compañero ateniense es sobrecogedora: todos los hombres son pública o privadamente enemigo de todos los demás y cada uno también enemigo de sí mismo. (I,626a2,ss.) Pero inmediatamente encontramos en la Paideía, en la educación, el remedio para tanta derrota. (I, 626e; I, 643d-644a) Y esa educación, consiste, esencialmente, en un cultivo, una cultura de las palabras, de lo que sentimos y pensamos, de lo que enriquece la sensibilidad y el entendimiento.

9.- El lenguaje tiene en sus estructuras unos “principios” (stoicheiai) más teóricos que los que sostienen a la naturaleza, pero no, por ello, menos fundamentales: la verdad, el bien, la belleza, la justicia representan, entre otros conceptos, los hilos que tejen el tapiz donde se hace presente el “ideal de la humanidad”.

Es cierto que ese ideal puede parecer utópico; pero utópico no quiere decir inalcanzable, sino lejano, arduo, lleno de dificultades; y nunca imposible. Porque si lo fuera no habrían llegado los hombres a descubrir esas palabras, a desearlas, a soñarlas, a idearlas. La existencia de ese lenguaje fundamental y fundador señala una nueva forma de globalización que latía, desde su origen, en el seno de las palabras. A través de ese horizonte se vislumbra ya una función consustancial a la comunicación. No podía funcionar relación personal alguna si, en el espacio de la sociedad, no existían estructuras semánticas que hermanasen el campo verbal donde la verdad o el bien se asientan.

10.-En la cultura griega apareció el término spoudaios, el “hombre decente”, el que se considera “amigo de sí mismo” porque puede mirar, sin avergonzarse en su mismidad y encuentra en ella el limpio reflejo de las otras mismidades con las que amistarse. Una amistad que encarna en la praxis individual el ideal de las palabras esenciales. La areté, y el hombre decente y justo son la medida de todas las cosas y ello es posible porque quiere preservar aquella parte suya con la que piensa. Porque la existencia, (el latido de la vida), es un bien para el hombre decente y todo hombre quiere para él) el bien y a condición de volverse otro nadie querría tenerlo todo…, sino siendo lo que es y parece que el ser de cada uno consisten en el pensar. (Aristóteles E.N. IX 1166ª 1 sgs) Un pensamiento que no es sino la infinita articulación que crea el lenguaje y el mundo de la mirada mental. Un mundo que a través de la educación en las palabras, en los conceptos que las alimentan, es capaz de convertir esos elementos conceptuales de la verdad o el bien en el auténtico estímulo del vivir.

El lenguaje no es sólo un medio de comunicación, sino un mundo por conquistar cada día a la luz de ese ideal ético que convierte a la existencia humana, a pesar de todas las violencias y adversidades, en una empresa gozosa, en un asombroso destino. En la lengua española de los últimos decenios, hizo fortuna la brillante expresión orteguiana: “Yo soy yo y mi circunstancia”. En nuestros tiempos, pienso que la frase ha quedado demasiado alejada del espacio donde se entreteje el Yo: La proyección hacia la intimidad, hacia la peculiar y singular identidad. Tal vez podríamos modular la conocida tesis afirmando: Yo soy yo y mi lenguaje. Yo soy lenguaje. Unas manos etéreas, hechas de prejuicios, de egoísmos, de oscuridad y luz, de veracidad y falsedad. La educación en ese lenguaje que nos constituye, puede servirnos para iluminar la realidad, para vivir, para llegar a ser, para deber ser.