jueves, 25 de septiembre de 2008

RODRIGO LIRA - Ars Poetique


[para la galería imaginaria]
Que el verso sea como una ganzúa
Para entrar a robar de noche
Al diccionario........ a la luz
De una linterna

............................sordo como
Tapia

............Muro de los Lamentos
Lamidos
............Paredes de Oído!
............cae un Rocket pasa un Mirage
............los ventanales quedaron temblando
Estamos en el siglo de las neuras y las siglas
.........................................y las siglas

son los nervios, son los nervios
El vigor verdadero reside en el bolsillo
.............................es la chequera
El músculo se vende en paquetes por Correos
la ambición

.........................no descansa la poesía
............................................está c

.......................................................ol
.........................................................g
.......................................................an
.........................................................do
en la dirección de Bibliotecas Archivos y Museos en Artí
culos de lujo, de primera necesidad,
............oh, poetas! No cantéis
a las rosas, oh, dejadlas madurar y hacedlas
mermelada de mosqueta en el poema


El Autor pide al Lector diScurpas por la molestia (Su Propinaes
Misuerdo)

VICENTE HUIDOBRO - Arte Poética


Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
hacedla florecer en el poema .

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.
El Poeta es un pequeño Dios.

sábado, 20 de septiembre de 2008

ENRIQUE LIHN - La musiquilla de las pobres esferas




La musiquilla de las pobres esferas
Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.

Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.

No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.

Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.

Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS
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Escipión ve en sueños el templo celeste y sus nueve órbitas planetarias. La más exterior, el 'primum mobile', que comprende todos los demás, es el mismo Dios: "¿Qué es ese sonido potente y dulce a la vez, que inunda mis oídos?"
Es el sonido que, combinado en intervalos irregulares, pero coherentes en determinadas relaciones, producido por el ímpetu y el movimiento de los círculos celestes, mezclando los tonos agudos con los graves, da lugar a las armonías más bellas y regulares. Pues esos movimientos formidables no pueden hacerse en el silencio, y es cualidad de la naturaleza que lo extremo suene bajo en una parte, y en la otra alto. Por eso el orbe más alto del cielo, con los planetas que alberga en su órbita, se mueve con un sonido alto y nervioso, y el orbe de la luna, el más bajo, lo hace con el tono más grave. La tierra, en calidad de noveno orden, está inmóvil, siempre suspendida en un mismo lugar, siempre el mismo, ocupando el centro del universo. Pero el sonido de los ocho orbes restantes, de los cuales dos poseen la misma fuerza producen siete tonos con intervalos diferentes, y siete es el nudo de casi todas las cosas (...) (Cicerón, De república, s.l a.C., ed. Stuttgart, 1979).
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"La música de la naturaleza comprende la naturaleza de todas las cosas/ (...) es, pues, la gran música del mundo/ la maravillosa correspondencia de los cielos/ de los elementos de todas las criaturas/ está, pues, en especial la música humana/ que consiste en la armonía del cuerpo humano/ o de sus sentidos internos y externos." (Athanasius Kircher, Musurgia universalis, 1662)..
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"El brillo de los astros hace la melodía, la naturaleza sublunar danza al son de las leyes de dicha melodía." (Johannes Kepler, Harmonices Mundi, 1619)
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La teoría de la armonía de las esferas se remonta al filósofo griego Pitágoras (570-496 a.C.)
Mientras escuchaba en una forja los golpes de martillos diversos, le vino en mientes una leyenda de Yámblico, según la cual se pueden expresar los valores de los sonidos en relaciones cuantitativas, en números y en términos geométricos. Con ayuda de instrumentos de cuerda, descubrio la relación entre la frecuencia y la altura del sonido. Según Pitágoras, el mundo entero se compone de armonías y números. Tanto el alma microscópica como el universo macroscópico se articulas, según él, en proporciones ideales, que se pueden expresar con una secuencia de sonidos.
La altura de las diferentes notas planetarias sobre la escala musical celeste se determinaba por el tiempo que los planetas tardaban en recorrer su órbita, y las distancias se relacionaban con los intervalos de los tonos. Kepler complicó más el sistema, atribuyendo a cada planeta una sucesión de tonos próximos. La serie de notas que creía haber descubierto para la tierra (mi, fa, mi) probaba para él, poco después de haber estallado la Guerra de los Treinta Años, que en "este valle de lágrimas reinan el hambre y el dolor."
Jubal, un descendiente de Caín, pasa por ser, según el Génesis (4,21), el patariarca de todos los tañedores de citara y de flauta. Según Kepler, Jubal no es otro que Apolo, y bajo el nombre de Pitágoras se encondía nadie menos que Hernes Trimegisto.