jueves, 31 de julio de 2008

Gonzalo Rojas - PERDÍ MI JUVENTUD



Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina de placer, mi pobre novia
reventada en el baile.


Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundos,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.


Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.


Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.


Allí, bella entre todas,
reínabas para mí sobre las nubes
de la miseria.


A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.


Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.


Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos,
que copiaban en vano tu hermosura.


Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.


No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

martes, 29 de julio de 2008

LAS VIRTUDES DIONISÍACAS - Roger Caillois


Parece que en la medida precisa en que el espíritu se impone una disciplina muy estrecha y leyes al menos muy severas, debe llevar una cuenta equivalente de los excesos, y perturbarse por su existencia misma, porque nunca tiene certeza de no experimentar por ellos tentación o remordimiento. Puede, en privado, mantenerse constantemente en el límite y conservar siempre el control más exacto de sus anticipaciones instintivas o, en público, restringir el ejercicio de sus facultades a la formulación de evidencias y no propagar más de lo expresable y lo definido, no avanzar más que en el terreno completamente conquistado, asimilado, y no proponer nada que no se pueda justificar y que no sea parte inalienable del sistema. El poder que dicha austeridad procura al espíritu que la adopta es propiamente, por derecho, sin medida. En efecto, este espíritu adquiere para sí gracias a ella una cohesión tal que se convierte en inexpugnable, a la manera de un ejército en el que cada elemento táctico, en cada punto, se beneficia de la fuerza indivisa de la totalidad de los efectivos. No deja por ello de sentir la constante solicitación de los excesos. Todavía más, un espíritu tan maniatado debe ser con seguridad para ellos una presa peor defendida, porque es de las que se arrebatan en su totalidad. Lo que ocurre es que dicho espíritu está demasiado unificado como para dividirse y encenderse en parte en el momento del vértigo: es inconcebible que no permanezca igual de entero en el espasmo que en el cálculo. En el espíritu, tan dispuesto a uno como entregado al otro, es como si la distención fuera tan explosiva sólo para proseguir una tensión demasiado severa.

La ebriedad, por lo demás, se manifiesta como estado total y se extiende , virtualmente al menos, sobre toda la gama de las actividades del ser, puesto que todas consienten y callan en el momento en el que se excita sólo una. Al agregar la semi-ebriedad de la lucidez superior, de la que hablaba Baudelaire, a las que distingue Nietzche, es decir, a las tres ebriedades de los licores fuertes, del amor y la crueldad, se percibe fácilmente que no existe punto alguno en el que el éxtasis no pueda asentarse sin que, sin embargo, la sensación extrema de poder que lo caracteriza deje de permanecer idéntica a sí misma. Cualesquiera sean los efectos íntimos, sea cual fuere el valor con que se los juzgue, es seguro que transportan a los individuos (salvo, en cierto sentido, algunos tóxicos paralizantes que les procuran por otra parte un sentimiento de superioridad intensa y calma, aunque de orden contemplativo) y les comunican una impresión de máximo de ser que les hace preferir esos extraños instantes que están muy pronto impacientes por repetir para el resto de sus vidas.

De este modo, y además de que interesen al individuo en lo más imprescriptible de sí mismo, los diversos excesos parecen constituir para él naturalmente un estado violento en relación con la sociedad, y quizás parecen ser testimonio de una cierta dificultad pr su parte para adaptarse a la vida colectiva. He aquí incluso una oposición, y quizás no sea menor, entre los excesos y la inteligencia: el destino imperialista de esta última y la desdeñosa resignación de las primeras para exaltarse marginalmente y para sí mismas.

Sin embargo, la historia da a pensar que esta oposición no conlleva ningún carácter absoluto: en la medida en que la sociedad no sabe hacer lugar a las fuerzas dionisíacas, en la medida en que desconfía de ellas y las persigue en lugar de integrarlas, el ser se encuentra reducido a tomar, a pesar de la sociedad, las satisfacciones que debería recibir de ella solamente. El valor esencial del dionisismo residía, en efecto, en ese punto preciso en el que reunía al ser socializándolo por medio de aquello que lo separaba cuando su goce era individual. Mejor todavía, hacía de la participación en el éxtasis y de la aprehensión en común de lo sagrado el único cemento de la colectividad que fundaba, pues en oposición a los cultos locales cerrados de las ciudades, los misterios de Dioniso eran abiertos y universales. De este modo colocaban en el centro del organismo social las turbulencias soberanas que, descompuestas, serán luego acorraladas por la sociedad en los vagos terrenos de la periferia de su estructura, donde arroja todo aquello que la pone en riesgo de disgregarse*. Este movimiento representa nada menos que la más profunda de las revoluciones y no es indiferente que el dionisismo haya coincidido con la presión de los elementos rurales contra el patriciado urbano, y que la difusión de los cultos infernales a expensas de la religión urania haya sido impulsada por la victoria de las capas populares sobre las aristocracias tradicionales. Al mismo tiempo, los valores cambiaban de signo; los polos de lo sagrado, lo innoble y lo santo se permutan. Lo que era marginal -con el descrédito tan interesante del término- se convierte en constitutivo del orden, y en cierto sentido nodal: lo asocial (lo que parecía asocial) reúne las energías colectivas, las cristaliza, las conmociona, y se revela como fuerza de sobresocialización.

Es suficiente con este vistazo para poder valerse de la expresión virtudes dionisíacas, entendiendo por virtud lo que une, y por vicio, lo que disuelve. Porque basta con que una colectividad haya podido encontrar en ellas su clivaje afectivo y haya podido fundar la solidaridad de sus miembros solamente sobre ellas, a exclusión de toda predeterminación local, histórica, racial o lingüística**, para asegurar, entre aquellos a quienes ellas solicitan, la convicción de que dichas virtudes se ven vejadas injustamente en una sociedad que quiere ignorarlas y que no sabe reducirlas, para darle el gusto y mostrarles la posibilidad de agruparse en una formación orgánica inasimilabre e irreductible, para hacer más firme por fin su resolución de recurrir a esta estrategia que siempre se ofrece.


* De hecho, en Roma las bacanales fueron prohibidas a la vez por ser contrarias a las costumbres y por atentar contra la seguridad del Estado. En Grecia, Las Bacantes de Eurípides, documento cuyo uso, por otra parte, es extremadamente delicado, muestra suficientemente que la difusión del culto dionisíaco no se llevó a cabo sin lucha contra los poderes establecidos.

**Sería preciso remitirnos en relación con este punto a toda una sociología de las cofradías, degraciadamente poco desarrollada todavía. Es necesario señalar dos carácteres: las cofradías existen como estructura fuerte en un medio social laxo. Se forman sustituyendo las determinaciones de hecho sobre las que reposa la cohesión de ese medio (nacimiento, etcétera), por la libre elección consagrada por medio de una suerte de iniciación y de agregación solemne al grupo, y tienden a considerar este parentesco adquirido como equivalente al parentesco de sangre (de allí la constante apelación de hermano entre los adeptos), lo que convierte el lazo así creado en más fuerte que cualquier otro, y le asegura la preferencia en caso de conflicto.

domingo, 27 de julio de 2008

SOL Y CARNE - RIMBAUD

Arthur Rimbaud



I
El sol, como un hogar de ternura y de vida
Vierte su amor ardiente en la tierra encantada,
Y uno se siente en el valle, cuando acostado está
Cuán nubil es la tierra, rebosante de sangre;
Que, henchido por un alma, su inmenso seno es
De amor como el de un dios, de carne cual mujer,
Y que, grávido, encierra, de rayos y savia,
¡El inmenso hormigueo de todos los embriones!
¡Todo crece y asciende!
- ¡Oh Venus, o gran Diosa!
Yo añoro aquellos tiempos de antigua juventud,
De sátiros lascivos, de faunos animales,
Dioses que por amor mordían la corteza
De las ramas ¡besando a la Ninja en nenúfares!
Añoro aquellos tiempos que la savia del mundo,
Agua del río, sangre rosa de árboles verdes,
¡Levantaban un mundo en las venas de Pan!
Verde palpitaba el suelo, allí bajo pies caprinos;
Sus labios, besando suaves la nítida siringa,
Bajo el cielo modulan un gran himno de amor;
Erguido en la llanura, escuchaba su torno,
A su llamada la viva Naturaleza responde;
Y arboles mudos mecen al pájaro que canta,
La tierra acuna al hombre, y al océano azul,
¡Los animales, todos, aman, se aman en Dios!
Yo añoro aquellos tiempos, cuando la gran Cibeles,
Cuentan que recorría, gigantescamente bella,
Sobre un carro de bronce, espléndidas ciudades;
Sus senos derramando, en las inmensidades,
Fluyente chorro puro de la vida infinita.
Y de su pecho bendito, feliz, el hombre mamaba,
Como si fuera un niño, jugando en sus rodillas.
-Y al ser fuerte aquel Hombre, era casto, era dulce
¡Qué miseria! Ahora dice: yo conozco las cosas;
Y ahora va, bien cerrados los ojos, los oídos.
-Y sin embargo, ¡ya no hay Dios! ¡Ya no hay Dios!
¡Hombre rey!
Y aunque el Hombre ya es Dios, no hay otra fe que amor;
¡Ah! si ese hombre aún bebiera de tus pechos,
Gran madre de los dioses, Cibeles, y de hombres;
Si a la inmortal Astarté no hubiese abandonado,
Quien antaño, emergiendo de la gran claridad,
De las olas azules, flor carnal perfumada,
Mostró su ombligo rosa nevado por la espuma,
E hizo cantar, con sus ojos negros, victoriosos,
¡Al ruiseñor en el bosque, al amor en los corazones!
II
¡Creo en ti! ¡Yo creo en ti! Madre divina,
Afrodita marina -¡Oh!, amargo es el camino,
Desde que el otro Dios nos ató a su cruz;
Carne, Mármol, Flor, Venus, en vosotros yo creo.
-Sí, el Hombre es triste y feo, triste bajo ancho cielo.
Y porque ya no es casto, tiene que vestir ropas,
Pues su orgulloso busto de Dios ya ha profanado,
Y así ha empequeñecido, como ídolo en el fuego,
¡Su propio cuerpo Olímpico en sucias servidumbres!
Incluso tras la muerte, en esqueletos pálidos,
¡Vivir quiere, insultando la belleza primera!
-Y el ídolo en que pusiste tanta virginidad,
La mujer, donde el barro así divinizaste,
Para que su alma el Hombre pudiera iluminar
Y así ascender despacio, en un inmenso amor,
¡La mujer ya no sabe ni siquiera ser puta!
-Bonita farsa ésta, donde el mundo se ríe
¡Del dulce y sacro nombre de la hermosa gran Venus!
III
¡Si los tiempos volvieran, esos tiempos que fueron!
-¡ Pues el Hombre ha muerto, todo lo interpretó!
Cansado, a pleno día, de derribar los Ídolos,
Libre de todos los Dioses, vendrá a resucitar,
¡Y al ser del cielo, cielos escrutará!
Y el pensamiento ideal, invencible y eterno,
Y todo el Dios que vive bajo carnal arcilla
¡Subirá! ¡Subirá! ¡En su frente arderá!
Y cuando el horizonte lo veas sondear,
Despreciando los yugos, y libre de temores,
¡Tú vendrás para darle la santa Redención!
-Espléndido, radiante, dentro de grandes mares,
Surgirás arrojando sobre el ancho universo,
¡El amor infinito con sonrisa infinita!
¡El mundo vibrará como una inmensa lira!
¡Con los temblores mismos de un infinito besoo!
-Sed de amor tiene el mundo: tú vendrás a saciarlo.
¡El Hombre ha levantado su testa altiva y libre!
Y el rayo repentino de hermosura primera
¡Hace que Dios palpite en el altar carnal!
Feliz del bien de ahora, pálido por el mal
Que ha sufrido, el Hombre quiere todo saber.
¡Y esa cabalgadura, el Pensar oprimido,
Se desboca en su frente! ¡Y él sabrá por qué!
Y si ella salta libre ¡la Fe vendrá hasta el Hombre!
-¿Por qué ese mundo azul y ese espacio insondable?
¿Por qué los astros de oro como arena hormiguean?
Si subiéramos siempre, de arriba, ¿qué veríamos?
¿Un pastor conduciendo este inmenso rebaño.
O mundos dirigidos al horror del espacio?
Y todos esos mundos que el vasto éter abraza,
¿Vibran con los acentos de una voz sempiterna?
-Y el Hombre, ¿puede ver? ¿puede decir: yo creo?
¿Acaso es más que un sueño la voz del pensamiento?
Si el hombre nace pronto, si la vida es tan breve,
¿De dónde viene? ¿Se hunde en el profundo océano
De Gérmenes y Fetos, de Embriones, en el fondo
De ese inmenso Crisol, donde Naturaleza
Le resucitará, viviente criatura,
Para amar en la rosa y crecer entre los trigos?
¡No podemos saber! ¡Y hemos sucumbido,
Bajo manto ignorante, bajo estrechas quimeras!
Manos de hombres caídos de las vulvas maternas,
Y nuestra razón pálida esconde el infinito
Y queremos mirar; -¡la Duda nos castiga!
La Duda, triste pájaro, con su ala nos golpea...
-¡Y el horizonte huye en una eterna huida!...
¡Abierto queda el cielo! Los misterios han muerto,
Ante el hombre, de pie, con los brazos cruzados,
¡En el gran esplendor de la rica natura!
Canta; ...y el bosque canta, y hasta el río murmura,
¡Una canción feliz que asciende a pleno día!...
-¡El Amor que Redime, amor y redención!
IV
¡Oh esplendor de la carne! ¡Oh esplendor ideal!
¡Oh el amor renovado! ¡Oh la aurora triunfal!
Donde, poniendo a sus pies a Héroes y Dioses,
Calipigia la blanca y Eros diminuto,
Rozarán, ya cubiertos por la nieve de rosas,
¡Las flores y mujeres bajo sus pies nacidos!
-Oh Ariadna la grande, que arrojas tus sollozos
En la orilla, mirando huir, allá sobre el agua,
Tan blanca bajo el sol, la vela de Teseo,
Oh suave virgen niña que una noche ha quebrado,
¡Calla! En su carro de oro bordado de racimos,
Lisios que se pasea entre los campos Frigios
Sobre tigres lascivos y panteras rojizas,
Enrojeciendo musgos sobre ríos azules.
-Sobre su cuello de Toro, como a niña, Zeus acuna,
De Europa el cuerpo desnudo, con su brazo
Sobre el cuellos del Dios, que tiembla entre las olas.
Él vuelve lentamente su mirada hacia ella,
Que abandona su mejilla, tan florecida y pálida,
En la frente de Zeus; ojos cerrados; muere
En un beso divino, la ola que murmura,
Con su espuma de oro florece sus cabellos.
-Entre aquellas adelfas y escandalosos lotos,
Con amor se desliza gran Cisne soñador,
Mientras abraza a Leda con sus alas tan blancas;
-Y mientras Cipris pasa, extrañamente hermosa,
Arqueando las curvas de caderas espléndidas,
Despliega con orgullo sus amplios senos de oro,
Y su vientre nevado, negro musgo bordado,
-Hércules, el Domador, como un trofeo, fuerte,
Ciñe su vasto cuerpo cuerpo con la piel del león,
¡Y avanza al horizonte, frente terrible y suave!
Por la luna de estío, iluminada y vaga,
De pie, desnuda, y sueña, su palidez dorada,
Que mancha la cascada de su azul cabellera,
En el claro sombrío con musgos estrellados,
La Driada contempla el cielo silencioso...
-Y la blanca Selene deja flotar su velo,
Temerosa, a los pies del hermoso Endimión,
Y su beso le arroja, con pálido destello...
-La fuente llora lejos en un éxtasis largo
Es la Ninfa que sueña, acodada en su ánfora,
Con blanco y bello joven que su onda estrechó.
-Una brisa de amor ha pasado en la noche,
Y en los bosques sagrados, al horror de los árboles,
De pie y majestuosos, esos sombríos Mármoles,
Dioses en cuya frente el Pardillo anidó,
-¡Al Hombre como al Mundo, infinitos, escuchan!

jueves, 17 de julio de 2008

WINETTGONÍA - PABLO DE ROKHA

Compararía a una bandada de queltehues picoteando la aurora nuestro querido y viejo hogar de antaño, a la guinda húmeda de amaneceres con rocío tu actitud, y a los veranos con pájaros ensangrentados de sol gozoso y racimos de uva partidos, a la tórtola gris de acero, que tajea como espada la atmósfera sonora y copiosa de luz inmarcesible o al clavel negro del pidén en los esteros, tu gran ternura melancólica; hoy luchando con el animal del destino, mar afuera entre las quillas y las ruinas de los barcos náufragos, haciendo lo horrendo de morderme las entrañas para alimentarme, ¿quién me va a consolar jamás, cuando no quiero más que el ser irremediable, y extraer de él la sustancia desesperada de la espantosa alegría estupenda de poder llorarte, construyendo un monumento al dolor humano, con sudor y terror acumulado?
Pálidos como pájaros de abril, huyeron los días dichosos de antaño, o lo mismo que cuando el cazador dispara a la bandada asesinándola, en ademán de criminal analfabeto, que degüella a su familia, y todo a quedado como si el destino tronchase y barriese la tierra tremenda; y si gritara, como tú no escuchas, ¡qué extraño parecería clamando a la soledad, con estupor macabro!: cuando los dos éramos pobres y heroicos y tú eras tan linda como un nido de picaflor, la basura de la literatura se nos venía rugiendo encima con su alud subazul de degenerados precoces y terribles, con condecoración inferior, y el vecindario nacional provinciano nos desconocía, bastaba un pez popular para la olla familiar, y alguna vez estuvo con nosotros, en la "Subida del Membrillo" y yo tallaba a Suramérica, pero nos reíamos porque estábamos juntos en la gran soledad del mundo, o el crepúsculo universal de "La Cisterna" nos coronó de agrestes e ilustres laureles melancólicos el eslabón sudado del trabajo y saboreamos, asada, la castaña en la chimenea familiar y el gran vino caliente de entre junio y julio, criando grandes artistas; voy a levantar un monumento de lágrimas a la gran estatua mediterránea que te hiciste con tu vida y con tu obra, cantando en todo lo alto y lo ancho de la época, con tu voz de tórtola de oro, y me van a escuchar un milenio, como el último y único de los enamorados; afuera está la tierra inmensa, aquí estoy yo contigo, aquí en este enorme "epicentro de tormenta", aquí "parado, estupefacto", solo como toro, contra todas las cosas, diciendo lo mismo abajo, y diversificándome como los poliedros del diamante, en las metáforas, presente, siempre presente, como el soldado de Pompeya, tallado en la eternidad, con la patada del terremoto en la boca; pero el pecho de la eternidad es inexorable.

lunes, 14 de julio de 2008

Vincent (subtítulos en español)

LOS GATOS DE ULTHAR - H. P. LOVECRAFT

Se dice que en Ulthar, que queda más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y puedo creer esto con firmeza mientras observo uno de ellos que descansa y ronronea junto al fuego. Porque el gato es enigmático y está muy cerca de las cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto y portador de cuentos que provienen de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su mismo idioma; pero el gato es más antiguo que la Esfinge, y recuerda aquello que ella ha olvidado.
En Ulthar, antes de que las autoridades prohibieran la matanza de gatos, vivía un viejo granjero y su esposa, quienes se divertían con entrampar y asesinar los gatos de sus vecinos. No sé por qué hacían eso; a menos que, como muchos, detestaran la voz del gato por la noche, y que les molestara que corriesen a hurtadillas por los patios y los jardines al anochecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se complacían con la captura y la muerte de cada gato que pasaba cerca de su cabaña; y por algunos de los sonidos que se escuchaban al caer la noche, muchos naturales del lugar imaginaban que esa manera de matar era peculiar en grado sumo. Pero los lugareños no discutían tales cosas con el viejo y su mujer debido a la expresión de las caras marchitas de los dos y porque su cabaña era tan pequeña y estaba escondida debajo de un robledal en la parte trasera de un patio abandonado. En verdad, por más que los dueños de los gatos aborrecieran a esa extraña pareja, los temían más y, en lugar de juzgarlos y de tratarlos como a asesinos brutales, solo cuidaban que ninguna de sus queridas mascotas o ratoneros se desviara hacia la cabaña oculta bajos los árboles oscuros. Cundo, por algún descuido inevitable, algún gato se extraviaba y se oían los ruidos después, al anochecer, el perdedor se lamentaba impotente o se consolaba mientras agradecía al destino que no fuera ninguno de sus hijos el que había desaparecido de esa manera. Porque la gente de Ulthar era simple, y desconocía de dónde habían venido los primeros gatos.
Un día, una caravana de extraños trotamundos provenientes del sur entró en las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Eran vagabundos de piel oscura muy distintos de los otros viajeros que atravesaban el pueblo dos veces al año. En la plaza del mercado, dijeron la buenaventura por una moneda de plata y compraron alegres abalorios a los comerciantes del lugar. Nadie pudo decir cuál era la tierra de estos extranjeros; pero se los vio dados a extrañas oraciones; habían pintado en los costados de sus carros, singulares figuras con cuerpos humanos y cabezas de gatos, halcones, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un disco sorprendente entre los cuernos.
En esta singular caravana, había un pequeño muchacho sin padre ni madre, con la sola compañía de un gatito negro al que cuidaba con cariño. La peste no había sido generosa con él, pero le había dejado esa pequeña criatura peluda para aliviar su tristeza; y cuando uno es muy joven, puede encontrar un gran consuelo en las travesuras de un gatito negro. De este modo, el muchacho al que la gente de piel oscura llamaba Menes, sonreía con mayor frecuencia de lo que lloraba mientras se sentaba a jugar con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.
En la tercera mañana de la llegada de los trotamundos a Ulthar, Menes no encontró a su gatito; y mientras lloraba a gritos en el mercado, algunos lugareños le hablaron del viejo, de su mujer y de los sonidos que se escuchaban por la noche. Y, cuando el chico escuchó estas cosas, su llanto dio paso a la meditación y, después, a la oración. Extendió sus brazos hacia el son y rezó en una lengua que ningún aldeano pudo comprender; aunque, de hecho, ninguno de ellos intentó hacerlos porque tenían toda su atención puesta en el cielo y en las formas sorprendentes que las nubes adquirían. Era muy extraño, pero mientras el muchacho formulaba su pedido, sobre su cabeza, parecían formarse oscuras, brumosas figuras de cosas exóticas y de criatura híbridas coronadas por discos con cuernos a los costados. La naturaleza está llena de estas ilusiones que impresionan a los imaginativos.
Esa noche, los trotamundos dejaron Ulthar y nunca más se los volvió a ver. Y los vecinos se preocuparon cuando se dieron cuenta de que en todo el pueblo no había quedado ni un solo gato. De cada hogar, había desaparecido el gato doméstico. Los gatos grandes y pequeños, negros y grises, rayados, amarillos y blancos. El viejo Kranon, el burgomaestre, juró que la gente de piel oscura se había llevado los animales como venganza por la muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y el muchacho. Pero Nith, el escuálido notario, aseguro que el viejo granjero y su esposa eran, con toda seguridad, más sospechosos porque su odio por los gatos era evidente y cada día, más descarado. Sin embargo, nadie tuvo el coraje suficiente coma para enfrentarse con la siniestra pareja; ni siquiera cuando el pequeño Atal, el hijo del posadero, juró que aquel atardecer, había visto a todos los gatos de Ulthar en ese patio maldito, bajo los árboles, caminando, lentos y solemnes, en círculo alrededor de la cabaña; iban en pareja, como si realizaran algún rito animal desconocido. Los lugareños no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que la malévola pareja hubiera hechizado a los gatos para matarlos, prefirieron no enfrentarse con el viejo campesino hasta encontrarlo lejos de su sombrío y repelente patio.
Así que Ulthar se fue a dormir en medio de un enojo inútil porque cuando la gente despertó al amanecer, ¡cada gato había regresado a su hogar! Grandes y pequeños, negros y grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron gordos, relucientes y ronroneando satisfechos. Los ciudadanos comentaron unos con otros lo sucedido y se maravillaron bastante. El anciano Kranon insistió, una vez más, en que los viajeros de piel oscura se los habían llevado, ya que ningún gato había vuelto vivo de la cabaña del viejo y de sus mujer. Pero todos concordaron en que la negativa de los gatos de comer sus porciones de carne o beber sus tazones de leche era curiosa en extremo. Y durante dos días completos, los gatos de Ulthar, pulcros, perezosos, no tocaron la comida, solo se limitaron a dormitar cerca del fuego o bajo el sol.
Transcurrió una semana entera hasta que los lugareños notaron que, al atardecer , no aparecía ninguna luz en las ventanas de la cabaña bajo los árboles. Entonces el escuálido Nith aseguró que nadie había visto al viejo ni a su esposa desde la noche en que los gatos estuvieron afuera. A la semana siguiente, el burgomaestre decidió superar sus miedos y llamar a la extrañamente silenciosa vivienda como una cuestión de deber, aunque tomó la precaución de llevar con él a Shang, el herrero, y a Tul, el cortador de piedras, como testigos. Y cuando echaron la frágil puerta abajo y una vez adentro, encontraron dos esqueletos humanos limpios de carne sobre el suelo de tierra del patio, y varios singulares escarabajos que se arrastraban por las esquinas tenebrosas.
Con posteridad los habitantes de Ulthar tuvieron mucho para conversar. Zath, el forense, mantuvo una larga discusión con Nith, el escuálido notario, y Kranon, Shang y Tul fueron abrumados por preguntas. Hasta el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y después le dieron una golosina como recompensa. Hablaron del viejo y de su esposa, de la caravana de oscuros trotamundos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la plegaria de Mens y del cielo durante la oración, de la manera de actuar de los gatos en la noche en que la caravana partió, y de lo que se encontró después en la cabaña, bajo la oscuridad de los árboles en el repulsivo patio.
Y, por último, las autoridades aprobaron aquella extraordinaria ley que más tarde fue comentada por los comerciantes de Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar, ningún hombre puede matar un gato.